Opinión | Elecciones en el FC Barcelona

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO
Una botifarra contra todo y contra todos

Joan Laporta, junto a miembros de su equipo, hace una botifarra en el Camp Nou. / Esport3
Qué risa. Otra vez, una botifarra de Laporta. La primera (retransmitida, claro) fue de rabia, porque, mientras algunos se frotaban las manos, desde el poder central alguien echó un cable que cercenó la mayor crisis de gobierno por las inscripciones de Dani Olmo y Pau Víctor. Hay que tener amigos hasta en el infierno. Al fondo a la derecha.
La segunda botifarra, este sábado en el Camp Nou en plena chirigota antimadridista, fue de puro júbilo. Porque el mundo se puede ir a la porra, pero las masas lo quieren a él. Porque ríe, grita, llora y canta. Porque habla sin papeles. Porque le denuncian ante la Audiencia en plena precampaña como quien no quiere la cosa -la sordidez es también hilo conductor de la historia del Barça- y él puede rematar la semana aclamado y con un corte de mangas.
La escena fue divertida y entrañable. Laporta se levantó porque quería saltar. Le salía de dentro. Y la corte, al verlo, tuvo que hacer lo mismo. El salero no fue el mismo, pero qué más da. Todos quieren ser como Laporta, los de dentro y los de fuera, pero no hay manera.
Martin Amis tiene un libro que nunca está de más revisitar. Se llama Koba el Temible, y narra alguna de las peripecias de Stalin. Explicaba Amis cómo los miembros del partido, después de haberse tragado un discurso de horas de su líder -tampoco usaba papeles-, podían pasarse una eternidad aplaudiendo. Hasta que les sangraban las manos. Pobrecito si alguien dejaba de aplaudir el primero y lo enganchaban.
Dicen que esta precampaña electoral ha tenido poco nivel. Bueno. Mientras Laporta conduce toros en Mercabarna y cocina macarrones entre la chavalada en el Bar Bocata -sí, deliciosos-, los opositores se han gastado sus dineros. Han hecho un buen puñado de propuestas. Han repetido hasta la saciedad las sombras del mandato. Y hasta han repartido llaveritos y camisetas. Pero nada de eso puede con el desconocimiento -los tenderetes de recogida de firmas parecían las atracciones desguazadas del parque de atracciones de Montjuïc- ni, sobre todo, con la fascinación que provoca un Laporta que levita a golpe de botifarra.
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