SEGUNDA VIDA (42)
Paco Martínez: "Jugaba con las botas usadas de Cruyff, le decía: 'cuando las vayas a tirar, me las das'"
Centrocampista zurdo de técnica exquisita, compartió habitación con Johan Cruyff en un stage de Holanda, fue el revulsivo en la final de la Recopa de Basilea y vivió desde dentro el secuestro de Quini
Carlos Ruf: "La depresión te empuja al borde del abismo y yo lo único que quería era apagar la luz”
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Paco Martínez, exfutbolista del Barça, fotografiado en la playa de Sant Andreu de Llavaneres. / Victòria Rovira / EPC

Paco Martínez (Granada, 1954) saluda afablemente a cualquiera que se le cruza. Ya sea en el paseo marítimo de Llavaneres, donde posa para la fotógrafa, o en la cafetería donde se produce esta charla. “Se me ha quedado de cuando fui alcalde de Portbou”, dice sonriendo. Tan hiperactivo fue cuando dejó el fútbol que se atrevió incluso con la gestión municipal. Ya no luce el bigote de su época de futbolista, de cuando era un mediocampista de zurda exquisita. Compartió habitación con Johan Cruyff en un stage de Holanda, fue el revulsivo en la final de la Recopa de Basilea y vivió desde dentro el secuestro de Quini. Mucho ha vivido desde que abandonara su Granada natal con 16 años.
De Granada a Barcelona. ¿Cómo fue eso?
Jugaba en una especie de segundo equipo de la ciudad que le hacía cosquillas al Granada. Como la Damm o el Espanyol en Barcelona. Yo era el noveno de diez hermanos y tenía una vida muy feliz. ¿Sabes por qué era feliz? Me he enterado hace poco: porque no necesitaba nada. Lo que me gustaba era jugar y cumplir. Nunca he tenido un no. Jugaba mucho en la calle, en el colegio. Era súper activo. El caso es que una Navidad, que tenía vacaciones en el colegio, fui a Barcelona para unas pruebas de dos días. Mi hermano, que entrenaba con Waldo Ramos en el fútbol base del Espanyol, hizo la gestión con mi padre. Viajé en tren durante 24 horas. Jugué unos partidillos y ya está. No pregunté si les gustaba o no. Cogí el tren de vuelta a casa y volví a mi vida normal. Y el 1 de febrero del año 71 sonó el teléfono en casa. Eran del Barça, que me tenía que incorporar inmediatamente. Colgué y dije: '¿Qué? Esto va en serio’. Me despedí de la familia y me fui. La Masia no existía, de modo que me metí en una residencia que había en la calle Sant Antoni Maria Claret con 40 o 50 jugadores repartidos en varios pisos.

Paco Martínez, exfutbolista del Barça, en la playa de Sant Andreu de Llavaneres. / Victòria Rovira / EPC
¿Y se incorporó al juvenil?
Sí, cuando llegué aquí ya tenía 17 años.
¿Cuándo pasó a la primera plantilla?
Con 20 años. Pero Rinus Michels no contaba conmigo. No le gustaba. Yo le decía: ‘voy a intentar que usted cambie de opinión’. Durante la semana, en el 76, entrenaba con el primer equipo; los viernes, con el Barcelona Atlético para tener ritmo de partido. Hasta que Michels se fue y Lucien Müller me dijo enseguida: ‘tú aquí’.
¿Y cuándo se produjo el debut?
Debuté con 22 años, contra el Santander. No era como ahora. Ganamos 1-0. En el Barça Atlètic había sido tres veces el máximo goleador. De los 17 o los 20 años ya me ofrecieron dinero para ir a otros equipos de la categoría, de la tercera división, pero yo tenía claro que mi objetivo de jugar en el Barça. Hasta que un día debutas y cumples con lo que te proponías.

Paco Martínez, exfutbolista del Barça, posa para EL PERIÓDICO en Llavaneres, esta pasada semana. / Victòria Rovira / EPC
Ya no coincidió con Cruyff. Él se fue en el 78.
