Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Atlético - Barcelona (4-0)

Simeone despedaza al Barça de Flick en la Copa

Al Atlético le basta un acto para amontonar cuatro goles en la peor noche del técnico alemán con el equipo azulgrana y acercarse a la final

Lamine Yamal, frustrado, sobre el césped del Metropolitano.

Lamine Yamal, frustrado, sobre el césped del Metropolitano. / ÓSCAR DEL POZO / AFP

Francisco Cabezas

Francisco Cabezas

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Diego Simeone, de negro sepulturero, despedazó al Barça de Flick en una de aquellas noches que perduran en la memoria. No tanto por el trofeo que puede escurrirse por el sumidero, una Copa de la que los azulgranas son vigentes campeones y a la que aún le queda el segundo capítulo de las semifinales, sino por el simbolismo y las consecuencias emocionales. Porque Simeone necesitaba un triunfo que sirviera para explicar a qué viene tanta mitomanía con una figura sin fin. Y porque Flick, sin un faro como Pedri a quien confiar el orden y un agitador como Raphinha a quien responsabilizar de las ayudas, vio cómo el Atlético despedazaba su ideario con cuatro goles en un solo acto.

Tuvo su guasa que el derrumbe del Barça coincidiera con la semana en que Joan Laporta dimitía para renovar su obra de gobierno y cedía su puesto en la poltrona a su buen amigo Rafa Yuste, quien, acompañado de otro de los camaradas de la vieja guardia, Josep Cubells, atendió a una de las caídas más duras que ha tenido que afrontar el barcelonismo desde el oscuro gobierno de Bartomeu. Los opositores en este tiempo electoral, claro, tendrán carnaza.

Lo ocurrido sobre el lamentable césped del Metropolitano, sin embargo, nada tiene que ver con las batallas institucionales, sino con un plan que pasa de atrevido a temerario cuando las piezas que lo sostienen no están disponibles. Ya no solo por las bajas por lesión de Pedri, Rashford o Raphinha –cuya temporada se está explicando desde una camilla–, sino también por la mala noche de Lamine Yamal. Poco pudo hacer ante una desintegración colectiva culminada con la expulsión de Eric Garcia tras derribar a un Baena que, ya cuando la noche se desmayaba, corría en busca del 5-0.

Diego Simeone celebra uno de los goles del Atlético contra el Barça.

Diego Simeone celebra uno de los goles del Atlético contra el Barça. / PIERRE-PHILIPPE MARCOU / AFP

El fútbol nunca debería explicarse a partir de errores individuales, por mucho que estos existan. Sin una estructura de juego grupal que funcione, poco hay que hacer. Habrá quien se detenga, sin embargo, en el gol que abrió el partido a favor del Atlético y que llegó justo después de que Joan Garcia salvara con la rodilla un tanto al amanecer. Eric Garcia hizo una de aquellas cosas que prohíben en las escuelas de fútbol, el pase hacia atrás con dirección a portería. Aunque quizá él nunca hubiera pensado que su portero, siempre tan fiable con el pie, permitiría que la pelota pasara bajo su suela hasta colarse en la portería. El balón venía saltando como un conejo sobre la roída hierba. Y Joan Garcia, quizá, quedara hipnotizado ante tanto bote.

La brújula y el puñal de Griezmann

El Barça, atolondrado pese a disponer de cuatro centrocampistas, se desangró ante cada transición de un Atlético en el que un viejo conocido, Antoine Griezmann, llevó la brújula en la cabeza y el puñal en el pie. La banda defendida por Balde –quien penalizó que ni Olmo ni De Jong bajaran una sola vez a ayudarle en su orilla–fue un océano a explorar tanto por Giuliano como por Nahuel. Griezmann tomó el 2-0 sin que nadie le inquietara. Y después de fallar otros dos goles cantados, el Atlético alcanzaba el 3-0 aprovechando las mismas miseras por los costados del Barça. Esta vez quien culminó fue el extremo izquierdo, el recién llegado Lookman, siempre inapreciable para Koundé.

Antes de que Julián Álvarez cerrará el telón al partido con toda la segunda parte por jugar y zanjara ante su principal pretendiente su mala racha goleadora, Flick había intentado corregirse rescatando del banquillo a Lewandowski y sacando del campo a un cariacontecido Casadó para que De Jong jugara de mediocentro. Aunque nada calmó al Barça, al que ni acompañó la fortuna –Fermín había chutado al larguero al comienzo–, ni ese fútbol de 'frame' que sigue corrompiendo el deporte. Seis minutos estuvieron los capitostes del VAR para negar un gol a Cubarsí después de tirar una línea manual -porque la tecnología no les funcionó- que descubría, como si fuera una psicofonía, un presunto fuera de juego de Lewandowski tras una montonera.

Cierto es que el fútbol es revoltoso y que en tiempos de Luis Enrique, el día en que Sergi Roberto levitó, el Barça remontó al PSG un 4-0 que traía del Parque de los Príncipes. Le tocará a Flick apelar a ese tipo de milagros que ocurren muy de vez en cuando. Mal asunto cuando toca mirar al cielo.

Suscríbete para seguir leyendo