SEGUNDA VIDA (33)
Sara Hurtado, ex patinadora: "Perdí hasta mi identidad al retirarme: ¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Por qué me tengo que levantar mañana?"
Berta Castells: "No fui a EEUU porque creía que podía hacer lo mismo allá que en Torredembarra"
Rafa Marañón: "El fútbol es como una herida que te deja una marca, no te lo quitas nunca"

La ex patinadora artística, Sara Hurtado. / MIKY GUERRA / CEDIDA

Sara Hurtado (Madrid, 1992) fue, junto a Adrià Díaz, la pionera de la danza sobre hielo en España. Llevaron hasta los Juegos Olímpicos una disciplina que ni siquiera existía en nuestro país. Una hazaña con un alto coste personal que terminó de forma abrupta, cuando la invasión de Putin a Ucrania le obligó a huir de Moscú, donde entrenaba con su segunda pareja, Kiril Jaliavin.
Tras un duelo muy duro por la retirada, creó junto a él una escuela en Madrid con el objetivo de que las nuevas generaciones no tuvieran que irse fuera de España para progresar. Su éxito lo refleja la pareja formada por Sofía Val y Asaf Kazimov, pupilos suyos en Majadahonda, que competirán en los JJOO de Milán-Cortina a partir del lunes.
¿Recuerda el día que descubrió el hielo?
Uf, justo el primer día, no. Pero sí que me acuerdo, en las primeras clases, de la sensación, siendo muy pequeña, de sentirme superfeliz ahí dentro. Esa sensación de... "¡Guau! Esto que estoy haciendo me está encantando". Yo era una niña curiosa y bailonga a la que de repente le ponen una música, un montón de movimientos, una coreografía, un vestido... Y dices, "ya está, tengo todo lo que quiero, me encanta".
¿Y sus primeros patines los recuerda?
Sí, claro. Me los vendió Blanca Fernández Ochoa.

Sara Hurtado. / MIKY GUERRA / CEDIDA
¿Cómo?
Cuando yo empecé en la pista de hielo de Majadahonda, en La Nevera, tenía una tienda en la pista, en la planta uno. Yo era una enana ignorante, claro, no tenía ni idea de quién era esa señora. Con el paso del tiempo fui consciente de que mis primeros patines me los había vendido una leyenda de los deportes de invierno.
Mis primeros patines me los vendió Blanca Fernández Ochoa. Yo era una enana ignorante, no tenía ni idea de que esa señora era una leyenda de los deportes de invierno
¿Le castigaban en casa con no patinar si se portaba mal o no sacaba buenas notas?
No, siempre me recordaban la responsabilidad que tenía, que no dejara los estudios de lado por patinar. Que si tenía que partir el Bachillerato en tres años para sacarlo, que lo hiciera, pero que no lo dejara. Nunca he sido de notazas, yo era una genia de las recuperaciones, ahí sí que no había manera de que no las aprobara. Nuestro calendario va al revés del mundo, yo empezaba a competir en septiembre, entonces empezaba todos los años cateando todo. Yo les decía a mis profesoras, "no te preocupes que tengo que terminar estos campeonatos y ya verás que yo esto lo remonto". Y en junio ya lo sacaba todo.
¿Cuándo dejó de ser solo una diversión, un pasatiempo?
No hay un momento concreto. Fue poco a poco, de manera constante. Pequeñas decisiones que juntas formaron un "esto es a lo que quiero dedicarme el resto de mi vida". O mientras pueda, claro. Renuncias a salir con tus amigos los fines de semana, a cumpleaños de primos, a vacaciones de verano, a ver Los Serrano todas las tardes porque tienes que entrenar... Eso empezó cuando tenía 12 años y salí a competir fuera. No era fácil explicarles a los profesores de la ESO que ibas a faltar una semana porque te ibas a competir a Eslovenia. Empiezas renunciando a cosas siendo muy joven, nosotros pasamos la adolescencia de refilón.
No era fácil explicarles a los profesores de la ESO que ibas a faltar una semana porque te ibas a competir a Eslovenia
Junto a Adrià Díaz, deciden apostar por la danza sobre hielo, una disciplina que no se practicaba en España.
Estuvimos dos años insistiendo a la federación para que pusieran en marcha el proyecto de danza. Fue una cosa de cabezonería nuestra. Ninguno de los dos saltábamos muy bien, no éramos Javier Fernández, pero la danza nos gustaba mucho. Al final, contrataron a un entrenador británico con el que trabajamos durante cuatro años. En el último, a él le ofrecieron un trabajo en Londres y decidimos irnos con él, pero enseguida nos dimos cuenta de que las condiciones no eran las adecuadas. Teníamos que compartir el hielo en los entrenamientos y no teníamos al alcance todo lo que se necesita fuera de él: un preparador físico, un profesor de ballet, formación coreográfica y de elevaciones... Estábamos ya cerca de Sochi 2014 y decidimos irnos a Montreal.