Pero entrené con él dos años. Y cuando yo estaba en el Barça Atlètic, ¿sabes qué hacía? Él calzaba unas Puma. Del 41. Y le decía: ‘cuando vayas a tirar tus botas, me las das’. Y yo jugaba con las botas usadas de Cruyff. Yo hacía un 42 pero como estaban ya dadas, me iban perfectas. A él su marca le daba las botas que quisiera y nosotros, para que el club nos diese unas, teníamos que llorar. Hasta que no se rompían no nos daban. Había que pedirlas a Papi Anguera y le costaba que no veas. Teníamos un par de botas o dos como máximo todo el año. Ahora tienen 14, claro.
¿Cómo era Cruyff por dentro?
Era una persona muy inteligente, muy rápida mentalmente. Como jugador era un gran dominador de la carrera, del amague...
¿Y mandaba en el vestuario?
Sí, sí. Yo a veces fumaba algún pitillo en el vestuario, así a escondidas, y me decía: ‘si viene Michels, lo dejas ahí y si acaso ya digo que es mío’. Él se echaba en el descanso siempre un par de caladas. Para matar el nervio, qué sé yo. En mi primera concentración, en Holanda, me tocó compartir habitación con él, en 1976. Me dije: ‘qué raro’. El nuevo con la estrella. Era muy humano, muy agradable, y yo era un poco sindicalista revolucionario, me enfrentaba a todos los capitanes, a Marcial, a Asensi, a Cruyff. Les decía: ‘oye, sobre las primas, los del Barça Atlètic que no juegan cobran solo un 10%’. Ni caso. Hasta que sí, a base de insistir. El Flaco -todos lo llamábamos así- me hizo una propuesta. ‘Sois cinco, ¿no? Si yo gano 100.000 de prima a vosotros os damos 25, ¿qué te parece?’ Correcto. Entonces a partir de ahí aplicamos el 25%. Yo les cobraba a todos y lo repartía a los del filial.
Todo el mundo se acuerda de Basilea, de la final de 1979 ante el Fortuna de Düsseldorf.
Siempre digo lo mismo. ¿De quién es ese triunfo? ¿Es de los 20 o 25 jugadores y técnicos? No. A nosotros nos levantó medio metro del suelo cuando subimos las escaleras para entrar en el campo y vimos los 30.000 aficionados culés. Nos pusieron la piel de gallina. Y nos dijimos: ‘aquí no podemos perder’. Pero yo después digo: esos 30.000 tuvieron su mérito, hicieron mil y pico kilómetros arriba y abajo, ilusionados todos. Pero luego salieron un millón de personas cuando regresamos a la ciudad. Ese millón de personas, ¿sabes qué era? Unos salieron por barcelonismo, otros por catalanismo. Era un movimiento generacional que fue impresionante.

Paco Martínez, en su etapa de jugador del Barça, contra el Botafogo. / Archivo / Paco Martínez
Dijeron las crónicas que usted realizó un gran partido.
Me catalogaron como el gran revulsivo. El equipo era fenomenal, pero había una merma física. Con el 2-2 pegamos un bajón bastante acusado. Quique Costas se lesionó y en vez de entrar Olmo, entré yo, en el minuto 68. Y Asensi pasó a la defensa. Yo salí allí como un puto jefe. Las quería todas y me las daban todas. Asumí riesgos. Es que yo estaba con hambre, no de triunfo, sino hambre de salir y decir que aquí estoy yo. No por chulería, sino por ser valiente. Hay una jugada que yo salto en medio del campo con un alemán que casi me hunde una costilla. Me quedé de rodillas intentando respirar. Y en esta posición veo de reojo un rival que viene hacia mí. Me levanto, le rebaño el balón y se la paso a Krankl, la maneja, se la pasa a Neeskens, este a Rexach, que controla y mete el 3-2. Rexach se va corriendo y se pone de rodillas, pero no de celebración, sino porque le dan rampas en las piernas. Y nació de esa jugada en que estaba yo de rodillas.
¿Ha visto ese partido muchas veces?
Hace poco un hombre me dijo que había visto un reportaje de Basilea: "oye, Paco, te pegas una hostia terrible. ¿No te cambiaron?’ Y yo lo miré riendo. ‘Si no estabas muerto no podías salir de ahí’, le dije. Albadalejo se rompió el ligamento. La rodilla de Costas estaba jodida. Migueli estaba infiltrado. Krankl tenía a su mujer, que había sufrido un accidente, hospitalizada. El equipo estaba hecho una piltrafilla, pero tenía unos cojones, con perdón, ‘que déu n’hi do’.
