Opinión | Tenis
Gloria a Djokovic: "Está acabado, está acabado"

Novak Djokovic, durante su derrota frente a Carlos Alcaraz en la final del Open de Australia. / DAVID GRAY / AFP
«Está acabado».
Djokovic, aquel 25 de abril de 2018 en la arcilla de Barcelona, deambulaba cabizbajo.
«Está acabado».
La cantinela se volvía a escuchar en las gradas. Estaba a punto de cumplir 31 años, venía de una lesión muy fea en el codo, y un español al que ridiculizaban al grito de «gurú», Pepe Imaz, asomaba en su equipo técnico como el anticristo por haber arrebatado, presuntamente, la competitividad a Djokovic a cambio de mucho amor. Aquel día, Djokovic, que había pedido una invitación para participar en el Godó para encontrarse a sí mismo, perdió de mala manera en su debut contra un eslovaco, Martin Klizan, el 140 del mundo. Durante tanto tiempo el patito feo del tenis por haber compartido tiempo con deportistas sin tachas emocionales como Rafa Nadal y Roger Federer, ganó diez Grand Slams después de aquella tarde en que había quien fijaba los clavos en su ataúd.
La longevidad de Djokovic, a un palmo ya de los 39 años (16 más que Alcaraz), tiene mucho que ver con la herida del reconocimiento, algo que quizá nunca llegue a sanar. Pese a ser el mejor tenista de siempre, necesita alcanzar su 25º Grand Slam (uno más que Margaret Court) para que, al menos en la numerología, nadie dude de él.
El día en que Carlos Alcaraz enhebró los cuatro ‘majors’ y conquistó Melbourne por primera vez, Djokovic, que nunca había perdido una final en Australia, peleó como si el mañana fuera ya imposible. Frente a un Alcaraz que ha alcanzado la excelencia física, técnica y anímica –la salida de Juan Carlos Ferrero le ha dado más calma aún en la pista–, Djokovic se negó a ser una comparsa con patas de gallo. Con las piernas frescas, sublimó su deporte en el primer set. Y cuando la techada noche australiana agarrotó unos músculos que ya no respondían, con el partido ya en el otro océano, se dejó el alma para salvar en un juego seis bolas de 'break' y apretar, quién sabe si por última vez, el puño.
Su abrazo final a Alcaraz no fue la entrega del testigo a un heredero, sino un agradecimiento. Porque las leyendas nunca se acaban. Se recuerdan.
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