Opinión | Golpe Franco

Periodista y escritor
Sentadito en la escalera..., por Juan Cruz Ruiz
LA CRÓNICA: Un cabezazo de Araujo evita el sofocón del Barça ante el Rayo
LA CONTRACRÓNICA: El regreso de Ronaldinho y la heroicidad de Joan Garcia

Lamine Yamal arranca por la banda derecha vigilado por Chavarria. / Jordi Cotrina
Así tituló Carmen Martín Gaite su hermosa obra sobre la vida y los libros de Ignacio Aldecoa, su amigo, muerto prematuramente después de darle a la literatura algunos de los libros más bellos del siglo XX: "Sentadito en la escalera/ esperando el porvenir/ y el porvenir que no llega".
Este domingo eso pasó con el Barça, un equipo que a veces es tan poético y que en ocasiones como la de hoy es tan mostrenco, inadecuado, triste, como el porvenir perdido en las horribles tempestades de la tarde, cuando el equipo parece venir de un mundo oscuro y en peligro.
Por fortuna, hubo el gol que nació de un córner, y por fortuna también el Rayo Vallecano no logró empatar. El Barça conserva un portero, Joan, al que hay que atribuirle lo único verdaderamente grande que hizo el peor Barça de los últimos tiempos. El equipo tuvo, en toda la tarde, dos personajes que pueden considerarse dignos del Barcelona de Flick: el primero, precisamente Flick, que jugó más en ese lado de la cancha que la mayor parte de los futbolistas que está a su cargo. El otro jugador, ya lo dije antes, fue el portero, que hace unos días parecía haber perdido para el porvenir y que impidió que el Barça perdiera el partido
Sensación de pérdida
El poema cantado de Carmen Martín Gaite me sirve de consuelo ante esta horrible sensación de pérdida con la que me fui del final del partido. El fútbol tiende a ser, como en el penúltimo encuentro, una apuesta por la alegría, o lo contrario. Generalmente, las medias tintas hacen del fútbol una triste contribución a la mediocridad.
Es muy difícil en esta ocasión hablar de este juego sin gracia sin señalar lo que no llame a la alarma. Este Barça del mediodía de domingo sin pasión ni energía se muestra como un equipo perdido ante el entusiasmo ajeno. No hubo nada más que el ligero entusiasmo de los más jóvenes, algún apunte final diluido.
La alarma mayor vino cuando Lamine dejó el campo como si se fuera en busca de un lugar en el que manifestar su penitencia. Esta circunstancia parecía que se iba a consolidar cuando se sentara cerca del entrenador. Lo saludó como si no lo conociera. Y ocurrió algo que resulta parecido a lo que un estudiante menudo podría hacer cuando va al examen desamparado por la desgracia: Lamine se sentó cuan largo es una 'chairslong' que le permitió ver un partido que parecía hecho con el deseo de ser olvidado de inmediato.
Lamine vio esa parte del partido sentadito en la escalera. Ahora le falta saber si así se mantiene un porvenir. Así el porvenir no llega.
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