Opinión | Análisis

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO
Cuando Laporta negó el agua

Joan Laporta, en el palco del Camp Nou. / Jordi Cotrina
Permítanme que comience con un recuerdo. Cuando Joan Laporta ganó sus primeras elecciones en 2003 y montó una fiesta de aúpa para celebrar la caída del 'nuñismo', un histórico periodista ya fallecido, José María Sirvent, que había escrito cuanto estuvo en su mano para que aquel régimen apolillado se acabara de una vez, apagó el ordenador, se puso la americana, y, después de echarse un poco de colonia y pasarse el peine por una cabellera tintada de azul para disimular las canas, me dijo: "Ya está. A partir de mañana, no nos dará ni agua. Y mejor que así sea. El agua, bien lejos del periodista". Él se fue a la fiesta para comprobarlo. Claro, no se equivocó.
El agua, para los periodistas que no pisan las alfombras del poder, tampoco llegó con Sandro Rosell. Así que pudo explicarse bien cuanto ocurrió con el fichaje de Neymar. Ni con Josep Maria Bartomeu, con el trazo grueso del Barçagate como legado. Ni otra vez con Laporta, sin duda el mejor presidente que pudo tener aquella camada de 2003, y quien mejor ha sabido resistir los envites periodísticos: desde la elección (suya o de Goldman Sachs, qué más da) de la turca Limak para la construcción del Camp Nou con trabajadores que aún hoy denuncian sus difíciles condiciones, pasando por la concesión de las telecomunicaciones a la New Era del moldavo Birladeanu o eso de ir asentando una política de patrocinios en que ya ni siquiera importa la propaganda (de Unicef y Acnur a tejer lazos en el Golfo Pérsico y el Congo).
Laporta, que pasó de luchar contra el poder a ser él mismo el poder, y al que la madurez le ha otorgado un sentido estratégico sin igual -ya ni siquiera le hace falta la llamada a Florentino con la que arrancó su segunda era-, opta feliz y confiado a la reelección con el objetivo de sumar 17 años en la silla presidencial del Barça. Núñez aguantó 22, aunque él tenía a 'los Morenos' y a tótems de la comunicación cuidando de su relato. A Laporta, teniendo a Manana y a Enric cuidando de él, y a Alejandro cuidando del club, le basta y le sobra.
El periodismo deportivo, el que vive pendiente de la reprimenda, el veto o el burofax, siempre ha estado en el punto de mira de las élites. No ha ayudado la pinta con la que los plumillas van a las ruedas de prensa, las consecuencias fatales de la nocturnidad, o estar siempre en los rincones de las redacciones dando berridos frente a un televisor y cargados de comida basura. Cuando en el Washington Post, sí, el del Watergate, pasaron la guadaña la semana pasada, descuartizaron a su sección de Deportes. Los periodistas que tenían que ir a cubrir los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina se quedaron en cueros y con el plumón en la maleta. El periodismo que consiste en dar cuenta de los resultados de las competiciones o de las proezas o miserias de quien sea, no atrae demasiado al algoritmo. Si acaso, mejor poner el foco en Ponseti e Iturralde en la radio, peleando a grito pelado por la posesión de armas, ya sea en Estados Unidos o en el País Vasco. Poco importa. Carnaza.
A Laporta, por supuesto, le corresponde el enorme mérito de que el barcelonismo vuelva a disfrutar de lo lindo del fútbol, cuando después de la pandemia y el adiós de Messi -el único que aún puede colarse por la gatera- acercarse a la grada se había convertido en una tortura. Pero la grandeza de los muchachos de Hansi Flick es tal que, al parecer, la puede explicar cualquiera, incluso la máquina. El periodismo, ahora más que nunca, está para otra cosa. Para que te nieguen el agua los de ahora y los que vendrán.
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