SEGUNDA VIDA (38)
Antonio Corgos: "A Carl Lewis le cogí manía: era mal compañero, un divo que iba a entrenar en limusina"
El atleta compitió en la época dorada del salto de longitud y mantuvo durante 19 años el récord de España, pero le quedó la herida de no clasificarse para Barcelona-92 y una depresión que el deporte le ayudó a sanar
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Antonio Corgos, excampeón de España de salto de longitud, fotografiado en un parque de Barcelona. / JORDI COTRINA / EPC_EXTERNAS

Antonio Corgos (Barcelona, 1960) ostentó durante 19 años el récord de España de salto de longitud. Hasta que se lo arrebató el malogrado Yago Lamela. Fue finalista en tres Juegos Olímpicos (Moscú-80, Los Ángeles-84 y Seúl-88). En los últimos acabó quinto. Compitió en la época mediática de la disciplina, contra gigantes como Carl Lewis y Mike Powell, durante una carrera condicionada por las lesiones y a la que le faltó participar en Barcelona-92, "mi gran herida", admite. Aquejado en el tramo final de problemas de salud mental, Corgos mira atrás en paz consigo mismo.
¿Por qué empezó a saltar? No era una disciplina muy común en España.
Empecé muy jovencito, con 11 años. En casa me obligaron a hacer deporte. Era un niño muy tímido, introvertido, y en el colegio, en La Salle, coincidieron. Probé con el atletismo y tuve la suerte de encontrar un entrenador que me enganchó muchísimo y creó un ambiente genial, pero hasta los 17 años no comencé a destacar, sobre todo en disciplinas explosivas. Entonces hacía velocidad y toda la gama de saltos: de altura, longitud y triple.
Pero se concentró en la longitud.
Con 18 años, sin esperarlo mucho, ya era el número uno de mi categoría en España. Salté 8 metros, récord de Europa, récord de España absoluto y, pam, se abrió todo. Me dije: ‘es lo mío’. A todo el mundo le gusta ganar, ¿no?
Logró muy joven, con apenas 20 años, el récord de España que perduró durante 19 años.
Con 18 años ya hice récord de España con 8,05. Al año siguiente, 8,09 y al siguiente, el 8,23.
¿Y cómo recuerda el día del 8,23?
No esperaba hacer esa marca, pero una vez estás allí presentí que algo iba a pasar. Fue un año extraño, fue el de los Juegos de Moscú-80. En julio, al volver de Moscú, me marché de vacaciones. Le dije a mi entrenador que viajaba a Finlandia y ya veríamos si a finales de agosto íbamos al Campeonato de España, que tampoco pasaba nada, aunque nunca había competido ahí. Volví a los 20 días y me fui directo a Madrid. Aterricé por la mañana y por la tarde estaba compitiendo.

El exatleta, saltador de longitud, Antonio Corgos, fotografiado en un parque de Barcelona. / JORDI COTRINA / EPC_EXTERNAS
¿Sin hacer un salto en 20 días?
No, tampoco es así. En aquella época, para pagarnos las vacaciones, participábamos en algunos mítines por allí. Competí en tres pueblos.
¿Y dice que presintió algo antes de saltar?
Sí, noté algo. Me dije: ‘¡uf, cómo está esto, Antonio!’.
¿Qué notó?
Algo, hubo algo. Nuestra disciplina se limita a cinco segundos. Tienes que correr 30 metros y saltar. O sea, es un instante. Otras disciplinas necesitan entrenamientos y una acumulación, no la nuestra. Es muy espontánea y para un pico estás siempre, ¿sabes? Si el día en cuestión los músculos funcionan, estás contento, te sientes a gusto... Ya cuando di el tercer salto, dije: ‘uf, ave María, aquí pasa algo…’.
¿En algún entrenamiento había hecho una marca similar?
En Moscú salté 8,09, pero en el último salto ya logré 8,20, aunque fue declarado nulo. Sabía que podía andar por ahí. Lo que pasa es que después de los Juegos, quieras o no, desconectas un poco. Digamos que fue un salto que salió sin más.
¿Y cómo fue Moscú-80, con todo el boicot?
Duro.

Antonio Corgos, en pleno salto en los Juegos Olímpicos de Moscú-80. / Archivo
¿En qué sentido?