Sara Hurtado y Adrià Díaz, en los Juegos Olímpicos de Sochi 2014. / BARBARA WALTON / EFE
¿Ahí ya era económicamente independiente?
¡Ojalá! Pero para nada. La federación nos cubría la parte de los entrenamientos, pero todo lo demás corría por nuestra cuenta: vivir, comer, viajar, fisio, coreografía, trajes... Mis padres me han tenido que ayudar mucho, era muchísimo dinero. Lesionarme me generaba muchísima angustia, me daba miedo, porque una consulta médica podía costarme 185 dólares. He llegado a pagar 450 por una resonancia, porque el seguro te cubre los accidentes deportivos, pero hay lesiones que no son directamente achacables a un accidente concreto. Y aunque te lo cubra, muchas veces me tocaba adelantar el dinero. Muchas veces me callaba dolores solo por no ir al fisio, porque una sesión me costaba 80 dólares. Pensaba, "como una semana o me trato". Hubo momentos muy duros en Montreal. Yo no he sido independiente hasta mis últimos años en Moscú, en el ciclo de Pekín 2022. No tuve la suerte de disfrutar de las becas que hoy sí tienen.
Lesionarme me generaba muchísima angustia. Muchas veces me callaba dolores solo por no ir al fisio, porque una sesión me costaba 80 dólares. Pensaba, "como una semana o me trato"
El precio de ser una pionera.
Sí, pero bueno, no pasa nada. Yo he disfrutado de otras cosas, de las Becas Podium, del patrocinio de Iberdrola que me ayudó un montón, que hasta me mandaron una cinta de correr a Moscú en la pandemia. Me siento muy afortunada por muchas cosas, pero es verdad que en lo económico he tenido que ejercer una presión sobre sus padres que me daba muchísima pena. Mi hermano le dio sus primeros sueldos a mi madre para que me los mandara a Montreal. Para ellos ha sido muy duro, pero jamás he recibido un solo reproche ni una exigencia de resultados. Invertían en mi felicidad, en verme aprendiendo a vivir por mí misma, creciendo como persona, convirtiéndome en una persona adulta que se sabe desenvolver en cualquier parte del mundo.
Mi hermano le dio sus primeros sueldos a mi madre para que me los mandara a Montreal. Para ellos ha sido muy duro, pero jamás he recibido un solo reproche ni una exigencia de resultados
De Montreal pasa a Moscú en 2016, tras romper con su primera pareja profesional, Adrià Díaz.
Llevábamos siete años juntos y había dejado de ser algo divertido, dejé de disfrutar en los entrenamientos y de identificarme con lo que hacía a diario. Para mí, fue una primera retirada, porque pensé que no iba a encontrar a nadie con quien quisiera seguir. De hecho, me hice a la idea de que no iba a competir más y estaba conforme con esa realidad. Me sentía satisfecha con lo que había hecho, con ir a unos Juegos Olímpicos y toda la experiencia vital que había tenido.
Hasta que...
Llegó el mensaje de Kiril [Jaliavin]. Hicimos una prueba, salió bien... y he ganado un compañero de vida para siempre.

Sara Hurtado y Kiril Jaliavin, en Pyeoncheang 2018. / HOW HWEE YOUNG / EFE
Seis años viviendo y entrenando en Moscú, con unos nuevos Juegos [Pyeoncheang 2018], hasta que Putin bombardea Ucrania.
No puedo describir con palabras cómo vivimos ese momento. La primera sensación fue de incredulidad. Quisimos pensar que era cosa de un día, hasta que vimos se cerraban fronteras, que las empresas internacionales paraban su actividad en Rusia, que el consulado nos recomendaba volver a España... Fue muy doloroso vivir el impacto en nuestro equipo, que era nuestra familia, entrenábamos con rusos, bielorrusos, ucranianos... Todos los deportistas rusos son militares, podían llamarles a filas en cualquier momento para combatir contra quienes consideran sus primos hermanos. Se sentían avergonzados por lo que había pasado. Kiril, que tenía ya la nacionalidad española, recogió toda su vida en dos tardes, con su mujer y con su hija, y se vino a España. Ahí el consulado hizo un trabajo descomunal por todos nosotros. Y mucha gente hizo como él, recoger lo mínimo para huir de Moscú y el resto de sus cosas las dejaba abandonadas en la calle. Era caótico.
Tras la invasión de Putin a Ucrania, fue muy doloroso vivir el impacto en nuestro equipo, que era nuestra familia, entrenábamos con rusos, bielorrusos, ucranianos...
Entonces era lo de menos, claro, pero su carrera deportiva salta por los aires.
Coincidió con un momento en el que estábamos en un momento muy delicado de nuestra carrera. No habíamos conseguido la clasificación olímpica para Pekín 2022 y estábamos vacíos de motivación y energía. Nos vimos en Madrid buscando horas de hielo para poder patinar y con el enorme incremento del precio de la energía que hubo tras la invasión rusa a Ucrania la federación nos dijo que no nos podía ayudar. De repente nos vimos sin hielo, sin entrenador, sin energía, sin foco... Sin nada. Empezamos a echar una mano a los equipos que había aquí y nos dimos cuenta de que nos motivaba más dar clase que entrenar nosotros. Las opciones eran volver a empezar de cero, en Milán o en Helsinki, con un nuevo entrenador y un nuevo equipo o cambiar radicalmente de vida. Y eso es lo que hicimos. Ahí empezó la Escuela SK International Ice Dance School, no podía ser que la danza española, con el nivel que tiene y en el punto que está, no tenga un sitio donde entrenar en España. Y más en una ciudad como Madrid con el potencial que tiene para poder ofrecer profesionales a esta disciplina a nivel de fisioterapia, medicina, ballet, preparación física, artística, coreográfica...

