Opinión | Golpe franco
El gol de la alegría
La crónica: Olmo desatasca las cañerías del Barça y Lamine Yamal deja una obra de arte ante el Oviedo
La contracrónica: El primer diluvio en el nou Camp Nou no fastidia el sueño de Cancelo

Lamine Yamal conecta la media chilena que generó el 3-0 al Oviedo. / JOSEP LAGO / AFP
El Barça hizo un fútbol de espanto en el primer tiempo de un partido que parecía del peor de sus tiempos, y de pronto resucitó. La resurrección de los tres delanteros que, con Fermín, le regalan al equipo días y noches de esperanza, convirtió la segunda parte en un milagro cuyo santo fue Lamine Yamal.
El gol de este muchacho, que se sentó a ver cómo lo celebraba el Camp Nou, pasará a la historia del fútbol y, sobre todo, de su ahora larga temporada en la alegría como émulo de los milagros más recientes de la historia del Barça y del fútbol.
El aplomo con el que recibió el balón y, después, cómo lo domesticó para convertirlo en algo mucho más que un gol, está ya puesto en el recuerdo de la más sonora de las ovaciones que ha recibido nadie de la estirpe de Lionel Messi.
El graderío se convirtió en un cuadro cuyo aplauso recordó excesos fabulosos de Kubala o de Ronaldinho. El joven futbolista, que ya tiene casi todos los elementos de los genios que lo preceden, recibió el aplauso de los suyos y de los espectadores, y en las casas (en mi casa, sin duda) la alegría fue mayor que un juego que, hasta la segunda parte, parecía hecho para que el entrenador los echara a todos a la calle.
En esa primera parte, tan extraña como un carnaval vencido, generó en las casas, y en las retransmisiones, una sensación de severa desgana. Apeado del primer puesto de la Liga, despojado del mejor centrocampista de Europa, pues la lesión de Pedri va a martirizarlo todo un mes, el Barça parecía tener a su favor al entrenador y al portero, como si de pronto la cuchara de la esperanza fuera escasa y hasta vergonzante.
Viví ese tiempo recordando lo que pasó hace siglos en mi casa. Habían venido a ver un Barça-Oviedo dos amigos grandes, los poetas Ángel González, ovetense, y Julio Llamazares, antimadridista. Un sobrino me regaló ese día una camiseta para que viviera el partido como manda el canon azulgrana. El Barça perdió 3-4… Nunca jamás quise usarla.
Durante toda la primera parte, y en un trozo de la segunda, sentí que ahora aquellos amigos que vieron conmigo lo peor del equipo de mis colores estarían, otra vez, regalándome ánimo. Lamine Yamal terminó de regalarle a la historia, y a mi pasión azulgrana, la alegría mayor que espera un aficionado: un gol propio e inolvidable.
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