Opinión | Apunte
Nervios, tensión, calma

Marc Bernal, durante el triunfo del Barça frente al Copenhague. / JORDI COTRINA
Yo no fumo. Pero en algunos partidos del Barça, como el miércoles por la noche, me meto un paquete de Ducados imaginario, y me gustaría tener diez dedos en cada mano para poder morderme más uñas. ¿Y eso por qué? Minuto cinco de partido y el Barça ya perdía 0-1, y eso en una noche en la que no era suficiente con ganar. Había que golear y, al menos los aficionados, estaban muy mentalizados. Pero con el gol de los daneses de repente la atmósfera del Camp Nou cambió: ahora sería necesaria una remontada, como en las grandes noches de Champions. El gol no llegaba, el equipo se desdibujaba e, inevitablemente, crecieron los nervios, la tensión. Además, los demás resultados parciales nos enviaban al purgatorio de la repesca.
¿Y eso por qué?, vuelvo a preguntarme. Las cosas nunca pasan por una razón, pero es como si el regreso al Camp Nou nos hubiera despertado el sistema nervioso, como si la presencia de las obras inacabadas exasperara inconscientemente a los aficionados; en Montjuïc a veces también se sufría, pero las distancias y la frialdad no estaban a flor de piel.
Después, claro, frente al Copenhague se añadían otros elementos. Las decisiones futbolísticas de Flick, en primer lugar: Gerard Martín en el centro de la defensa no parece una buena solución para los partidos importantes; Eric Garcia no siempre puede estar en todas partes, pese a la máscara de Batman, y Dani Olmo lejos de la portería tiene mala cobertura. Además, el viento despeinaba a los futbolistas y, de reojo, veían a Gavi y Pedri en la grada, lesionados y dando pases imaginarios con sus pies. Y luego Lamine como gran oráculo: en la primera parte sus jugadas imposibles se perdían en arabescos ensimismados, mientras que en la segunda se dedicó a levantar la cabeza y mover a los delanteros. Mano de santo y la remontada que ya era un hecho.
Pero quien rebajó la tensión y los nervios, el diazepam y tranxilium del partido, fue Marc Bernal: su presencia ordenó el juego y, más allá del césped, devolvió la calma zen a los culés. Me atrevería a decir que, de forma cósmica, su influencia llegó hasta Lisboa para arreglar una noche de Champions perfecta.
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