Sara Hurtado, en una de sus últimas competiciones como profesional, en enero de 2022. / TOMS KALNINS / EFE
Narra ese proceso de una manera muy racional y práctica, pero emocionalmente tuvo que ser difícil.
Fue un cristo, una crisis de identidad descomunal. De repente me entraban ganas de llorar y me ponía a llorar sin parar. El deporte había sido mi guía, mi forma de ser. Mi estilo de vida. De repente eso desaparece y te preguntas: "¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Dónde voy? ¿Me tengo que levantar mañana? ¿Por qué me tengo que levantar mañana? ¿Dónde quiero estar en cuatro años? ¿Por qué no sé dónde quiero estar en cuatro años?". Nada te motiva, todo te da igual, pierdes hasta tu identidad. Mira, en esos momentos, cuando conocía a alguien y me preguntaba a qué me dedicaba sentía una sensación superdesagradable, me daba pánico. "Hola, soy Sara, encantada. Yo patino, pero ya no, pero sí, pero soy patina...". Era un sufrimiento, solo me daban ganas de quedarme en casa y que por favor nadie me pregunte ni cómo estoy, ni quién soy, ni a qué me dedico, ni nada, porque no sé contestar.
El deporte había sido mi estilo de vida. De repente eso desaparece y te preguntas: "¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Dónde voy? ¿Me tengo que levantar mañana? ¿Por qué me tengo que levantar mañana? ¿Dónde quiero estar en cuatro años? ¿Por qué no sé dónde quiero estar en cuatro años?"
Una depresión.
Absolutamente. Terminé aceptando que era un proceso de transición hacia otra cosa y que lo que yo soy no dejo de serlo por no practicar el deporte de competición. Pero hasta que acabas ese proceso pasas por mucho. Tenía momentos en los que estaba superirritable, cuando yo no soy así para nada, soy una persona muy positiva a la que cuesta mucho llevarme al límite, pero pasé a tener la mecha supercorta, todo me molestaba. Tenía ganas de no volver a hablar, ni ver, ni escuchar nada sobre patinaje. Porque sin querer, parte de ti lo rechaza, porque te ha hecho mucho daño o estás sufriendo por eso. Mi familia me daba pena, veían que estaba sufriendo y los pobrecicos no sabían ni cómo ayudarme.
Pero le dio la vuelta.
Fuimos capaces de poner en el club toda la energía que dedicábamos a nuestra carrera deportiva. Nos reseteamos. Era un terreno muy desconocido pero a la vez muy conocido, porque al final consistía en poner todo nuestro conocimiento al servicio de las nuevas generaciones.
Se le ve feliz.
Lo soy. La escuela me ha ayudado un montón, la verdad. Porque también ha sido sanador el poder seguir en contacto con mi deporte y darle otro significado mucho más positivo, mucho más constructivo. Y poder generar este legado, que a mí me parece mucho más importante que todos los logros que haya podido conseguir. Yo soñaba con poder entrenar en casa, ya no en Madrid, al menos en España, en un lugar en el que se hable mi idioma y se comparta mi cultura. No tener que estar en un lugar hostil. Bueno, no hostil, pero sí extraño, con otro idioma, teniendo que renovar un visado de turista cada tres meses. Conseguir todo eso es más importante que cualquier medalla. Y con el añadido de que lo he conseguido con Kiril. Nuestra ambición, la de Kiril y la mía, nunca fue por lo material, por la medalla, por la puntuación... Fue siempre la búsqueda de la superación personal y de nuestra mejor versión. Creo que por eso nos hemos entendido siempre tan bien, porque ha salido siempre desde dentro y por eso nuestro equipo sigue vivo, aunque con otro punto de vista. Y eso es muy especial. Muy muy especial.
Suscríbete para seguir leyendo
- El Ayuntamiento concede la licencia 1C al Barça: 62.000 espectadores podrán acudir al Camp Nou este domingo de elecciones
- Creí a Xavi al cien por cien cuando vi qué tipos decían que mentía
- Joan Laporta: 'Con los mismos jugadores, Xavi perdía y Flick gana
- Lamine Yamal marca un golazo para consagrarse en La Catedral
- Un penalti de Lamine Yamal en el último segundo blanquea un mal partido del Barça en Newcastle
- La UCO desvela amaños de la trama de Rubiales en obras de la Ciudad del Fútbol: 'Nos la han puesto botando
- Crisis diplomática por Mbappé: Real Madrid, Federación Francesa de Fútbol y Nike presionan al delantero por sus intereses encontrados
- Muere a los 78 años Vicente Paniagua, referente del baloncesto español y leyenda del Real Madrid