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La lupa

El Barça y la tortura de Europa, por Albert Blaya

LA CRÓNICA: Al Barça se le escurre la vida en un minuto

LA CONTRACRÓNICA: Rashford no es Luis Suárez

La lupa del Barça-Atlético, por Albert Blaya

Albert Blaya

Albert Blaya

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El Barça, como de costumbre, encuentra sexy ponerse difícil las cosas. El reto añadido es siempre un factor con el que Flick tiene que lidiar en la Champions desde su fichaje, pues en octavos de la temporada anterior también se quedó con uno menos en la ida en el primer tiempo. Aquel día sobrevivió al asedio. Este miércoles no lo hubo. Pero sucumbió. Fue un partido extraño, cruel desde la óptica culé, incapaz el Barça de materializar un dominio cristalino desde el juego incluso con uno menos, poniendo un espejo al Atleti que le hizo creer, durante 45 minutos, que estaba con 10. Ni con toda la fe de un equipo que es todavía un niño, ni con la brujería de quién será el mejor mago del planeta, pudo el Barça obrar el milagro. Quizá se lo guarden para el Metropolitano.

Si algo constató este encuentro es que el Barça no tiene puntualidad. Defensivamente fue un partido sólido, concentrado, muy bregado, donde se minimizaron las transiciones de un Atlético que se fue con dos goles, uno por una genialidad de Julián, siendo el partido que menos ha generado ante este Barça. Fútbol. Joan Garcia pareció terrenal y Gerard y Cubarsí, titánicos durante este último mes, superados en situaciones que la Champions penaliza con la muerte mientras en Liga quién te juzga aparta la vista. Esta competición no debe nada a nadie nunca. No regala ni concede. No premia. Tortura. Y el Barça, que la había padecido desde la inferioridad de no saber competirla, la sufrió desde quién mira por encima del hombro.

Julián Álvarez marca el 0-1 de falta.

Julián Álvarez marca el 0-1 de falta. / Jordi Cotrina

Lamine, de cuclillas

Si el pasado curso el equipo llegó a abril sin portero, con un Tek que evidenciaba la distancia entre él y el resto de aspirantes en Europa, en 2026 lo hace sin 9. Porque Lewandowski son coletazos de un goleador que sigue marcando, pero cada vez condiciona menos al rival porque su radio de acción se reduce y el Barça le pide que se expanda. Mundos condenados a no entenderse. Y luego un Ferran Torres apático y demasiado impreciso que salta al campo aturdido por el ritmo, incapaz de devolver paredes a un Lamine endemoniado e inerte al espacio. El minutaje que no llevaba encima parecía ser al revés, como si cargase una mochila pesada de minutos invisibles. Deberían valer para que el FC Barcelona entienda que para ganar en Europa las áreas se deben dominar, y la mesa vuelve a estar coja.

FC BARCELONA - ATLETICO DE MADRID. CUARTOS DE FINAL CHAMPIONS LEAGUE. CAMP NOU. FOTO: VALENTI ENRICH

Lamine, de rodilla durante el Barça-Atlético. / Valentí Enrich / SPO

Lamine se quedó de cuclillas mirando la grada. En su mirada había esa desolación, quizás incomprensión, de quien ha ganado demasiado pronto y todavía no asimila la derrota. Fue el único que estuvo realmente a la altura de lo que es el paladar del Camp Nou, acostumbrado a genios que llevaban la pelota como ropa en invierno, en una demostración de talento, inconformismo y compromiso demenciales. Recibía siempre en inferioridad, siempre lejos, siempre con un final anticipado. Y siempre sacaba ventajas que para el resto eran imposibles. Pero no encontró socios. El desacierto de Rashford, en su mejor partido desde el juego, y la inoperancia de sus otros dos delanteros, le llevó a estar todo el rato sellado en un muro con la firmeza de que debía resolverlo él. Y era cierto. Dibujó jugadas que cuesta explicar y siempre encontró un pie que le frenaba. La lectura de Flick y Deco debe ser clara: no puedes no estar a la altura de este talento.

Era un partido tan raro que no hubo espacio ni para Pedri, sinónimo de que el fútbol ha perdido la cabeza y la razón. Cuando habita el caos, Simeone reina. Ya no es solo entrenador, es chamán y druida.

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