Primero, estuvimos pendientes del boicot de Occidente. Eran mis primeros Juegos y estaba con angustia porque no sabes si vas a participar en alguno más. Piensas que quizá es el único de tu vida y que no vas a ir porque hay un señor que está pegando tiros en otro sitio. No era más que un crío al que le importaba un pepino todo. Al llegar, aunque yo ya había estado antes, encontramos una ciudad triste y gris. Recuerdo que no había niños por la calle. Los habían escondido, por si acaso, no fueran a aprender nada de Occidente. Fíjate que con otro amigo teníamos la vuelta después de 15 días y al acabar de competir pedimos al Comité Olímpico que, por favor, a ver si podíamos volver en el primer avión porque aquello era inaguantable. Queríamos un poco de distracción y lo de allí era un muerto.
Compitió contra muchos atletas del bloque oriental.
Eran casi todos del bloque comunista, excepto Italia, España y algunos más. Así que en la final olímpica de longitud estaba República Democrática Alemana, URSS, Hungría, Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia… y aquí el tonto.
¿Y se hablaba ya de dopaje de Estado entonces?
No había ni uno limpio. Ni uno. No voy a decir que fuera un dopaje permitido, porque no lo era, pero... Había atletas que aparecían un día y desaparecían al cabo de nada. Pero entonces yo aceptaba que ellos tomaran cosas.
¿Por qué?
Me ponía en su lugar. No era lo mismo vivir aquí que allí. Pensaba: ‘Pobres’. Eso los chicos. ¿Pero las chicas? Es que eran hombres, llenas de hormonas. No los veía como que estaban contra mí. Ahora es distinto, ¿eh? Ahora que hay dinero en juego, el doping te jode. En aquel entonces yo no tenía ese sentimiento de agresividad, no lo criminalizaba.
Sin dopaje igual tendría medalla olímpica.
Tenemos un grupo de amigos, exatletas, y nos reunimos una vez al año. Y hace cuatro o cinco años hicieron como una representación y mirando la clasificación, empezaron: 'este fuera, este también...'. Y me hicieron una medalla de oro de Moscú, en plan coña. El que ganó se llamaba Lutz Dombrowski, de la Alemania Oriental: saltó el año 80, 81 y 82, y adiós. El segundo, del mismo país, no lo conocía de nada, saltó y no volvió a saberse nunca nada más de él. El tercero fue un soviético. Y así muchos. Yo he tenido amistad con entrenadores de allí y admitían que sí, ‘un poquito les dábamos, unas gotitas solo’. Y yo pensaba: ‘si es que no tienen nada, es su única forma de sobrevivir’.

El exatleta Antonio Corgos, finalista en tres Juegos Olímpicos. / JORDI COTRINA / EPC_EXTERNAS
¿Y cómo es que haciendo la marca del récord español a los 20 años nunca la superó?
Buena pregunta. Toda mi carrera ha estado marcada por las lesiones, no graves, pero siempre tuve algo muscular. Una temporada limpia, no recuerdo. Aun así, supe gestionar mi cuerpo. Casi siempre llegaba al momento cumbre de la temporada en mi mejor estado. Lo que pasa es que las marcas se consiguen en instantes puntuales y los campeonatos no siempre son los mejores lugares. Creo que he tenido en mi vida tres o cuatro momentos que debía haber saltado más de esos 8,23. Pero por circunstancias, no pasó. Me acuerdo que 1989, que fue cuando se inauguró el Estadi Olímpic, fue un año que preparé a conciencia. En los Juegos de Seúl del año anterior había quedado quinto. Estaba fantástico. Y a mi entrenador le digo: ‘el año que viene, vamos a por ello’. Llevaba una temporada brutal y vimos que se montaba un mitin en Segovia. A mil metros. Tarde de verano. Llegué, me puse a calentar, con confianza, y de repente, pam, se levantó una tormenta tremenda: lluvia, rayos, viento… todo. Y se suspendió. Me quedé con cara de tonto. Y le dije al entrenador: ‘yo no me puedo ir así a casa’. Llamé a la Federación de Madrid y dije, ‘oye, ¿hay alguna prueba hoy por aquí?’ ‘Nada, Antonio, no hay nada. Solo una competición de categoría sub-16. Si quieres te dejamos saltar con los críos’. Y yo, ‘donde sea’. Salté con 32 niños de 16 años. No era el sitio, pero hice la serie más espectacular de mi vida. 8,17, 8,17, 8,15, 8,12, 8,12, 8,17. Me faltó el punto de competición. Podía haber hecho un 8,30 y pico seguro. Después de eso ya dije, ‘se acabó’. Y me olvidé.
