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Opinión | Barraca y tangana

Pues claro que le tengo manía

Jude Bellingham y Antonio Rüdiger, tras la eliminación en Múnich del Real Madrid en la Champions.

Jude Bellingham y Antonio Rüdiger, tras la eliminación en Múnich del Real Madrid en la Champions. / RONALD WITTEK / EFE

Me pasaba de niño, me pasaba de joven y me sigue pasando de viejo. Existen futbolistas que no me han hecho nada, pero a los que voy pillando manía sin una razón clara. El fenómeno empieza de manera casual, por un detalle en principio insulso, pero va creciendo hasta que me molesta absolutamente todo lo que haga ese futbolista.

No sé por qué, pero ocurre. A algunos jugadores no les perdonamos ni media. Algo bloquea una parte de nuestro cerebro y no conseguimos ver nada bueno. En cambio, desarrollamos una capacidad asombrosa para el rencor. Meten un gol a nuestro equipo y no importa cómo haya sido, porque siempre encontramos la manera de culpar a ese pobre muchacho. Rebobinamos la jugada, forzamos la realidad y se lo decimos a quien tengamos al lado: ‘Todo ha empezado en el saque de banda, fíjate quién no ha presionado ese saque de banda’.

El de siempre, está claro.

Quién va a ser el culpable. Pues el tío al que has pillado manía. Da igual que el saque de banda fuera a 80 metros de la portería. Da igual que luego la jugada durara tres minutos. Da igual que por el camino fallaran unos cuantos. Lo que importa es que ese tío no presionó el saque de banda, tenías razón, y lo tienes calado.

Estas pequeñas grandes fobias se evidencian en los momentos clave de la temporada. En una eliminatoria perdida de Champions, por ejemplo, cada uno elige a sus culpables, y conviene estar rápido. Es importante acusar a otro antes de que las culpas se hayan repartido de manera oficial, porque luego se instala un estado de opinión difícil de borrar.

En el fútbol, además, todos sabemos argumentar de modo tendencioso, porque es lo primero que aprendes en el patio del colegio. Y dependiendo de quién sea tu protegido, o quién sea al que le pusiste la cruz, es fácil subrayar, obviar o minimizar la gravedad de una expulsión, un gol fallado o una pérdida. Todo importa más o menos en función del autor. Si expulsan al que te cae mal, la culpa es suya; y si expulsan a tu protegido puedes hablar del rival, del estilo o del árbitro. Es sencillo.

Si fuera maestro, por cierto, tendría un problema con esto. Recibiría a unos padres en la tutoría, me dirían que su hijo dice que el profesor le tiene manía, y yo contestaría que sí, que claro, que por supuesto que le tengo manía.

También ocurre el caso feliz. Un futbolista que, por lo que sea, se convierte en tu protegido. No sabes muy bien por qué, ni cómo, pero le coges cariño. En ese caso, le perdonas todo. Lo adoptas y decides que es el tuyo. Siempre encuentras la manera de atribuirle los éxitos y de quitarle la responsabilidad en los fracasos. Puede fallar un gol clarísimo que no te importa: estás poniendo el foco en un antepenúltimo pase que dio hace cuatro semanas.

Este año, por ejemplo, Álex Calatrava es mi preferido. Es el mediapuntita zurdo del Castellón y verle jugar es muy divertido. Además, tengo suerte porque los datos confirman que Álex Calatrava es buenísimo, pero, honestamente, no los necesito. Cuando escribo las crónicas tengo que disimular, pero en la vida real insisto. Lo justifico como si fuera mi hijo. Le perdono todo como un niño perdona a sus ídolos. Tanto, que si Cala leyera esta columna y me dijera que es malísima, le daría la razón, incluso. Y le recordaría aquel control tan bonito que hizo en la jornada 5. 

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