EL APUNTE
Carvajal, el bárbaro
La intensidad ahora es desmesura, la anticipación, precipitación, y sus últimos coletazos de vigor han cruzado ya la fina línea que separa la agresividad de la agresión

Daniel Carvajal, en acción en el partido ante el Atlético de Madrid. / AFP7 vía Europa Press

De ideología, no sé si bárbara, pero sí, a veces, inquietante, Dani Carvajal llegó a ser un defensa bárbaro. Ese lateral parecía tener un pacto con la electricidad. Llegaba antes que el balón, antes que el rival y, si hacía falta, antes que la jugada misma. Tenía chispa, lectura, precisión y un punto de mala leche competitiva. Era fiable, incisivo y hasta moderno en su manera de entender el trabajo de un lateral carrilero. Hoy, en cambio, sigue llegando. Sí. Pero tarde, mal y atropellando. Y lo que en su día fue virtud, se ha ido convirtiendo, poco a poco, en un recuerdo lejano de sí mismo. La intensidad ahora es desmesura, la anticipación, precipitación, y sus últimos coletazos de vigor han cruzado ya la fina línea que separa la agresividad de la agresión.

Marcos Llorente recibe una entrada de Daniel Carvajal, el dominfo. / AFP7 vía Europa Press
El problema no es solo físico, que lo es, es también mental. Su cabeza sigue convencida de que puede hacer lo de antes, que sus piernas responden igual, pero el cuerpo le responde que no, con crudeza y crueldad. Y en ese desfase: entradas a destiempo, duelos mal medidos y decisiones que llegan sistemáticamente fuera de tiempo, cada intervención tiene hoy un punto de suspense. No del bueno, no del defensa que domina la escena, sino del que parece jugar al límite del reglamento.
Y ese límite suele acabar demasiado cerca del rival. Demasiado cerca del daño. Demasiado cerca de la lesión irreversible. Pero, ahí sigue. Y sus rivales (Llorente, Giuliano…) demasiado cerca del terror y de la presencia de una camilla. Porque si algo siempre acompañó a este jugador es una inaudita bula arbitral: lo que en otros es amarilla inmediata, en él es aviso. Lo que en otros es expulsión, en él es ceguera y “jueguen, jueguen”. Y claro, de seguir así, a esperar la tragedia.
La pregunta ya no es lo que fue, sino qué hacemos ahora con lo que es. ¿Llevarlo al Mundial, dicen en Madrid? Allí, sí que expulsan, señores, así que, si quieren poner en peligro el trabajo, el talento y el desparpajo de una generación de jóvenes magos, adelante… los rivales, seguro, aplaudirán con las orejas.
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