BARRACA Y TANGANA
La emoción primaveral, por Enrique Ballester
Es un sinsentido: pagar por sufrir y creerte mejor que el otro por algo que en buena medida no depende de ti

Un árbitro consulta con el VAR en un partido reciente de la Premier. / Owen Humphreys / Owen Humphreys/PA Wire/dpa

Tengo pocos problemas, así que alguno tenía que inventar: llevo unos días preocupado por el VAR. Ya no tanto por su impacto en el fútbol, que no tiene vuelta atrás, sino por el escenario que abre en la sociedad. Aviso de algo que más pronto que tarde puede pasar: si el VAR sigue castigando acciones inocentes y obviando infracciones evidentes, los niños van a crecer sin saber qué está bien y qué está mal, de la misma manera que nosotros ya no sabemos qué es mano y qué no es mano, qué es roja y qué no es roja o qué es penal y qué no es penal. Y si esto va más allá del fútbol, vislumbro el caos general. Ni los semáforos nos van a salvar.
Pensé en ello a raíz del Dépor-Mirandés del lunes, un partido plagado de decisiones controvertidas o directamente inexplicables. Como es natural, mi visión está condicionada por lo que perjudicaba a mi equipo de manera colateral, pero el caso es que mi cerebro no da para más. Después de ver a un jugador saltar sobre otro, que estaba quieto, y que el árbitro pitara penalti, he tenido una tentación recurrente cada vez que he salido a la calle. La culpa radica en que soy idiota, pero yo se la echo al VAR.
Cada vez que salgo del portal y me cruzo con un señor, mi cerebro me dice ¿por qué no? Haz como el jugador del Dépor, salta encima del hombre, da vueltas sobre el suelo con gestos de dolor y luego llama a la Policía. Pide una indemnización y recuerda las palabras del comentarista: «El error es del defensa que se queda quieto». Y a facturar, protegido por la jurisprudencia del VAR.
Esto que he pensado yo lo empezarán a pensar los niños de hoy, con la visión de lo correcto y lo incorrecto adulterada por el VAR. También es posible que mis facultades no estén del todo bien. Admito que cada temporada llevo peor la emoción primaveral.
De hecho, en esta fase de la temporada que decide títulos, ascensos y descensos, lo paso fatal. El fútbol abandona lo rutinario y abraza lo excepcional, y a todo el mundo le parece genial. A mí, no: a mí me gusta el hábito más que la meta, que todo lo acapara. Observo un sinsentido múltiple: pagar por sufrir y creerte mejor que el otro por algo que en buena medida no depende de ti.
Suerte y 'timing'
Escuché a Javier G. Recuenco explicar que alcanzar el éxito en la vida depende, en un 50%, de la suerte. Y de ese 50%, un 80% es timing. El esfuerzo importa, pero no lo es todo. Buena parte del resultado depende de factores que no puedes controlar.
Esto se aprecia claramente en el fútbol, por mucho que algunos se empeñen en negar el azar, y se aprecia aún más claramente al final de temporada.
En los últimos días, estamos viendo un serial de equipos de la zona baja que respiran cuando les toca jugar contra el Atlético, que ya solo piensa en las semifinales de la Champions. Esos partidos serían otros si el Atlético se estuviera jugando la Liga. No sabría decir si está bien o está mal, o no se puede evitar.
Ahora mismo, cada equipo en aprietos mira hacia las últimas dos jornadas y reza para que sus rivales lleguen a esos partidos sin más exigencia que algo tan difuso como el honor. Otra opción (descabellada) es confiar en uno mismo. Otra (más fácil), esperar una injusticia del VAR.
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