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Opinión | Contexto

Una batalla tras otra

Joan Laporta saluda a Víctor Font.

Joan Laporta saluda a Víctor Font. / Jordi Cotrina / EPC

Hubo quien dijo que el fútbol era lo más importante entre las cosas menos importantes de la vida, pero no se atrevió a decir que las elecciones a la presidencia del Barça son tan trascendentes o más, por absurdo y extraterrestre que parezca, que las elecciones a presidente de la nación.

Arrigo Sacchi, que es quien parece que lo dijo y que no vivió tamaña insensatez, quizás no se hubiera atrevido a tanto: habría puesto su mejor cara de estupefacción al comprobar que la campaña, los debates, los candidatos, los resultados, se asemejan mucho a las características de unos comicios digamos que convencionales. Solo falta con echar la vista atrás y ver el seguimiento en los medios de comunicación, la repercusión de las andanadas que se han lanzado Laporta y Font o los programas especiales de prensa, radio y televisión en torno a una disputa que, seamos claros, afecta en principio a poco más de cien mil personas. Sin ir más lejos, TV3 ha vuelto a lucirse con esos platós tan monos, con maquetas virtuales del Camp Nou como si se tratara de los escaños del Parlament de Catalunya. Mientras tanto, lejos de esta burbuja azulgrana, el mundo va a la deriva, pero aquí no estamos para eso, aunque la extrema derecha suba por el lateral al ataque como si fuera Cancelo.

Gana Joan Laporta. Y por goleada, como se presagiaba hace unos meses, aunque en las últimas semanas, con un Víctor Font más descosido, más arremangado, más incisivo, alguien podía pensar que había partido. Pero no. A Font, a pesar de sus esfuerzos, con mayor temple que en 2021, se le ha quedado cara de Poulidor, el ciclista francés de los años 60 y 70 que siempre llegaba en segunda posición, primero ante Anquetil i después luchando con Eddy Merckx, conocido como El Caníbal porque arrasaba con todo.

Laporta es el caníbal de esta historia. Y se ha demostrado a lo largo de la campaña, que asumió casi como un trámite, con algún susto de por medio, pero especialmente en el día de las votaciones. Ayer ejerció a sus anchas como el contramaestre del crucero que recibe a los pasajeros y les indica qué camarotes han de ocupar, como el anfitrión de la fiesta de aniversario montada por él mismo. Desde primera hora, acompañó a las urnas a quien se pusiera a tiro de su carisma. Desde Jordi Pujol a Hansi Flick, pasando, en una escena insólita, por media plantilla del primer equipo. Se le veía dicharachero y audaz, relajado y fiestero, entre urnas y gradas, mientras Víctor Font ya empezaba a ensayar el rostro desencajado del perdedor.

Desde aquel lejano Elefant Blau de 1997 y desde la primera victoria en 2003, Joan Laporta ha librado una batalla tras otra, como en la película de los Oscar. Ha exultado, ha llorado (mucho), ha dejado a muchos por el camino, ha sufrido y ha vencido, «contra todos y contra todo», como a él le gusta decir. Y ha vuelto a ser el caníbal de toda la vida, el que no solo gana en la cima, el que disputa incluso las metas volantes al sprint. Entre los macarrons y los powerpoints, ha triunfado el Laporta desmadrado, que canta, pletórico, excesivo, desbordante y ufano, que «el Barça es nuestra vida». La vida de las cosas importantes y la de las que no lo son tanto.

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