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LaLiga

Ya es oficial: el Real Oviedo desciende a Segunda División tras una temporada con múltiples errores en la que ha faltado tener los pies en el suelo

El empate del Girona en Vallecas confirma un descenso asumido desde hace semanas

Cazorla, Costas, Thiago y Vidal, ante el Getafe.

Cazorla, Costas, Thiago y Vidal, ante el Getafe. / Miki López

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Nacho Azparren

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La crónica que uno vislumbraba a estas alturas allá por junio era una en la que el Real Oviedo preparaba con ilusión desbordante su desembarco próximo en el Santiago Bernabéu con la permanencia atada o casi atada. Junio, ay qué tiempos aquellos en los que el aficionado sacaba pecho con su equipo en Primera, ¡por fin!, y se imaginaba que no era un regreso más, no, sino una secuela noventera con aroma a noches europeas y bufandas al viento. Nada más lejos de la realidad.

Porque es justo lo opuesto. Es la historia de un fracaso ya consumado, certificada la caída por el empate del Girona en Vallecas. Un simple trámite en realidad. Nadie ha perdido los nervios con este partido o ha estampado su televisión contra el suelo por el resultado. Porque era un desenlace esperado. Un descenso con nocturnidad y lejanía, que al menos no ha sucedido en el Tartiere. Pobre recompensa, en todo caso.

La crónica soñada tras el subidón ante el Mirandés, qué fiesta aquella, debía señalar ya en mayo a un Oviedo poderoso bajo la tutela del motivador Paunovic, con un equipo reconocible, con una grada encendida y disfrutona (solo ha habido de lo primero), con futbolistas de nivel, entre ellos un goleador consagrado (llamémosle Jovic) y un jefe en el medio (Maksimovic, por ejemplo), con Pachuca evitando pronunciar la palabra Europa pero codiciando acercarse año a año, con mucha cautela, al objetivo soñado por todos.

La historia real habla de un Oviedo de vuelta a Segunda, es el final abrupto al retorno más esperado. Fue corto, demasiado corto, y doloroso, no hace falta disfrazarlo. Todo lo que sucedió desde la salida precipitada de Paunovic y la llegada de Carrión dejó una herida difícil de cerrar, una especie de cortocircuito emocional con efectos que aún perduran.

La consecuencia más dolorosa no es el descenso, un borrón más en la historia de un club que ha tenido más años amargos que de descorchar champán. Eso es parte del fútbol. Lo que duele de verdad es la sensación de no haber disfrutado del camino.

El Oviedo es de Segunda y, aunque factores externos como el desconcertante arbitraje del mundo VAR han ayudado, lo es por méritos propios. Tenía la peor plantilla de La Liga y le costó un mundo aterrizar. Decía Paunovic en verano que «alguno parece que sigue de viaje de novios», y la sentencia resume a las claras el golpe de realidad con la Primera.

A todos nos ha costado. Junio fue un chute a la ilusión y nadie quería bajarse de ese barco. Son los que mandan, evidentemente, los principales culpables de uno de los años más desilusionantes en la historia reciente de la entidad –centenario de luto–, pero la autocrítica debería aplicarse a todos los estamentos de este club tan dado a los bandazos emocionales. Al proyecto le ha faltado de todo en Primera, pero sobre todo tener los pies en la tierra.

Toca aprender de lo vivido y tomar decisiones, sobre todo esto. Que no sean solo intenciones, que realmente el Oviedo avance aunque retroceda una división.

El día que el Oviedo descendió en 2001 en Mallorca, alguien dejó un mensaje en la pizarra: «Somos y seremos de Primera». Que esta vez no tarde en demostrarse 24 años. Que la pena sea más corta.

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