Carrascazos
El Madrid es un coñazo, por Lluís Carrasco
Ver al R. Madrid, hoy, es como asistir voluntariamente a una misa en latín sin fe, sin incienso, con un cura afónico y la credibilidad de Jordi Évole criticando la política del gobierno.

Gonzalo intenta superar a Unai Núñez en el partido del domingo en Mestalla. / Francisco Macia / AP

Vi el Valencia-Madrid... ¡Qué aburrimiento! Ver al R. Madrid, hoy, es como asistir voluntariamente a una misa en latín sin fe, sin incienso, con un cura afónico y la credibilidad de Jordi Évole criticando la política del gobierno. Es un espectáculo tan vibrante como mirar un ascensor subir y bajar del primer al segundo piso de forma continuada y en carrusel: Un auténtico documental sobre la vida secreta del bostezo.
El Madrid ya no es un equipo: es un trámite de hacer puntos. Un conjunto que juega como si tuviera una cláusula en el contrato que prohibiera el entusiasmo. Pases horizontales, presiones que no presionan, posesiones que no poseen y ataques que no suponen ataque alguno. Cada partido parece una prórroga emocional, una sesión de hipnosis colectiva donde el balón rueda solamente para que el espectador recuerde, por un lado, que ve futbol, y por otro, que la vida era más bonita y emocionante antes de encender la tele.
'Fútbol anestesia'
Y sí, en la clasificación nos separa un punto. Un solo punto. Un mísero punto que pretende hacernos creer que esto está igualado. Pero eso es como decir que un menú degustación y un bocadillo de sardinas están separados solo por su importe en la carta. En la tabla puede haber un suspiro, pero en el juego hay un abismo. El Barça, con sus locuras, sus errores y sus arrebatos, al menos intenta hacer sonreír. Propone, se equivoca, se lanza. El Madrid, en cambio, parece un equipo que juega con miedo a hacer llorar.
Ellos mismos lo autodenominan 'madurez competitiva'. Yo lo llamo 'fútbol anestesia'. Una propuesta diseñada para que todo sea correcto, pulcro y aburridamente esperable. Como una oficina con césped. Como una máquina de hacer puntos sin pasión.
Y luego vendrán los gurús a decir que esto es saber competir. No, amigos: esto es una siesta con escudo, una obra de teatro sin actores, fútbol convertido en somnífero. Y lo más inquietante es que aún queda temporada... y me da miedo que la siesta, se convierta en un sueño eterno sin percibir que he dejado de respirar.
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