Opinión | Golpe franco
El jarro de agua fría

Rashford junto a Raphinha, en el triunfo frente al Copenhague. / JORDI COTRINA
El Barça sin Pedri tiene la enfermedad del estupor. Otra vez, el equipo que a veces parece de oro y también de mirra, tropezó con la esencia del miedo escénico que proviene de la falta del sentido común del fútbol: éste obliga desde el inicio a creer que vas a ganar.
Si no tienes bien organizada esa capacidad, la gallardía, el arrojo, la alegría, pasa lo que ocurrió en San Sebastián y, entre otros latigazos, el del miércoles en propia meta. Como si jugara en contra del portero, que es tan infalible como vulnerable, como lo son todas las personas que están solos en un vagón, el Barça de Flick se desvaneció.
Los visitantes empezaron a trotar como si hubieran entrado en su propio campo danés. La garganta es la que explica primero el dolor de pérdida en un aficionado al fútbol. Ese gol temprano que parecía un disparo contra la inteligencia del Barcelona abrió, como en Donosti, las señales de alarma en el campo y en el juego.
Un equipo que parece de hierro cuando va acabando la contienda, porque adquiere vergüenza y porque está bien mandado, tiene esas pájaras que parecen piedras en la garganta, esa consecuencia del estupor que, en este caso, no se rompió hasta que los clásicos de la Casa Azulgrana, magistralmente recuperados por el muchacho de la Masia, hallaron las sensaciones que se desvanecieron a lo largo de la primera parte.
El suspiro ya fue de alivio, y el trabajo de Lamine Yamal, que duró hasta el final del partido, redujo a los daneses al entusiasmo incoloro. El nerviosismo quedó atrás, y fueron los clásicos, capitaneados por Lamine, los que firmaron una victoria que hasta la segunda parte parecía un juego sin arreglo.
Esos nombres propios que arreglaron el partido, en ausencia de Pedri, que es como el que ve jugar antes de que empiece a rodar la pelota, son los de Lewandowski, el propio Lamine (con Dani Olmo), Raphinha y Rashford… Deshilacharon con goles a los alegres muchachos, luego rendidos, de Dinamarca…
Los nervios fueron, cuando acababa el partido, una historia del pasado, un ejemplo, la primera parte, de que el Barça no es infalible, pero también es el Barça de la segunda parte, asustado con razón ante el jarro de agua fría que, al calentarse, se vuelve azulgrana.
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