APUNTE
Despertarse con una sonrisa, por Lluis Carrasco

Los jugadores del Barça celebran la conquista de la Liga en el Camp Nou. / Jordi Cotrina

No le dolió al madridismo el “qué”. El qué, es una Liga. Un trofeo más para la vitrina, una foto, confeti y una tertulia animada en algún plató nocturno. No. Lo que realmente escuece es el quién, el cómo, el cuándo y el dónde.
El “quién” es del todo insoportable. Porque este Barça no ganó con un ejército de fichajes imposibles adquiridos a golpe de talonario. No. Ganó una pandilla de chavales formados en Sant Joan Despí que no llevan el escudo estampado sobre el pecho, sino incrustado en el corazón. Mientras otros coleccionaban figuras con las que vender camisetas y más camisetas, este Barça de Laporta fabricaba identidad, una identidad que ayer le dio por explotar a los ojos del mundo.
Luego llega el “cómo”. Este Barça no pide permiso: juega con alegría, solidaridad, desparpajo, casi con rebeldía adolescente. Chicos que encaran como si no supieran lo que pesa un clásico… precisamente porque crecieron soñando que un día lo jugarían. El madridismo ha de aguantar sucumbir contra uno que se divierte, que pide la bola en catalán y que desmonta a bofetadas, sus decorados impostados.

Hansi Flick, en la celebración en el Camp Nou. / Jordi Cotrina
Y el maldito “cuándo”. Cuando ambos clubs estaban llamados por primera vez en la historia, no solo a decidir en una cara a cara quién manda de verdad, sino quien se lleva la liga en un enfrentamiento directo y despiadado. Sin excusas. Sin cálculos. Y ahí apareció de nuevo un Barça a empujones, en el que todos querían jugar, contra un Madrid repleto de jugadores escondidos que se borraban ante una evidencia vergonzante.
Y finalmente, el “dónde”. Ese nuevo Spotify Camp Nou, llamado a volver a ser el gran templo mundial del fútbol. Porque mientras unos siguen teniendo equipos de escaparate, el Barça prefiere construir, vibrar, reír y llorar en el centro del escenario.
Las Ligas pasan. Pero cuando una generación nacida en casa gana, disfruta y además lo hace contra ti, en el día decisivo y en el escenario definitivo, ya no hablamos de una derrota. Hablamos del inicio de un trauma que hoy se dibuja infinito.
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