Barcelona - Copenhague (4-1)
Lamine lo cambia todo en un Barça que entra en el top-8 de la Champions
El equipo azulgrana, agitado por su 'diez', remonta al Copenhague en una gran segunda parte y se clasifica para los octavos del torneo. Allí podrá encontrarse al PSG, vigente campeón, al Newcastle, al Mónaco o al Qarabag.

Lamine y Raphinha celebran el triunfo del Barça frente al Copenhague. / Jordi Cotrina

El duende de Lamine Yamal está por encima de la climatología, por desagradable que sea, de los despistes de sus compañeros, o incluso del malditismo que de vez en cuando asoma en Europa. Lamine, en tres soplidos, levantó y liberó a un Barça obligado a remontar al Copenhague para alcanzar el top-8 de la Champions. Acabó quinto en la liguilla, se libra de la incómoda repesca de febrero, y ya no volverá hasta los octavos del 10-11 de marzo. Allí podrá encontrarse al vigente campeón, el PSG de Luis Enrique, el Newcastle, el Mónaco o el Qarabag.
Si damos por bueno que el viento trae consigo los gérmenes de la locura, que era lo que defendía García Márquez, pues habrá que echarle algo de culpa a lo que ocurrió durante el primer tiempo en la desagradable noche del Camp Nou. Hubo un momento en que uno no era capaz de advertir si la pelota no llegaba a su sitio porque la ventolera la llevaba donde le daba la gana o, simplemente, porque los futbolistas de Flick, aturdidos, no eran capaces de coordinar nervios y piernas.
Por supuesto, los azulgrana, a los que se les demandaba no solo ganar, sino también golear para cumplir y echarse después un pitillo en el lecho continental del top-8, se dieron de bruces con su rutina. Esa que desvela su inconsistencia defensiva en una competición en la que todo error se paga. Al menos durante un rato. El Copenhague cazó uno y le anularon otro en el crepúsculo por fuera de juego.
Esta vez quien salió retratado en el gol del rival fue Jules Koundé, a quien no trajo suerte esa diadema blanca que, además de sujetarle las rastas frente al viento, le daba un aire vintage a lo Björn Borg, aunque con el calzón más holgado que el extenista sueco. Koundé, decíamos, no estuvo fino. No le dio la potencia suficiente a un pase que no llegó hasta Eric Garcia. Recuperaron los daneses, a los que bastó una simple combinación para desgarrar al Barça por el centro de la defensa. Justo por el hueco que defendían Cubarsí y Gerard Martín se coló Dadason, un adolescente islandés de 17 años que se dio el gustazo de vivir uno de los momentos de su vida en el Camp Nou.
El cambio de Bernal
A Hansi Flick se lo llevaron los demonios, bramando cuanto podía. Porque su equipo sólo espabiló a medias en el primer acto. Lamine Yamal se desesperaba. Era el único que pedía el balón, pero estaba demasiado desasistido por un centro del campo que sufría tanto la ausencia del sancionado De Jong, eficiente cuando toca ordenar el caos, como, sobre todo, la de Pedri, imprescindible para llevar el cuero a los rincones donde toca. Lamine se quejaba a Koundé, al árbitro –que lo amonestó–, a la vida.
No ayudaba al Barça que no pudiera empatar inmediatamente después del gol del Copenhague –Lewandowski falló de mala manera un uno contra uno frente al portero Kotarski–, o que el larguero se interpusiera en un formidable martillazo de Eric Garcia, que remató a pie parado desde la frontal del área.

Raphinha se dispone a marcar de penalti al Copenhague en el Camp Nou. / Jordi Cotrina
Fue Eric, mareado por culpa de un pelotazo, quien se quedó fuera tras el descanso. Flick echó mano de Marc Bernal. Y quizá ese movimiento permitiera liberar a los interiores, especialmente a Olmo, que retrocedió unos metros para brindar un pase larguísimo que desgarró por fin la telaraña danesa. La pelota llegó hasta Lamine Yamal, que supo despegarse de ella justo en el momento adecuado, para que Lewandowski, ahora sí, aprovechara el regalo.
A partir de ahí, el equipo azulgrana se gustó. Lamine Yamal se aprovechó de un rebote parabólico en el 2-1 y también habilitó a Lewandowski, que sufrió un penalti coronado por Raphinha. Rashford, sí, de falta, zanjó la faena del Barça en un Camp Nou que celebró la caída a la repesca del Real Madrid, y consciente de que Lamine es capaz de cambiar cualquier escenario. También en Europa.
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