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Golpe Franco

Y en esto llegaron los muchachos, por Juan Cruz Ruiz

LA CRÓNICA: Dos golazos de Lamine Yamal y Bernal arreglan una hora de tedio

LA CONTRACRÓNICA: Rashford muestra por qué el Barça puede enamorarse de él

Lamine celebrando su gol durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Mallorca en el Camp Nou

Lamine celebrando su gol durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Mallorca en el Camp Nou / JORDI COTRINA / EPC

Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

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El Barça es un equipo de muchachos que no esperan milagros sino jugadas, posibilidades de hacer de sus correrías, y de su inteligencia, una alegría. Las alegrías de este sábado se hicieron esperar, pero ahí estaba Lewandowski para hacer que la primera parte, que no existió, no fuera una era tonta y plana del Barcelona. Ese gol del más veterano de todos fue un acicate diseñado para que no pareciera que el equipo de Flick no había saltado al campo. Como si estuviera desasistido, triste, hubo en el actual campeón de LaLiga sólo esa chispa, adornada por algunas bolas que abrieron el apetito de un equipo seco como la maldad. 

De todos los esfuerzos que hubo en esa parte del peor primer tiempo de las últimas semanas hubo sólo un destacado, aparte de Lamine Yamal y el destello del más veterano. Ese jugador que se salió de la más soporífera jornada del Barça de estos tiempos fue el portero, que fue mucho más que sus compañeros de área. Fue incapaz de sobreponerse a su modorra y le regaló al Mallorca escenas llenas de color quemado que, para fortuna de la historia azulgrana del partido, no llegaron a ser gol por poco.

La alegría nítida

Fue como media temporada en el infierno hasta el 1-0. Este magro resultado acompañó al equipo al vestuario. La desolación de Flick fue premiada por el árbitro con una reprimenda sólo porque el alemán desapacible no se avino a decirle que sí, que tenía razón, cuando el entrenador le afeó uno de sus cabreos. 

La segunda parte atrajo la alegría que el Barça depara cuando ya nada se esperaba exaltante, o como decía la canción que hizo grande a Paco Ibáñez: “personalmente exaltante”. Ese gol que halló a Lamine asomándose a la ventana mejor de su genio asaltó al Mallorca y deparó al graderío, y a los que estábamos en casa, la alegría nítida que sólo jugadores como este se traen del vestuario cuando éste exhibe simplezas. 

Este muchacho es ahora el padre de todos los que, jugando, se miran en lo que él hace para saber si hay o no esperanza de goles. Después de ese gol que parecía un cuadro perfecto vino el trallazo de un inédito, Bernal. Esa manera de explicar, con el balón, que ya es un ejemplo de valor estético en la zona de sombra de la portería contraria, levantó la grada y a todos y a cada uno de sus compañeros. Otro Lamine que viene.   

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