Opinión | Apunte

Escritor. Autor de 'Confeti' y 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.
La fierecilla domada

Ronald Araujo, durante el empate del Barça ante el Newcastle en Saint James' Park. / ADAM VAUGHAN / EFE
Me gusta consultar la posesión de los partidos del Barça cuando ya ha ganado, ya que las cifras suelen ser el reflejo científico del dominio visto en el campo. Sin embargo, el martes frente al Newcastle la posesión superior (un 54 por ciento) definía lo contrario: el desajuste, el intento de evitar que los 'magpies' o urracas (pájaros ladrones, atraídos por los objetos brillantes) robaran el balón a los culés. Los blaugrana trenzaron unos 400 pases, menos de la mitad de lo habitual, y la mayoría fueron para achicar agua, cazar algún rebote o sacudirse la incomodidad de no poder combinar. De hecho, tres de los cuatro partidos de esta temporada en que penaron sin ritmo fueron contra equipos ingleses y en suelo británico: en la liguilla contra Newcastle y Chelsea, y en esta eliminatoria del martes. ¿Hay una explicación para este fenómeno?
Lo intentaré. Síganme, por favor. Desde hace un par de décadas, el dinero de los inversores ha transformado el fútbol inglés. Algunos clubes han optado por un estilo más elaborado —Guardiola y Arteta en City y Arsenal—, pero la clase media de la Premier se ha fijado más en la fuerza que en el talento. Se crean plantillas caras, de 30 jugadores o más, pues la competición es larga, pero se sigue confiando en un fútbol esencial, de piernas y pulmones, y con algún mago del toque (foráneo) que los dirija. En las gradas una afición incansable, que canta y celebra los saques de esquina como medio gol.
Cuando juegan en Europa, el orgullo de esta tradición les redobla a todos las fuerzas, y la única forma de combatir su entusiasmo es domando a la fiera. Ante el Newcastle, el Barça solo sacó el látigo en el tramo final, y medio por casualidad se llevó el empate. Pero para domar y dominar, y más cuando los directores Pedri y Bernal parecían vigilados por agentes del MI5, el trabajo tenía que empezar por la defensa, pero los dos laterales —Araújo y Cancelo— jugaron de forma anárquica. A su vez Raphinha y Lewandowski siguen erráticos y su presión en la delantera fue ineficaz. Para ganar en el Camp Nou, habrá que hipnotizar a las urracas como si el balón fuera una joya rutilante: se mira pero no se toca.
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