¿A cuánto cree que podría haber llegado?
Mi cuerpo tenía para 40 y algo. Hice algún nulo por ahí. No di lo que tenía que dar a nivel de marca, pero le saqué un rendimiento a mi cuerpo con tantas lesiones que otro igual lo habría dejado. Me lesionaba sobre todo en el pubis. Al final en el 90 me operé. Quizá me tenía que haber operado antes.
En cualquier caso, duró mucho el récord.
19 años. Hasta Yago Lamela.
¿Por qué no han salido más saltadores de longitud como usted o Yago Lamela?
La longitud es una prueba muy complicada y a la vez muy sencilla. O eres muy bueno o nada. Aquí no hay tecnología que valga, a las zapatillas no le puedes sacar rendimiento. Estás tú, allí, a 40 kilómetros por hora, pones una pierna y que aguante. Por eso los récords resisten tanto tiempo. El mío, 19 años, el de Yago Lamela, de 8,56, es de 1999. En Italia tienen el récord inamovible desde 1998. El del mundo, de Mike Powell, desde 1991.
Compitió en una época en que el salto de longitud se hizo bastante mediático gracias al propio Powell, a Carl Lewis…
Mediático, sí, pero a mí me jodieron bastante. Porque me tocó lidiar con ellos.
¿Qué tal era competir con Carl Lewis?
Le cogí manía.
¿Por qué?
No fue un buen compañero. Yo me podía poner a tomar un té con Mike Powell, o con Larry Myricks, pero él era demasiado divo. Es que yo siempre fui de perfil bajo. Me tocó sufrir sus malos gestos y cosas así. Vale que era muy bueno, un portento, pero no sé... A mí me marcó un día que participé en un mítin con él. Era 1982. Él iba a saltar y hubo un momento en que me vi de espectador. Es que fascinaba. Y me dije, ‘Toni, tú vienes a competir y no a mirar, hostia’. Es que me quedé como embobado. Tenía aura y te sentías pequeño. Pero tuvo detalles que hizo que no lo tragaran ni los norteamericanos. Recuerdo que en los Juegos de Los Ángeles todos íbamos al estadio en autobús y él aparecía en una limusina. Yo lo vi llegar a un entrenamiento a bordo de un helicóptero. Y a la villa olímpica no iba ni de coña.
Atrajo mucha atención hacia la prueba, por eso.
Muchísima. Pero, ¿quién tiene el récord del mundo? No es él, sino Mike Powell, con 8,95. Carl Lewis se vio tan superior que dijo un poco aquello de que ya me saldrá el récord del mundo. Y no. Vino el otro y le metió.
Usted en Barcelona-92 no estuvo. ¿Qué pasó?
Es mi gran herida. Tenía 32 años. Me operé a finales del año 90 exclusivamente para ir a los Juegos del 92. Y me dicen: ‘en dos meses ya estarás’. Dos meses igual para un chaval de 23 años, pero con 30, los dos meses se convirtieron en cuatro, luego en seis, en ocho... Y me pasé el 91 en blanco. En el 92, todavía con una pequeña molestia, con el entrenador, con Roberto Cabrejas, nos decimos: ‘hay que ir, vamos, hay que intentarlo’. Pero yo estuve a punto de dejarlo ese año. Y el entrenador me dijo que ni de coña, que había que aguantar. Necesitaba una marca, necesitaba 8 metros para ir. Y no tenía muchas opciones. Muscularmente no estaba bien. Entonces, dije: ‘mira, nos lo jugamos todo en el Campeonato de España. Allí, Roberto, no te voy a fallar’. Mi cabeza funcionaba así. Fuimos a Valencia. Me acuerdo perfectamente. El sábado hacía brisa, pero bien, y el domingo por la tarde llegué a la pista y noto viento. El primer intento, para controlar, hago 7,90. Pero el segundo tiro 8,19. ¿Qué pasó? Viento a favor, nulo. No salté más en toda la prueba porque ya veía que no valdría. Como estaban mis padres, salté también el último. Hice 8,10, anulado de nuevo por el viento. Quedé primero y de los españoles fueron a Barcelona-92 el segundo y el tercero. Un puto desastre.