Después de Basilea estuvo dos años más en el Barça. ¿Jugó todo lo que tenía que jugar?
Podía haber jugado más. Lo que pasa es que me pasaron cosas. Cogí una enfermedad, una tuberculosis. Mala suerte. No lo dijimos, porque si lo revelaba, no me dejan jugar más. El doctor Bestit lo llamaba, para taparlo, mononucleosis vírica. Me pasó antes de Basilea. Me dejó fuera tres meses. Con Udo Lattek jugué menos de lo que quería. Sufrió un problema que le afectó mucho al pobre, y es que tenía un hijo con cáncer. Algunos lo sabían. Yo me enteré posteriormente. Siempre decía que el mejor entrenador era aquel que me ponía, gustase o no. Lucien Müller, Kubala y Helenio Herrera fueron los que más confiaron en mí.
Vivió de cerca el secuestro de Quini, en la temporada 80-81, cuyo caso se ha recuperado ahora con una miniserie.
Nadie quería jugar. Schuster no quería. Es que no se tenía que haber jugado. Pero estábamos en manos de las instituciones.
¿Les afectó mucho a los jugadores?
Realmente nos sorprendió mucho y nos desconcentró. No era normal. Había habido secuestros de empresarios, pero de un futbolista... Deportivamente íbamos como un cohete, ganábamos todos los partidos, y nos fastidió, porque hubo jugadores que perdieron la confianza y les cogió miedo. Nos ofrecieron protección. ‘¿Quieres un guardaespaldas?’, me preguntaron. Y yo: ‘a mí, ¿quién coño me conoce?’ Pero bueno, como nunca se sabe, algunos jugadores aceptaron, los más conocidos.
Y eso perjudicó el rendimiento.
Claro, ya no entrenas igual, porque estás más preocupado por las noticias. Los entrenamientos se desordenaban y no tienes la preparación. Un partido no empieza con el pitido inicial del árbitro, se prepara toda la semana, sabiendo quién te va a marcar, sabiendo a quién vas a presionar, dando moral a los jugadores. Duró casi un mes. Nos desequilibró muchísimo. Cuando posábamos para la foto al principio de los partidos poníamos a cuatro solo abajo, dejábamos un hueco, el de Quini. Y te dolía, veías que te faltaba alguien. El pensamiento no estaba en el partido.

El equipo del FC Barcelona, en el primer partido tras el secuestro de Quini. / EFE
Y Quini era muy querido, además.
Era muy majo, muy juguetón. Yo también era un poco así. Me acuerdo que una semana después de que lo liberaran se produjo el golpe de Estado de Tejero. Y para crear buen rollo en el vestuario se me ocurrió hacer una broma. Mi padre era militar y yo tenía en casa un tricornio y unas botas militares, me pinté un poco más el bigote y me prestaron una pistola de fogueo. Me metí al fondo del vestuario y salí pegando tiros al aire. ‘¡Quieto todo el mundo! A partir de ahora, este vestuario no es deportivo, este lugar es político, aquí mando yo’. Un rollo así. Vino Helenio Herrera y me siguió la broma. Lo cogí y lo doblé como si fuera Gutiérrez Mellado. Quini se quedó asustado perdido y se encerró en una caseta. Cuando salió, empezó: ‘Cabrón, que me vas a matar’. Después se reía el que más.
¿Lió alguna más así?
Un día Kubala estaba enfadadísimo porque habíamos perdido un partido tonto. Y empezó: ‘¿Veis aquellos que están trabajando ahí? A partir de mañana tendríais que venir todos a trabajar ocho horas aquí como ellos en vez de estar dos horitas y después tener 22 horas para dormir’. Al día siguiente fui con un hornillo de cámping gas, con un pañuelo y cubiertos y hago como que me preparo cosas… Son bromas de vestuario, que hacen grupo y no hacen daño ni molesta a nadie. No tengo que contarlas yo, pero bueno…
Esa temporada del secuestro no ganaron la Liga pero sí la Copa del Rey. Y usted fue titular.
