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40 años de la final de la Copa de Europa en el Pizjuán

Lacatus, Balint y Belodedici rememoran el triunfo del Steaua contra el Barça en la final de Sevilla: "Teníamos mucho miedo. Nos temblaban los pies"

Gavril Balint, Miodrag Belodedici y Marius Lacatus rememoran la Copa de Europa ganada al equipo de Venables hace 40 años

Duckadam, el portero que paró cuatro penaltis al Barça en la final de Sevilla-86

Schuster, desesperado ante László Bölöni, en la final de la Copa de Europa de 1986 que perdió el Barça frente al Steaua de Bucarest.

Schuster, desesperado ante László Bölöni, en la final de la Copa de Europa de 1986 que perdió el Barça frente al Steaua de Bucarest. / Ignasi Paredes

Arnau Segura

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"Fue el mejor día de mi vida. Fue una gran sorpresa", asiente Gavril Balint. "Cuando pienso en ese partido el pulso empieza a ir más fuerte, tac, tac, y más rápido, pum, pum", asegura Miodrag Belodedici. Este jueves se cumplen 40 años de la victoria del Steaua de Bucarest en la final de la Copa de Europa contra el Barça. Marius Lacatus sonríe cada vez que oye o lee la palabra Sevilla: "No es como el diez de Nadia Comaneci, pero está por ahí". En 2024 murió Helmuth Duckadam, el héroe o el villano de Sevilla: paró los cuatro penaltis del Barça y convirtió el sueño de la primera Copa de Europa, tan ansiada, en un capítulo infausto de la historia culé.

El Steaua apenas tenía información de los rivales extranjeros y preparó el partido con algún vídeo del Barça que habían grabado desde la embajada de Rumanía en Madrid, pero sabían que el equipo de Venables era el favorito indiscutible por plantilla y porque jugaba en casa. "Nos decíamos: 'Madre mía, la que nos espera. Nos van a pasar por encima. Estamos muertos'. Incluso decíamos, medio en broma, medio en serio, que si no nos presentábamos perdíamos 3-0 y ya estaba", explica Belodedici. "Yo no pensaba que pudiéramos ganar. No pensaba que pudiéramos tener tanta suerte como tuvimos", reconoce Balint, después jugador del Real Burgos.

Compartían habitación y el día antes del partido vieron que la televisión mostraba el restaurante donde se iba a celebrar el título del Barça: "No nos daban ninguna posibilidad. Parecía que habíamos perdido el partido antes de jugar". El equipo había volado con un cocinero y con el hijo de Nicolae Ceausescu, el dictador. El Steaua, poco menos que la selección rumana, era el equipo del Ministerio de Defensa y sus jugadores tenían sueldos y rangos militares. Balint y Lacatus eran tenientes en ese momento.

Balint admite que fue un partido "aburrido", de "pocas ocasiones y muchos nervios y emociones" por los dos lados. Fue la primera final de la historia del torneo que acabó con el 0-0 inicial. Dice que se quedó "muy contento"y "muy relajado" al final de la prórroga porque el Steaua había competido más de lo esperado y podía volver a casa con la cabeza alta. Y porque la figura de Duckadam daba "mucha confianza": "Al final de los entrenos siempre nos apostábamos dinero a que le metíamos cinco penaltis de cinco. Siempre teníamos que pagar".

Alexanko y Pedraza y Majaru y Bölöni fallaron los dos primeros penaltis de cada bando. Luego marcó Lacatus, erró Pichi Alonso y llegó el turno de Balint: "Tenía mucho miedo. Me temblaban los pies. Pensaba en los rumanos que estaban de rodillas enfrente de las televisiones y querían que yo metiera el penalti". Y lo metió.

Duckadam también detuvo el penalti de Marcos Alonso y el Steaua se erigió en el primer campeón de la Europa del Este. "No me lo podía creer. Estábamos en las nubes, como borrachos de alegría", rememora Balint. Cuando el Steaua recogió la copa el campo era un desierto porque la afición culé, absoluta mayoría, ya se había ido. En el Pizjuán apenas había mil personas de Rumanía. Algunas aprovecharon para huir y pedir asilo político.

Carrasco y Schuster, ante Bölöni, en la final de la Copa de Europa de 1986 en Sevilla.

Carrasco y Schuster, ante Bölöni, en la final de la Copa de Europa de 1986 en Sevilla. / Archivo

En 1989 desertó el propio Belodedici. Pidió el pasaporte al Steaua con la excusa de una boda, porque los clubes guardaban los pasaportes de los jugadores, y cruzó a Yugoslavia. Fue declarado culpable y condenado a diez años de cárcel si volvía a Rumanía y borrado de las fotos del Steaua. Le pincharon el teléfono a Balint por si sabía alguna cosa: muchas veces habían hablado sobre la posibilidad de huir de la dictadura aprovechando algún desplazamiento. Belodedici fichó por el Estrella Roja y en 1991 volvió a ganar la Copa de Europa y fue octavo en el Balón de Oro. Recaló en el Valencia tras el estallido de la Guerra de los Balcanes. "No me puedo explicar cómo el Barça pudo perder esa final", dice al revivir Sevilla.

Cuando llegaron al hotel se comieron una tarta con la imagen del trofeo y bebieron vino rumano. Cada jugador había podido traer un único invitado: la noche que fue campeón de Europa Balint durmió con su padre. A la mañana siguiente fueron al Corte Inglés. Belodedici recuerda admirar los estantes de las botas Adidas y Puma. Siempre que podían aprovechaban los partidos europeos para comprar alcohol, tabaco, ropa o artículos electrónicos como cintas o reproductores de VHS para luego conseguir un dinero extra en Rumanía, en el mercado negro. "Tenías que esconderlo bien para que no lo vieran en la aduana. Si podías traer un reproductor de vídeo casi te podías comprar un coche después", explica Belodedici.

En Rumanía les esperaban miles de personas. Belodedici y Lacatus regalaron su chaqueta y su corbata. Luego les recibió Ceausescu. "El ministro de Defensa nos estuvo enseñando que teníamos que darle la mano derecha y recoger la medalla con la izquierda, cómo andar hacia él y cómo contestarle. Estuvimos ensayando mucho rato, pero al final salió como una mierda porque algunos fallaron", ríe Balint. "Fue muy emocionante. No lo habíamos visto nunca en vivo, solo en la tele. ¿Quién podía darle la mano a Ceausescu?", asegura Belodedici. La dictadura rentabilizó e instrumentalizó el éxito.

Cuando les felicitaba tenían que decir servimos a la patria. Compartieron una copa de champán. Antes el ministro les había insistido a Balint y Lacatus para que se cortaran la melena, pero se negaron. "Me puse un poco de agua con azúcar para que perdiera volumen y que así no se viera tan largo", admite Balint.

El premio fue un 4x4 del ejército de segunda mano para cada uno. Los vendieron a agricultores o ganaderos, en metálico. "Era otro mundo".

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