Opinión | Golpe franco

Periodista y escritor
Sueños de Barça

Laporta y Yuste felicitan a Lewandowski y Lamine Yamal. / Jordi Cotrina
La primera vez en mi vida en que entendí la razón de ser del fútbol fue cuando sonó, de pronto, un gol del Barcelona en Berna y en mi casa se hizo el silencio. El niño, que era yo, esperaba que el equipo al que empezaba a considerar el más divino de la tierra del fútbol ganara a su contrincante, que en ese momento era de un país extranjero.
Desde esa vez, y hasta siempre, he sentido la misma sensación: será mi equipo, pero perderá. No habrá tregua para el Barça de mi vida. Había delante varios equipos dispuestos a ganarle al Barcelona y yo me tenía que conformarme con las derrotas, aunque fueran después de grandes partidos de los cuales salíamos perdedores que habían exhibido una extraordinaria calidad.
No siempre fue así, claro, muchas veces ganamos, o perdíamos, ante equipos grandes y ante equipos de mayor fortuna. La peor de las derrotas se produjo hace unos años de los que no me quiero acordar, ante el Bayern de Múnich que entonces dirigía el actual entrenador del Barcelona.
Flick hizo entonces que yo lamentara la noche como si ésta hubiera sido una derrota para siempre; la noche fue peor que la vida, y el porvenir del Barça, además, se rompió durante años.
Fue una temporada en el infierno que ahora se ha aliviado gracias, precisamente, al verdugo que puso en el suelo el prestigio azulgrana cuando el equipo dejó de ser el talismán que ahora dirige precisamente el entrenador que, contrito por la muerte de su padre en Alemania, se decidió a quedarse en Barcelona dirigiendo a su equipo. Flick recibió el abrazo de los propios y de los adversarios durante el encuentro. Cuando éste acabó, los que aplaudieron tuvieron en cuenta la razón que asistió al entrenador, en este partido y en la temporada.
Los futbolistas, los viejos y los jóvenes, se rindieron no sólo ante lo que fue el juego (Pedri, Ferran, fueron el talismán de la jornada) sino que aplaudieron el presente como si fuera un camino abierto al futuro.
Viví el partido como si fuera, para mí, un regalo que le debo a aquel niño que, a los 13 años, vivió la peor oportunidad del club que se rompía en Berna. Ahora el Barça es un sueño. El que lo alzó esta temporada estaba en la gradería. Lamine sabe que la sonrisa que celebró con él esta victoria es un cuadro de enorme hermosura que ahora se llama alegría.
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