Helenio Herrera, que era muy brujo, me puso titular ante el Sporting en el Camp Nou en partido de Liga. Ganamos 3-1. De ese día me acuerdo que en una jugada estaba de espaldas y no vi a Schuster. La gente en primera gradería me pitó porque Schuster hizo muchos aspavientos porque no se la había pasado. Sin darse cuenta me metió a la gente encima. Él tenía 20 añitos y le dije de todo. Pero de todo, ¿eh? Me entró un calentón que no veas. Y me puse a decir: ‘todos los balones para mi’. Y empecé a tocar y tocar. Me acabaron aplaudiendo. ¿Sabes qué hizo el míster? Puso el mismo equipo en la final de la Copa del Rey, que era contra el Sporting también. Y volvimos a ganar 3-1. Campeones en el Calderón.
Debía estar en una nube.
En realidad a los 26 años mi vida era muy desordenada y me fui a un psiquiatra argentino. Piense que salí de mi ciudad muy joven y me quedé desarraigado en una ciudad gris como era Barcelona. Llevaba 10 años en los que habían pasado muchísimas cosas y estaba tocando el cielo. Y me di cuenta de que era momento de poner los pies en el suelo. El tío era muy bueno. El primer día entré por la puerta y salí por la rendija. O sea, entré agrandado y salí pequeñito. Me dijeron que era como una manzana que por fuera estaba podrida pero por dentro estaba sana, que se podía salvar. Fui por una cuestión de organización propia, de mis sentimientos, de mirar si iba bien. Necesitaba orden.
¿Cómo fue la despedida del Barça?
Se acabó el contrato y no me renovaron y ya está. Y me fui al Salamanca. El 5 de agosto en 1982. Justo antes de que llegara Maradona. Allí hice una campaña de maravilla. Metí 12 goles.
¿Le resultó difícil irse del Barça?
No. Yo siempre miré adelante. Siempre. Al principio me querían el Atlético y el Madrid. Una vez incluso le pregunté a Di Stéfano en septiembre, en un partido con la selección de la AFE al que me convocó y que jugué con Maradona, si era verdad que me pidió para el Madrid. ‘Sí, pero me trajeron al del Anderlecht, a Lozano’.
Entonces no había representantes.
El traspaso al Mallorca me lo llevó Minguella. Pero no me cobró el 10%. Creo que fueron 18 millones o algo así de traspaso. Estaba muy a gusto, pero no me pagaban, por eso me fui del Salamanca. Ahí en Mallorca cobré bien. Luego fui a Murcia, donde pillé una crisis económica de cojones y bajamos. Me fueron pagando con el tiempo. Cogí muchas crisis económicas. En Figueres no había crisis. Me pagaron muy bien en Segunda A. Yo era jugador de Primera y pedí ser el mejor pagado de la plantilla. Ya que renuncio a jugar en Primera, quiero eso a cambio, dije. Y me hicieron capitán.
¿Cuándo se retiró?
En 1988. Tenía 35 años. Pensé que ya me tocaba. No gasté tres minutos en pensar qué dolor. Siempre miré adelante. Enseguida me quise sacar el carnet de entrenador nacional. Estuve un año de entrenador en el Roses que me permitió examinarme para el título nacional. Luego durante cinco años fui profesor de Técnica, Táctica y Estrategia en la Escuela de Girona. Nunca quise ser entrenador, aunque a principios de los 90 cogí al Girona media temporada en Segunda B. A lo largo de mi vida me ha interesado más la organización y la planificación. En concreto, la secretaría técnica. Me lo propuso el Figueres y sin dinero formamos un buen equipo del que estoy orgulloso. Estudié a la vez Dirección y Administración de Direcciones Deportivas.
¿Cómo se metió en la alcaldía de Portbou?
Con mi mujer vivíamos en el pueblo y ella llevaba la cafetería de la estación. Por ahí podían pasar 20.000 personas cada mañana. Ya teníamos experiencia en el sector porque en 1982 habíamos montado un restaurante en Barcelona. Mientras jugaba en el Figueres yo la ayudaba y trabajaba ahí con ella. Había que madrugar, entré así en el mundo laboral. Y en 1991 empecé como alcalde. La gente te calienta, te anima, y a ti te sale el ego de haber estado ante 100.000 personas y quizá echaba de menos la atención. Decido presentarme como independiente y gano con mayoría absoluta. Lejos de relajarme, asumo el cargo con mucha responsabilidad. Tanto que en las siguientes elecciones volví a ganar con más diferencia.
