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Andà p'alla, bobo

Solo faltó el gol del Mago Pop

Andá pallá Bobo by Emilio Pérez de Rozas

Andá pallá Bobo by Emilio Pérez de Rozas / ·

Emilio Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

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Cuando muchos hablamos de lo que es el Barça, hablamos de este Barça. Cuando muchos hablamos de lo que representa el Barça, hablamos de la representación de anoche. Cuando muchos hablamos de qué materia esta hecho este club, es de lo que vimos y demostró el Barça anoche, sobre el césped y en un apasionado y apasonante Spotify Camp Nou. Cuando los culés se sienten orgullosos de su equipo, de su club, de sus futbolistas, es por lo que hicieron anoche, por lo que intentaron anoche, por cómo lo intentaron y durante el tiempo que lo intentaron.

Cuando muchos hablamos de lo que es el Barça, nunca, hablamos de su vitrina. Cuando muchos escribimos, comentamos, charlamos sobre qué es lo que nos gusta del Barça, jamás hablamos de su colección de trofeos, ni siquiera de cuántas Copas de Europa posee. Cuando nos enorgullecemos de sentir ciertas simpatías hacia este equipo ¿por qué esconderlas, verdad, y menos a estas horas de la vida?, es por lo que vimos anoche, por lo que vibramos anoche y no por lo conquistado anoche, que solo fueron corazones.

Nadie, que yo conozca, le exigía anoche a su Barça que superase la eliminatoria. Nadie. Nadie gritaba, ni reclamaba, un 4-0 o hasta un 5-0. Nadie. Todo el mundo quería ver al mejor Barça del año y todo el mundo sabía, estaba convencido, de que iba a asistir a un espectáculo apoteósico porque, si algo tiene el Barça de Hansi Flick, es que ha recuperado las esencias más íntimas de los Barça históricos, incluso de los que no vencieron, un Barça que siempre ha puesto por delante el cómo y, sobre todo, la intención, la determinación, el estilo, el espectáculo, el entretenimiento, el deseo, el hambre, la propuesta y la intención.

Flick, durante el partido contra el Atlético.

Hansi Flick, durante el Barça-Atletico (3-0) de, anoche, en el Spotify Camp Nou. / JORDI COTRINA

Los hay ¡olé por ellos! que fundamentan su existencia en el resultado. Perfecto, nada que objetar. Los hay que venderían su alma al diablo para conseguir sus metas. Estupendo, es una apuesta como otra cualquiera. Y hasta los hay, como el Cholo Simeone que asegura que, anoche, saltó al Spotify Camp Nou con la idea, la intención, la propuesta “de atacar” y acabó con nueve defensas, el portero y Sorloth. Y le salió bien, es finalista. Nos vemos, si quieren, en los cuartos de final de la Champions.

Pero el Barça no es eso. El Barça decidió un día, y cada culé le pondrá fecha, entrenador y estrella a ese momento histórico (igual fue desde su nacimiento), que iba a ser un modelo de fútbol, una apuesta, una propuesta, que acabaría escenificándose, casi 126 años después, en lo que vimos anoche, un equipo repleto de jugadores de casa, con una columna vertebral prodigiosa, exquisita, envidiable (Joan García, Cubarsi, Pedri, Bernal, Lamine Yamal) y, sobre todo, una apuesta futbolística maravillosa, que mereció cerrar su gesta con otra final copera, pero que dejó a sus socios, aficionados y seguidores babeando, felices, orgullosos, satisfechos, henchidos de placer, gloria y satisfacción.

El Barça protagonizó frente al Atlético (3-0) el que es, sin duda, el mejor partido de la temporada, el encuentro que le coloca en el camino adecuado para poder repetir el título liguero y, quién sabe, si aspirar a coronarse rey de Europa.

Perdieron ganando de la manera más maravillosa que existe. Jugando el mejor fútbol del planeta, derrochando todas las energías y más, mucho más, dejándose parte del alma, incluso el alma futbolística que tienen, que han mamado y que Hansi Flick les pide, más que exigir.

Los que no se quedaron derrengados sobre el césped, se fueron corriendo, entristecidos, enfadados, molestos, desoladoss, heridos, solitarios hacia el vestuario, como el joven Lamine Yamal, y tal vez lo hicieron para llorar en soledad o romper a patadas la puerta de su taquilla, frustrados tras haber jugado como los ángeles y muriendo en la orilla.

Muchos creen que no debe servir de consuelo la tan manida frase que utilizamos los defensores de ese fútbol, de esa propuesta, de esa entrega, de esa idéntica, de esa intencionalidad, de ese ADN, de que, jugando así, se gana más que se pierde. Pero, miren, ayer se perdió ganando, goleando…aunque no lo suficiente.

Solo faltó el gol del prodigioso y ya único Lamine Yamal. O el gol del maravilloso (está volviendo, señores, está volviendo) Raphinha. O, sí, puede que faltase el gol del Mago Pop, que se lo pasó en grande viendo la magia del espectáculo, sin trucos, auténtico, que derrocharon Pedri&Cia, que hicieron saltar de su asiento a la vistosa y llamativa Rosalia.

Diego Simeone, entrenador del Atlético de Madrid.

Diego Simeone, entrenador del Atlético de Madrid. / Oscar J. Barroso / AFP

No vale decir, no nos precipitemos, por favor, que jugando así el Barça es favorito para ganar LaLiga y hasta la Champions. No se puede jugar así, no se puede repetir lo de anoche, cada tres días. Se puede intentar, que es lo que hace el Barça y solo el Barça en cada partido, por eso suele ser maravilloso verles jugar.

Ellos saben que para todos nosotros ganaron. Ellos saben que la final la jugará el Atlético de Simeone. Estupendo, que les vaya bonito. Pero todo el mundo estará de acuerdo que el fútbol, anoche, fue injusto con el Barça, que mereció mayor premio que el Atlético del Metropolitano.

Vale, sí, era un partido de 180 minutos que los colchoneros ganaron 3-4, pero ya les digo yo que, si el equipo de Flick hubiese ganado la ida 4-0 en el Spotify Camp Nou, nunca, jamás de los jamases, hubiese hecho, en el Metropolitano, el partido tan rácano que planteó anoche Simeone. Y no por Hansi Flick, que también, sino porque la historia se lo tiene prohibido al Barça. Gane o pierda, a la vez.

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