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Barraca y Tangana

Una oportunidad perdida

Pudieron tener todo eso, pudieron ser héroes, pero eligieron ‘mangar’ un gol en un partido de benjamines

Violencia en el fútbol.

Violencia en el fútbol. / EL PERIÓDICO

Enrique Ballester

Enrique Ballester

Barcelona
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Era un partido cualquiera en una Liga cualquiera de benjamines. Mi hijo recogió un despeje, se acercó a la frontal, se perfiló para la zurdita y chutó con todas sus fuerzas, que no son muchas. La pelota superó los obstáculos y se coló en la portería, pero golpeó en una barra metálica que estaba detrás y regresó al campo. El árbitro pensó que había dado en el poste y ordenó seguir la jugada.

Todos menos él (el árbitro era un chavalito, qué vas a decir) vimos que había sido gol; los adultos y los niños. Unos lo celebraron, otros se lamentaron, algunos se quedaron quietos. Hubo protestas y amagos de protestas, pero el árbitro no quiso saber nada. No importa mucho, mi hijo sabe que marcó gol y no le va a cambiar la vida. «Me dieron ganas de llorar y casi lloro», dijo luego. «Si hubiera llorado, a lo mejor el árbitro habría dado gol». El viejo truco de la pena. Esa maniobra clásica. Consiguió que su abuela le comprara cromos.

Si mi hijo hubiera llorado, no sé si habría cambiado la decisión del árbitro. Tampoco sé si hubiera sido diferente la actitud de los entrenadores del otro equipo. Entiendo que en ese momento vieron a un niño de nueve años como un enemigo. No quiero reprocharles nada porque, honestamente, no sé cómo habría reaccionado yo en su lugar. Pero ellos vieron claramente que había sido gol (así lo admitieron), y prefirieron mirar hacia otro sitio.

No reprocho nada, insisto, pero perdieron una oportunidad magnífica. Podrían haber juntado a su capitán, al árbitro y a quien fuera, y haber reconocido que era gol, en un acto de justicia sencilla. Podrían incluso haber ordenado un autogol, en caso de que el árbitro se aferrara a su realidad paralela. Habrían dado una lección a los que estábamos viendo el partido y ahora serían un gran ejemplo para todos esos niños (y padres). Habrían sido noticia al día siguiente en el periódico. Habrían aumentado el prestigio y la consideración positiva de su club, que no sé qué opina. Esta columna tendría hoy nombres y apellidos.

Homenajes merecidos

La historia habría saltado al resto del país y el mundo los habría señalado como paradigma deportivo. Esos chavales que actúan como educadores y formadores habrían tenido muchos reconocimientos, sin duda merecidos. Saque de honor e invitación al palco en el Estadio Castalia, ovación de la grada incluida. Recepción en el Ayuntamiento, que en nombre de la ley cambiaría los polémicos hierros de las porterías. Insignia de oro y brillantes de la RFEF. Futuro pabellón municipal con sus nombres. Pregoneros en las fiestas del pueblo. Campanadas en Radiotelevisión Española. Homenaje en Moncloa. Padrinos del Grand Prix del verano e invitados en Pasapalabra. Esperanza última de este país y de la civilización occidental. Premio Nobel de la Paz y Premio Princesa de Asturias de la Concordia. Premio de la FIFA al Juego Limpio. Y lo más importante: la admiración de mi hijo.

Pudieron tener todo eso, pudieron ser héroes, pero eligieron 'mangar' un gol en un partido de benjamines. Eligieron lo de siempre. Respetable, ya se sabe. Una Liga es una Liga. Bla, bla, bla. El fútbol es para 'listos'.

De hecho, al no dar una lección explícita, ofrecieron una lección implícita. Es una lección real, pero no es una lección bonita.

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