¿Y cuándo se retiró?
Efectivamente fue en el año 95, pero ya en el 93 y 94 estaba entrenando poco. Fui a saltar a un mitin en Madrid y volviendo, en la sala de embarque, llamé a un amigo que estaba de jefe de prensa en el CAR y le dije: ‘mira, para que seas el primero, me retiro hoy’.
¿Y tenía algo planeado?
Nada. Me ayudaron mucho en el Centre d’Alt Rendiment de Sant Cugat (CAR). Tenía un pacto con el director de entonces, Joan Antoni Prat, y le dije, ‘oye, cuando me retire, ¿me podréis echar una mano?’ Aparte de mi carrera como atleta tenía acabado INEF. Así que al día siguiente fui y le dije: ‘Pues lo dejé ayer’. Al poco me encontró algo allí para empezar. En el 93 ya había empezado a trabajar en un centro de desintoxicación en la Arrebassada. Hacía actividad física para aquellos que se estaban desintoxicando. Ese fue mi ingreso en el mundo laboral. Pero no era lo mío. A mí lo que me gustaba era ser entrenador de atletismo. Y fue complicado, porque se cumplió por un detalle desagradable: por la muerte del que fue mi entrenador en un accidente de tráfico en 2001. Y entonces me dieron a mí esa plaza. Fue traumático. A todos los niveles.
Es extraño que alguien con un récord tan longevo, el mundo del atletismo no le reubicara enseguida.
Es que es complicado. Hay muchas, no sé si envidias, pero es como si te dijeran: ‘no va a ser todo tan fácil, chavalito’.
¿En el atletismo se gana dinero?
En aquella época se ganaba dinero para vivir. Para retirarte, no. Yo fui una persona siempre muy sensata.

Antonio Corgos, en un restaurante de Barcelona. / JORDI COTRINA / EPC_EXTERNAS
¿Le quedó alguna sensación de vacío al concluir la adrenalina de la competición?
Hay un cansancio, pero luego hay un punto competitivo que necesitas y a mi el golf me lo dio. Me convertí en un auténtico enfermo. El tema de la cabeza es muy importante.
Usted se abrió bastante respecto a sus problemas de salud mental. ¿Empezaron con la retirada?
No, no, tuvieron que ver con otros elementos personales. Cuando Yago Lamela empezó a tener problemas su entorno íntimo me llamó, a ver si podía ayudar. Pero es que no sabes cómo viene y no sabes cómo se va. Está claro que todo eso viene por ser como eres. Yo creo que al introvertido le ataca más. Porque no sabemos verbalizar hacia afuera lo que está pasando. Pero yo no me vi nunca como una víctima del deporte. Eso siempre lo he dejado claro. A mí me ayudó a salir, no a hundirme. Yo, de juguete roto, nada.
O sea, estaba todavía en activo.
Sí. Y lo saqué adelante. Luego tuve recaídas cuando ya estaba fuera. Pero me la quité antes de los Juegos de Barcelona, a lo bestia, a mi manera. Cuando empezó todo, le decía al psicólogo del CAR: ‘yo me tomo dos cubatas y se me pasa’. ‘Así, no, Toni, así no’, me decía. Y yo, ‘ya sé, ya sé’.
Se ha normalizado mucho el tema de la salud mental en el deporte. En su época era distinto.
Yo hablé con el médico de la Federación y le pregunté: ‘¿qué me pasa? Que me subo al avión y me desboco’. Era una época en que estaba recién operado. Entré en una rueda. No sabes por qué. Un día estaba en el cine con un amigo y, de repente, la pantalla empezó a dar vueltas. Me llevó a urgencias, no sabía qué me pasaba. Porque ya había tenido episodios de ansiedad en sitios cerrados, pero no le di importancia. Durante cuatro o cinco meses estuve mal. En cuanto empecé a entrenar todo se puso en su sitio. Luego, no, luego volvió.
¿Qué piensa ahora cuando ve a tantos atletas revelando que pasan por una depresión?
Yo veo que aunque el deportista lo explique, la sociedad no lo entiende. Ve al deportista como una persona agraciada. La gente de fuera todavía no empatiza.
¿Le ha llenado ser entrenador de atletismo?
Muchísimo. Estoy como entrenador en el CAR y soy director técnico de la Escuela de Atletismo de Sant Cugat. Soy de los pocos que he podido vivir de lo que me gusta.
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