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Sobrevivir a un alud: el Pirineo se enfrenta a su peor temporada en 30 años
En caso de avalancha, los primeros segundos son decisivos y pueden marcar la diferencia entre quedar fuera de la lengua de nieve o entrar en un descenso sin control

Un esquiador en una estación de Utah. / AP / Eric Schramm

La pendiente está silenciosa y, de pronto, se rompe. No siempre hay un estruendo, a veces es simplemente un crujido sordo provocado por una grieta que se abre por debajo de los esquís y una losa que empieza a deslizarse como una alfombra gigantesca que arrasa con todo a su paso. Los aludes son impredecibles y brutales pero son cada vez más habituales. Saber cómo actuar en los primeros segundos desde que se desencadena es decisivo y puede marcar la diferencia entre quedar fuera de la lengua de nieve o entrar en un descenso sin control.
En un mes de invierno, siete personas han perdido la vida en varios deslizamientos de nieve que han tenido lugar en los Pirineos alcanzando la cifra más alta en los últimos 30 años y habiendo fallecido cinco de ellas en Aragón. La última este jueves 29 de enero en Cerler. Hasta finales de 2025, la reducción de grandes nevadas en la zona, había provocado que el último alud mortal registrado fuera en 2018 en Formigal, cuando un monitor murió tras quedar sepultado mientras hacía esquí fuera de pista.
Sin embargo, las fuertes nevadas y las cambiantes condiciones climáticas que se han dado este último invierno han provocado que estos peligrosos deslizamientos proliferen. Según estudios llevados a cabo con datos recogidos en Catalunya, la mayoría de las víctimas causadas por los deslizamientos de nieve fallecen por asfixia tras quedar atrapadas bajo la nieve de modo que saber cómo actuar en caso de verse atrapado en uno de ellos puede ser crucial.

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Sistemas de localización
En ese sentido, en épocas de alerta por aludes es recomendable evitar esquiar fuera de las pistas señalizadas porque en esas zonas, al no estar la nieve trabajada por los maquinistas de las estaciones, no se encuentra compacta y el riesgo de deslizamiento es mayor. Los aludes además ocurren en cuestión de segundos y son difíciles de prever, ya que en muchas ocasiones ocurren al pisar esos mantos de nieve que aparentemente están asentados pero que con el peso del esquiador se deslizan ladera abajo arrasando con todo a su paso.
Existen varios sistemas que pueden facilitar la localización de una persona enterrada por una avalancha como los ARVA o los RECCO, pero ningún sistema será jamás infalible por lo que, en caso de querer ir a la montaña en épocas de mayor riesgo, es básico consultar los partes meteorológicos, evitar los recorridos vírgenes y prepararse con equipamiento específico como un sistema de localización, una pala y una sonda.
Sin embargo, a pesar de llevar todo el material, hay que saber cómo actuar. Cuando se detecta un deslizamiento en la ladera, lo primero es avisar. Un grito claro no solo alerta al grupo, también fija en la memoria de los compañeros el instante y el lugar del desprendimiento, algo clave para la reconstrucción que deberán llevar a cabo los servicios de rescate. Tras avisar, hay que buscar salir del flujo de nieve por el costado. La avalancha acelerará siempre pendiente abajo y la única forma de escapar es saliendo de la trayectoria de ese flujo.

La estación de esquí de Port Ainé / PORT AINÉ
El aire, el bien más preciado
Si el alud llegara a arrastrar a un esquiador, el escenario cambia de golpe. La nieve deja de ser superficie y se convierte en una masa densa que golpea, descoloca y voltea. En ese momento conviene eliminar todo lo que ancle: es imprescindible soltar los bastones y liberar las manos de cualquier sujeción innecesaria. En caso de llevar mochila con airbag, activarla cuanto antes para que aumente el volumen y favorezca quedar más cerca de la superficie. Y dentro del flujo, la consigna es realizar movimientos amplios con brazos y piernas, como nadando para evitar hundirse en la parte más densa. Al mismo tiempo, es básico proteger la cara para evitar que la nieve en suspensión entre en la boca o la nariz.
El instante más delicado llega cuando la avalancha empieza a frenar. Muchas víctimas no sucumben durante el arrastre, sino cuando la nieve se detiene y se compacta porque pasa de fluido a cemento en cuestión de segundos. Cuando el movimiento disminuye, hay que hacer una última inspiración amplia y crear un pequeño espacio delante de la boca y la nariz con las manos o el antebrazo, abriendo una cúpula mínima antes de que todo se endurezca.
Ese bolsillo de aire será el salvavidas con el que se contará para poder respirar cuando el entorno ya no ceda. La regla de oro es ahorrar oxígeno. El pánico acelera la respiración y dispara el consumo por lo que es importante inhalar y exhalar de forma lenta. En caso de tener movilidad parcial, es recomendable intentar realizar movimientos cortos y eficientes para despejar la cara y consolidar el bolsillo de aire antes que “excavar” a ciegas. En caso de localizar una zona menos densa o percibir luz, se puede empujar con calma hacia ese punto y si no, la mejor apuesta es conservar energía y mantener la vía aérea despejada hasta que llegue el rescate.
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