Opinión | Análisis

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO
El 'laportismo' sociológico es el gran ganador
La corriente ideológica trasciende ya al presidente, que en realidad luchaba contra él mismo, no contra todo y contra todos.

Joan Laporta junto a Hansi Flick, antes de que el técnico del Barça ejerciera su derecho a voto. / Jordi Cotrina
Ganó Joan Laporta las elecciones porque no luchaba contra todo y contra todos, sino contra él mismo. Nadie conecta tan bien como él con lo que pide este tiempo, por lo que las urnas, por mucho que al final Víctor Font lograra el plebiscito que pretendía, sólo sirvieron para corroborar lo que ya se sabía. Dependía de que Laporta tuviera en su campaña de mínimos fuerzas suficientes para darle al cucharón de los macarrones, subirse al toro de Mercabarna, atizar a sus enemigos –ahora Xavi, Mateu Alemany y De la Peña– y, por último, ejercer de presidente, no de candidato, en la jornada electoral. Mientras él no se movió de la mesa 011 para saltar con los jugadores y llevar de la mano a la urna a Busquets, Aitana o Danny Cruyff –viuda de Johan–, Font, que hizo cola para votar como el resto de socios, no acompañó a Xavi Hernández. Messi no dijo ni mu.
Salió Laporta victorioso y con más motivos aún para perfeccionar el ángulo del corte de mangas a enemigos que fluctúan, ya fuera en la grada como presidente saliente –lo de llamarle «ex», como a los amores enterrados, le salió de aquella manera a Font– o en el palco, donde él mismo dice que quiere morir. Porque es un gobernante hecho para el fútbol, donde la pasión descarnada funciona mejor que la postura del misionero.
Pero si ha habido algo que ha sostenido al presidente en su silla es el 'laportismo' sociológico, que llega allí donde no puede hacerlo el líder. Una corriente que ayuda a normalizar todo tipo de situaciones, incluso las que podrían parecer incompatibles con un Barça que no tiene por qué ser perfecto ni ser más que un club, por mucho que así lo defienda el mito. Nos definen las taras, no la propaganda.
Es el Barça una entidad sexy, voraz y sumamente imperfecta, a la imagen y semejanza de su presidente, y que, con el 'bartorosellismo' entre medias, puede explicarse en las dos últimas décadas a partir de extraordinarias decisiones de Laporta: Unicef, Rijkaard y Guardiola –en la primera época–; Flick, Deco y un Lamine de su lado hasta que quiera Mendes –en la segunda–. Pero también a partir de manchurrones e incomprensibles compañeros de viaje, ya vinieran entonces de Uzbekistán, y después de Moldavia o el Congo.
Presidencialismo al alza
El resultado electoral, apabullante, dio razones a Laporta para que lo de 'presidencialista' se le quede corto. Es lo que quiere la amplia mayoría de los socios que votaron (la participación, 42,34%, fue la más baja desde 1997). Pero ello no quita que en su próximo y último mandato afronte no pocas dificultades. Los rincones más oscuros de su gestión han sido aireados y escrutados, sabiendo el presidente que habrá quien insista en nuevas vías judiciales que permitan llegar donde la prensa no ha sido capaz.
Tampoco ayuda que se haya abierto la veda y se haya publicitado la figura de Alejandro Echevarría, figura capital en el engranaje, y quien hasta la fecha había logrado el imposible equilibrio de aparecer mucho dentro, pero nada fuera. De ahí su eficiencia.
Habrá que estar al tanto de asuntos como la Grada d’Animació, germen del «Barça sí, Laporta no» y que pasó de estar castigada a ser aceptada con pinzas como estrategia electoral; o, sobre todo, si hay codazos para posicionarse como futuro delfín de cara a 2031. ¿Elena Fort?
Resistió Josep Lluís Núñez 22 años en la presidencia porque logró que el 'nuñismo' trascendiera a su anochecer. El 'laportismo', camino de los 17, ya está transcendiendo a Laporta. No es poco el mérito.
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