Opinión | Carrascazos

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El Barça molesta, por Lluís Carrasco
No nos toleran y no perdonarán que construyamos algo sólido, singular, reconocible y, encima, exitoso fuera del guion oficial de Madrid

Las jugadoras del Barça celebran uno de los goles marcados al Bayern de Múnich en la vuelta de la semifinal de la Champions disputada este domingo en el Camp Nou. / Javier Borrego / AFP7
Ya lo creo. No molesta que ganen, que al final es lo de menos. Molesta cómo lo hacen. Hablamos de ellas y hablamos de ellos. Hablamos de ambos. Hablamos del Barça. Hace sólo dos días merendaban adolescentes en La Masia (después de clase y antes de entreno), y hoy te bailan en Europa con una naturalidad tan alucinante que deben enviar sospechosos silbatos a frenar tanta osadía. Molesta que mientras juegan, rían y sonrían hasta partirse el pecho ¡Qué atrevimiento! Molesta que se parezcan entre ellos. Molesta que dominen desde la alegría, la esencia y la verdad.
Molesta que ambos vestuarios estén llenos de jugadores y jugadoras formados en casa, integrándose y en catalán los de aquí y los de allá, con una facilidad que ya quisieran las más complejas instituciones. Llegan, entienden el club, el entorno, la lengua, la cultura… y encima juegan bien. Qué desastre. ¿Dónde queda el talonario y el fichar sin criterio, construyendo identidades de usar y tirar? Y molesta la gente. Molestamos. Esa afición que no solo animamos, sino que entendemos. Que conectamos, que acompañamos y no necesitamos explicaciones para saber qué está pasando. Peligrosísima complicidad en tiempos de división y bronca.
Porque claro, cuando se junta cantera, identidad, resultados y comunidad pasa lo inevitable: Un club deja de ser solo un club y se convierte en algo mucho más incómodo. Una especie de estructura identitaria que funciona, que representa, que cohesiona. Peligro absoluto. Así que no nos extrañe el runrún constante, la invisibilidad en medios, el torpedeo fino, la sospecha permanente... No nos toleran y no perdonarán que construyamos algo sólido, singular, reconocible y, encima, exitoso fuera del guion oficial de Madrid. Al final, la cuestión es sencilla: Estado y equipo-estado solo hay uno. O eso creían. El problema es cuando se obstina otro modelo a asomar y a mandar sin pedir permiso. Un modelo que no encaja en el molde y que, para colmo, funciona y lo hace con orgullo y en catalán.
El Barça molesta. Y mucho. En realidad, lo ha hecho siempre.
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