¿Tenía conciencia política?
No. Tenía buena relación con Pasqual Maragall. No firmé con ningún partido. Alguno me quiso dar un cargo más importante. Me lo tomé muy en serio. Les trataba a todos por igual, daba igual el partido del que fueran o su trabajo. A los vigilantes les dije que no multaran a los vecinos. No podía ir yo metiendo la mano en el bolsillo de la gente. Podía encontrarlo de otra manera. También entraron los fondos europeos. Hicimos muchas cosas nuevas: un colegio, un centro cívico, una casa de cultura, un paseo marítimo, unas ramblas…
¿Y después de ser alcalde?
Monté una junta directiva para el Club Náutico. Estuve cuatro años de presidente. Le di una vuelta entera de 360 grados y, bueno, se hicieron cositas nuevas. También fui delegado de una multinacional logística de productos siderurgicos.
¿Y cuándo se reenganchó al Barça?
Con Joan Laporta. En su primer mandato. Participé mucho en la campaña. Iba con él muchas veces. Me decía: ‘si tú has ganado dos elecciones, contigo no puedo perder’. Y entonces ganó y entré a formar parte de la Secretaría Técnica con Txiki Begiristain. Estaba tres días en Portbou y cuatro en Barcelona. Formaba parte del grupo de scouting. Viajaba por todo el mundo. Buscaba jugadores mejores que Messi, que Iniesta o que Xavi. Era bastante difícil. En 10 años solo vi 2 o 3 jugadores que podían estar ahí en ese equipo, como Cazorla o David Silva. Estuve hasta 2011. Se acabó el contrato con Sandro Rosell y adiós.

Paco Martínez, exfutbolista del Barça. / Victòria Rovira / EPC
¿Y qué hizo?
Con Alexanco, con quien siempre tuve una relación especial, desde que fichó en 1980 y le dije que al lado de mi casa había un apartamento para instalarse, fuimos colaborando en proyectos. Me fichó como scouting en Catalunya para el Valencia. Estuve dos años. También hicimos luego análisis y diagnóstico de clubes. Nosotros estuvimos en Kobe, por ejemplo. También en el Marsella, el Lille… Por si luego iba alguien con interés de comprarlo.
Y en 2021 volvió al Barça
Sí, entré de nuevo con Laporta. Me incorporé de una manera no profesional. Hago de representante institucional del fútbol formativo. También soy coordinador de los clubs colaboradores. Y voy a los sorteos de Copa del Rey en nombre del club. Un poquito de medio alcalde, ¿sabes? Y a través de la Agrupación de Veteranos y la Fundació voy a geriátricos. Jordi Gonzalvo habla de algún jugador y al cabo de 10 minutos entro yo. Es muy gratificante. Hago charlas también con niños de la cantera
¿Se siente satisfecho de su carrera?
El fútbol me ha dado muchísimo, sobre todo el FC Barcelona. Ahora aquello que he aprendido lo voy compartiendo con gente del barcelonismo. Haber jugado en el Barça es como una medalla de por vida. ¿Sabes lo que es estar aquí tomando un café y alguien te reconozca? Es una satisfacción. Siempre gente de pelo blanco, claro, los jóvenes no saben quien soy. Y voy mucho por peñas y siempre te recuerdan. A veces me preguntan: '¿ya valió la pena?’ Tengo dos prótesis de cadera, cuatro o cinco operaciones de rodilla. Y yo digo: ‘valió la pena, porque esto que yo he vivido es inolvidable'.
Aún le recuerdan.
Estoy muy agradecido de la opinión de las personas que tienen 60 o 70 y pico años que me han podido ver y todos coinciden en decirme: ‘¡qué clase tenías!’, ‘cómo la tocabas’, ‘qué técnica’. Como mucho alguno dice que no corría demasiado. No hay ninguno que se salga de ese guión. Y eso es una maravilla.
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