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Golpe Franco

Vuelve, Pedri, vuelve, por Juan Cruz Ruiz

La crónica: Simeone despedaza al Barça de Flick en la Copa

La contracrónica: un resbalón mortal en el Metropolitano

Tangana entre jugadores del Barça y el Atlético, este jueves.

Tangana entre jugadores del Barça y el Atlético, este jueves. / Dani Barbeito / SPO

Juan Cruz Ruiz

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El Barça, como aquel personaje triste de Los Secretos, anoche se volvió vulgar, desde que el portero le dio al Atlético de Madrid la señal de la derrota. Fue un partido unánimemente perdido, como si fuera diseñado por un enemigo cuyo nombre podría ser, por ejemplo, el del entrenador rival.

El Cholo hizo lo que pudo para que el Barça perdiera los nervios, y para mí que también hizo que los perdiera el colegiado, cuya mala intención a la hora de aceptar al menos el gol que hizo el Barça convirtió la derrota en una celebración nítida. 4-0.

El Atlético rompió al Barça nada más llegar a la cancha. Como suele ocurrir últimamente, los azulgranas entraron a jugar como si pudieran esperar a la segunda parte, pero la siesta se le revolvió en contra. La goleada es mucho más que una humillación: es una lección que ha de tener en cuenta el entrenador para explicar a los suyos, una a una, las más de diez culpabilidades, porque si alguien se salvó de esta quema formidable fue Lamine Yamal.

La potencia de la lágrima

El más joven de la plantilla le puso al fuego al menos la potencia de la lágrima, pero eso no fue suficiente desde que Joan Garcia le entregó la cuchara a los contrincantes. Hace mucho tiempo que no veo un gol de mal agüero, y esta fue la ocasión. La pelota fue ardiendo, un poco tonta, hacia los pies de Garcia. Él la vio seguir como si la llevara de la mano él mismo, pero sin tocarla.

El equipo entero se hizo cruces, pero cuando el cancerbero sintió que algo pasaba en su pequeña área de la justicia vio entrar, sin remisión, el gol que abrió la puerta de la desgracia. En alguna historia de la literatura se evoca esa sensación de fracaso, cuando en efecto se rompe la última puerta, la de la inteligencia.

Luego el Barça, es decir, lo que quedaba de su ánimo, se impuso la posibilidad de enmendar el error colectivo que siempre es la esencia de lo que hace un portero (que es el culpable, con otros, de cualquier cosa que le pase a un equipo). Me dio pena del Barça, de su ingenuidad, de su falta de semilla de la que obtuviera la esencia que otras veces le ha venido a resolver la nada.

El rostro humano del equipo es ahora muy visible. Los adversarios, los que esperan que pierda así, estarán viviendo al menos por una semana su era del regocijo. Vuelve, Pedri, vuelve.

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