Opinión | Apunte

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Los teloneros del Barça, por Lluís Carrasco
Simeone mastica planes evidentes y los escupe convertidos en ruinas. Contra eso, el Barça necesitará algo más que talento brillante: necesitará sorpresa, carácter, ese punto de rebeldía que no entiende de jerarquías.

Rashford encara a Molina con el apoyo de Gerard Martín detrás. / Valentí Enrich / SPO
Hay partidos que se juegan con los pies, otros con la cabeza… y algunos, los más incómodos, con ese orgullo que no sale en los highlights. Ahí, justo ahí, habitan los teloneros. Sí, esos futbolistas que no protagonizan documentales y que rara vez aparecen en las tertulias infladas de épica prefabricada. Los secundarios. Los invisibles. Los que, cuando llegan los focos, suelen quedarse en la penumbra… hasta que dejan de hacerlo.
El Barça se planta ante los cuartos de Champions contra el Atlético con la liturgia habitual: foco en las estrellas, lupa sobre el talento diferencial y ese runrún de que todo dependerá de los de siempre. Qué descanso sería que, por una vez, no fuera así. Porque en el fútbol, como en la vida, hay justicia poética en las historias torcidas. Ahí aparecen Rashford, Cancelo, Araujo… nombres que, sin ser precisamente anónimos, tampoco encabezan el cartel de salvadores universales. Futbolistas que viven en ese territorio ambiguo entre la exigencia y la sospecha, entre el aplauso tibio y la crítica fácil. Los teloneros del sistema. Los que, si fallan, confirman prejuicios; pero si aciertan, te dejan con cara de bobo.
El secundario ejecuta en silencio
El Atlético es un equipo que devora previsibilidad. Simeone mastica planes evidentes y los escupe convertidos en ruinas. Contra eso, el Barça necesitará algo más que talento brillante: necesitará sorpresa, carácter, ese punto de rebeldía que no entiende de jerarquías. Es ahí donde el telonero se convierte en protagonista. En el desborde por banda que nadie espera, en la carrera meteórica que rompe el guion o el cabezazo en el córner que no estaba en la pizarra. Mientras los focos persiguen al líder habitual, el secundario ejecuta en silencio. Y cuando quieres darte cuenta, el partido ya no es el que habías previsto.
Quizá, solo quizá, esta eliminatoria no la decidan los nombres grabados en oro, sino los que escriben a lápiz. Porque a veces, y qué escándalo tan delicioso, el pequeño se permite el lujo de imponer su voluntad al gigante. Y entonces, claro, todos dicen que lo vieron venir.
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