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El Tourmalet

Hace 36 años Induráin se rompió la clavícula en la Volta

Tourmalet por Sergi López Egea

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

Sergi López-Egea

Sergi López-Egea

Vila-seca
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Cuando la Volta se retransmitía en directo por las emisoras de radio no había ni un solo autobús aparcado por las inmediaciones de Vila-seca y los equipos, a diferencia de ahora, mantenían una infraestructura mucho más discreta: ni nutricionistas, ni preparadores físicos específicos, ni se devoraban barritas energéticas como en la actualidad, ni las bicis llevaban cambios electrónicos y frenos de disco, ni se hablaba inglés por todas partes.

Sucedió en 1990, el año en el que este periodista tuvo ocasión de debutar y cubrir su primera ronda por etapas. Era una época de una Volta que dominaban mucho más los ciclistas españoles que los extranjeros. Lale Cubino, magnífico escalador de Béjar, con triunfos en Tour, Vuelta y Giro, resultó el ganador, en una edición que también corrió Miguel Induráin, que buscaba un segundo triunfo en la carrera después del logrado en 1988. Tuvo que esperar un año más y repetir victoria en 1992 por culpa de una caída que sufrió en Salou, muy cerca del fin de combate de la tercera etapa de este año.

Una caída importante

De hecho, Induráin sólo sufrió, por fortuna, una caída importante en sus años de dominio. En 1990 era el favorito principal a la victoria, pero se fracturó la clavícula, lesión de la que fue atendido en el hospital Joan XXIII de Tarragona. Luego se cayó otra vez en el Tour, pero sobre su hermano Pruden, que también andaba golpeado por el asfalto, y no se hizo nada grave. La leyenda cuenta que Induráin era tan bueno que ni se caía.

Pero, sí, se fue al suelo en Salou y abandonó, el día antes de la colocación de un explosivo en la zona de la petroquímica de Tarragona, que obligó a cancelar el primer sector (en aquellos tiempos se celebraban etapas partidas en dos, algo que ahora está prohibido), que era una contrarreloj por equipos que pasaba por la zona afectada por el atentado. Por fortuna, no hubo que lamentar víctimas, pero sí heridos. Nunca ha quedado muy claro si fue obra de ETA, principal sospechosa, o del GRAPO.

Fue la primera vez en que los periodistas eran citados a una conferencia de prensa para hablar de temas ajenos al ciclismo, lo que se repitió por diversas causas años después.

Los condenados autobuses

Ahora los ciclistas parece que se escondan en el interior del autobús, en salidas como la de Mont-Roig del Camp, de donde partió la tercera etapa de esta Volta. Se habla con ellos, pero la lucha es más difícil y hay que hacer uso de la picardía hasta que se consigue. Hace 36 años la Volta se corrió en septiembre, como fin de curso de la temporada, y los corredores llegaban al punto de partida de las etapas en el interior de los coches: los masajistas les daban friegas para calentar las piernas a los ciclistas sentados en los vehículos de equipo, a la vista de todo el mundo, y cualquier aficionado, sobre todo niños, podía acceder a los deportistas para que les firmaran autógrafos, porque aún no se habían inventado los teléfonos móviles y mucho menos los terminales inteligentes con cámaras incorporadas. Tampoco existía internet y mucho menos las redes sociales.

La gente, en 1990, seguía la carrera a través de las retransmisiones televisivas o radiofónicas y leía después otros detalles de la etapa en los periódicos. Había más tiempo para escribir. Ningún equipo llevaba director de comunicación, algo que llegó al ciclismo de la mano de Lance Armstrong y se incentivó todavía más a partir de la pandemia y siguiendo el ejemplo futbolístico.

También se celebraba un partido de fútbol, algo común y propio en el resto de las carreras que se disputaban por España, incluida la Vuelta. En la Vuelta este encuentro era otra cantar, porque por ahí andaba José María García como capitán del equipo de prensa. Y, claro, no le gustaba jugar en un estadio cualquiera. Si la Vuelta llegaba a Santander y tocaba fútbol, el partido se celebraba en El Sardinero, o en Zorrilla, si la meta andaba por Valladolid.

El partido de fútbol

En 1990, el partido entre periodistas y fuerzas del orden (por aquel entonces patrullaba la Volta la Guardia Civil y no los Mossos d’Esquadra) tuvo lugar en Vic y allí se lesionó José Enrique Cima, que se rompió todos los ligamentos y más de una rodilla, después de haber sido corredor profesional en el mítico Kas y luego, por muchos años, especialista de ciclismo en el diario asturiano ‘La Nueva España’, del mismo grupo editorial de este periódico.

Perico lo intentó, peleó por la victoria final de la Volta. Se tuvo que conformar con la tercera plaza por detrás de Cubino y Marino Lejarreta, aunque por delante de Iñaki Gastón y Fede Etxabe, héroes del ciclismo de finales de los años 80 y principios de los 90, aunque todos llegaron con el tiempo justo a la etapa inaugural, en Barcelona, por el caos de tráfico en una capital catalana que estaba ya patas arriba por las obras de los Juegos.

Por supuesto, si no había autobuses, ni prácticamente coches automáticos, tampoco existían los GPS, en una Volta a mapa abierto. Hoy, el coche de un equipo de la ronda catalana casi parece la cabina de un avión comercial de tanto aparato incorporado.

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