Opinión | Golpe franco

Periodista y escritor
Gavi y el don de la alegría, por Juan Cruz Ruiz

Raphinha marca su primer gol, de penalti, al Sevilla en el Camp Nou. / Jordi Cotrina
Durante años el Sevilla era parte del miedo del Barça, al menos desde la era en que los dos equipos, el azulgrana y el blanco, jugaban a ganarse. Se intercambiaron futbolistas, alegraron el fútbol nacional con promesas y realidades que ya no se pueden olvidar. Pero esos tiempos se han diluido como lágrimas en la lluvia.
Ahora, al menos en este tiempo, en Sevilla se añora lo que el Barça tiene: entusiasmo y alegría. Ahora el Barça tiene el don de la alegría de jugar, y el Sevilla tarda, me parece, en rebuscar en aquella pasión por el fútbol que tenían los pies de sus jugadores.
Aun así este Sevilla de ahora jugó como si estuviera entrenando y marcó dos goles, al final de las partes sucesivas. Con elegancia y sin convencimiento, haciendo lo posible por parecerse a aquel mundo que ahora hasta quienes no somos del Sevilla (sino del Betis, así es la vida) seguimos añorando.
En esas circunstancias no hay más remedio que destacar del Barça no tan solo el juego, que es mejor siempre que los jugadores se muestran más alegres, sino el espíritu, la capacidad para hacer fútbol y para explicarlo. En la primera parte no hizo falta que Pedri, el talismán, se manifestara como el jugador que lleva dentro, porque hubo un sustituto virtual, Olmo, que atrajo a los contrarios y los dominó con una impresionante capacidad de convicción.
En las últimas jornadas en las que fue sustituido, este extraordinario futbolista mostró su malestar, como si estuviera purgando una culpa o como si, también, estuviera vengándose de los que le sacaran de la cancha. En esta ocasión acertó en su gestión de las oportunidades, mostró su alegría como si la estuviera esperando y le regaló al equipo, en la cancha, pero también en la gestión de su modo de ser, una lección de fútbol.
Fue adelante y atrás como si se estuviera buscándose a sí mismo y generó siempre el fútbol que hacía presagiar, y lo consiguió, tantas alegrías como esperaba el graderío. Para que esa señal de alegría, que el Barça esperaba como la llegada de la primavera del fútbol, fuera completa, además, regresó Gavi. Meses después de su marcha hizo de los últimos minutos de su reaparición algunas especialidades suyas, acercándose al juego que siempre tuvo y a la pasión que siempre es su apuesta por ser el mejor de sí mismo a la vez que ayuda a los otros a ser mejores.
Hacía tiempo que yo no disfrutaba tanto con el Barça. Escuché que en el graderío estaba Romario. Sería también por eso.
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