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Apunte

Cosas que aprender del cruyffismo, por Diego Barcala

Lo más divertido es cómo Johan Cruyff vivía al margen. Cuenta Jordi Cruyff en la revista Líbero que su mayor agradecimiento como hijo del mito es que nunca se llevara el fútbol a casa. Parece que Johan nunca confundió la persona y el personaje. Jamás se quedó sin cenar por una derrota.

Pep Guardiola, atento a las explicaciones de Johan Cruyff en un entrenamiento en febrero de 1996.

Pep Guardiola, atento a las explicaciones de Johan Cruyff en un entrenamiento en febrero de 1996. / JORDI COTRINA

Diego Barcala

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El cruyffismo, como cualquier otro derivado de la metafísica, ha sido manoseado más de lo necesario. Y como todas las religiones, no siempre ha traído un mundo mejor. En nombre del legado de Johan se ha defendido que un partido sin tirar a puerta es un gran espectáculo porque el balón ha permanecido la mayor parte del tiempo entre nuestros jugadores o que la victoria y la derrota en el deporte son en realidad un capricho superfluo comparado con el objetivo pulcro y supremo de una jugada bonita.

Una década después de la triste desaparición del profeta ha llegado la hora de preguntarse qué es en realidad el cruyffismo. "Por razones familiares he convivido con el comunismo, con el no catolicismo, con el anarquismo, con el liberalismo... Ninguna me ha convencido hasta que di con el cruyffismo que resuelve casi todo y además tiene una cosa muy buena, es inofensiva. No va contra nadie y la puedes aplicar muy a la carta, que es una de las cosas que hace Cruyff. O sea, Cruyff es cruyffista siempre que lo necesite", explica el escritor Sergi Pàmies en la edición de Líbero dedicada a Johan Cruyff que se puede adquirir desde este domingo en EL PERIÓDICO.

Moderna filosofía de vida

Me gusta esa definición del cruyffismo como una moderna filosofía de vida. Y no viene de un profano. A finales del siglo pasado, todavía con José Luis Núñez en el palco, el barcelonismo sufría el trauma del despido de Cruyff como entrenador. La afición, que en el caso del Barça es como hablar en general de los catalanes, discutía sin tregua entre cruyffistas y anticruyffistas en las casas, los bares y los pasillos del estadio. La herida sangraba cuando la sociedad civil (otro concepto propiamente catalán ciertamente manoseado) se organizó para que el club diera a Johan un merecido homenaje con un partido en el Camp Nou.

De fondo había un litigio económico con el finiquito pero las fuerzas vivas del cruyffismo se reunieron varias veces en un contubernio llamado comisión del honor. En una de esas citas, Pàmies tomó papel y boli al dictado del exministro Ernest Lluch o Marta Ferrusola para redactar un comunicado que instaba a Núñez a organizar el partido si no quería ver barricadas en la Diagonal. En esa escena, tan seria y tan cómica a la vez, reside gran parte del simbolismo del Barça. Un tipo que diseñó la sanidad pública, la mujer del president Pujol y el talento de un gran escritor dedicados en cuerpo y conciencia al homenaje a un entrenador de fútbol.

Lo más divertido del cruyffismo es cómo Johan Cruyff vivía al margen. Cuenta Jordi Cruyff en la revista que su mayor agradecimiento como hijo del mito es que nunca se llevara el fútbol a casa. Parece que Johan nunca confundió la persona y el personaje. Jamás se quedó sin cenar por una derrota. Desde que perdió la final del Mundial 74 contra Alemania siempre encontró cómo darle la vuelta a la desgracia. En aquella ocasión convirtió los elogios de la crítica a la naranja mecánica en un triunfo mayor que el campeonato y extrajo una de sus principales máximas: si pierdes que sea con tus ideas.

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