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Carrascazos

La conciencia ya no cotiza, por Lluís Carrasco

Estamos ante un fenómeno que amenaza con ser declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: la Ayuda Continua al Real Madrid, conocida por sus siglas: ACRM.

Mbappé, junto a Vinicius, celebra su gol contra el Rayo.

Mbappé, junto a Vinicius, celebra su gol contra el Rayo. / AFP7 vía Europa Press

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

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He de confesarles que he llegado a una fase superior de la existencia futbolística. Una especie de nirvana arbitral. Ya no me enfado. Tampoco grito al televisor. Ni siquiera me altero cuando al Madrid le pitan otro penalti de esos que solo existen en los documentales de fauna fantástica. He asumido que lo suyo no es una racha, ni una casualidad, ni siquiera una conspiración. Ya es un género literario propio.

Cuando algo se repite tanto deja de ser polémico y pasa a ser costumbre. Y cuando la costumbre se institucionaliza, se convierte en paisaje. Como las farolas, los semáforos… o los penaltis de Mbappé en el minuto 100.

El problema ya no es español. Estamos ante un fenómeno que amenaza con ser declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: la Ayuda Continua al Real Madrid, conocida por sus siglas: ACRM. Un acrónimo que debería estudiarse desde hace 124 años en universidades y analizarse en congresos internacionales.

Una queja a la OMS

De hecho, creo sinceramente que ha llegado el momento de elevar una queja formal a la ONU, o mejor a la OMS. Porque esto afecta a la salud mental de millones de aficionados. Provoca ansiedad, resignación crónica y un tipo muy específico de carcajada nerviosa que aparece cada vez que el VAR 'revisa' el fraude sistémico que vivimos.

Lo grave no es que el Madrid gane. Ha ganado siempre así y seguirá ganando. Lo inquietante es cómo el futbol se convierte en una caricatura.

Ya no hay indignación. Hay bostezos. El escándalo ha perdido glamour. La trampa se ha vuelto norma. Y eso es lo más triste: cuando hasta el fraude entra en lo habitual, el deporte deja de ser deporte y pasa a ser teatro de marionetas con final conocido.

Por eso no me enfado. Porque enfadarse implica sorpresa. Y aquí hace años que no hay asombro. Solo asco.

El fútbol mundial merece una auditoría emocional. Y quizá, solo quizá, una intervención humanitaria.

Mientras tanto, tranquilos. El próximo penalti ya viene en camino. Y, como siempre, no lo verá nadie. Excepto el árbitro. El árbitro y su conciencia, si es que aún cotiza.

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