Opinión | Golpe Franco

Periodista y escritor
Crónica de una muerte probable, por Juan Cruz Ruiz
LA CRÓNICA: Al Barça se le escurre la vida en un minuto
LA CONTRACRÓNICA: Rashford no es Luis Suárez

Diego Simeone gesticula en una falta cometida sobre Lamine Yamal. / Jordi Cotrina
Tengo muchos amigos atléticos. Enhorabuena. Tengo muchas historias de pérdida azulgrana. No me he arrepentido nunca de ser aficionado de este querido equipo que siempre se me parece al que una vez entró en mi casa, a través de la radio, con el nombre propio de Ladislao Kubala.
Desde entonces perdimos muchas veces, muchísimas, con todos los equipos, españoles y extranjeros. Anoche perdimos otra vez, ante un equipo formidable que se merece otro sitio en la historia, y sobre todo en la presente historia.
No me siento tanto triste como decepcionado. No tengo una idea exacta de la raíz de mi dolor, pero eso me ocurre muchas veces: siento que debemos ganar, hago fuerza desde mi asiento para que el equipo se anime pero de pronto, y no solo por los goles, siento que algo que tiene que ver con la mala suerte está preparado para rompernos el presente y, de inmediato, el futuro.
No hubo remedio: todo lo que iba anunciándose en el aire se fue cumpliendo, a partir sobre todo de la primera caída en desgracia que supuso la expulsión de Cubarsí. Éste se sintió verdaderamente compungido, pero se fue con la culpa al vestuario.
La rabia inútil
Lo que siguió fue una ristra de errores que no tenían que ver con las jugadas mismas sino con la rabia inútil con la que los futbolistas se fueron pareciendo a la cara de la derrota. Fue una muerte lenta, y de pronto muy rápida, como si cada uno de los jugadores, a los que ya no ordenaba Pedri, se hubieran encontrado con la impureza del juego que se llama a la vez inepcia e impotencia.
Hubo tiempos en que fuimos peores. Una vez me invitó a su casa la que quizá es la mejor editora literaria de nuestra lengua, Beatriz de Moura. Quería que viéramos juntos un partido como este.
Eran tiempos verdaderamente intempestivos, con el equipo dedicado a Messi pero en ese momento dirigido por un entrenador argentino que no sabía dónde tenía la otra mano. Y perdimos.
Un gol inmenso, como el de Julián, acabó con las esperanzas de la noche, y a mi me dieron ganas de salir de la hermosa casa, de la hermosa conversación, para regresar a solas y caminando a la noche de Madrid, tan lejos.
Ahora me he sentido tan mal como entonces, pero siento que a mis compañeros de afición al fútbol y que son del Atlético de Madrid se merecen la razón de su pasión por su equipo y por este momento.
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