Opinión | Golpe franco
No se culpe a nadie, por Juan Cruz Ruiz

Hansi Flick, técnico del Barça, en Anoeta. / Javier Etxezarreta / Efe
Uno de los cuentos más pegadizos de Julio Cortázar es ese 'No se culpe a nadie' que sirve tanto para un roto como para un descosido, de modo que es útil también para comentar el desgraciado incidente que vivió el Barça en San Sebastián este domingo.
Fue un domingo desgraciado, pues el equipo no jugó mal, qué va, jugó muy bien, pero se cayó de pronto como si la mala suerte, es decir, la catástrofe, se subiera subido a su inmediato porvenir. La Real Sociedad fue un equipo lleno de energía que nada más zafarse del mejor Barça reciente marcó el gol del martirio.
La verdad es que el equipo azulgrana, descolorido, había hecho muchos méritos, y tuvo muchos más después de ese gol maldito y perfecto del equipo donostiarra. Lamine, que estuvo recientemente fuera del juego, hizo un partido extraordinario, como Pedri, como casi toda la delantera, incluyendo a aquellos que, como Fermín, tienen altibajos que no mejoran al conjunto.
Pero esta vez ese Barça que iba perdiendo, y peleándose con el árbitro, no se cayó después del gol que pudo haberlo roto de pronto. Al contrario, el Barça hizo de todo, y la Real Sociedad se guardó su gol como un tesoro. Hasta que el equipo de Flick, el domingo más enfadado que nunca, con el árbitro y con la vida, empató la contienda con un gol que se parecía al que había encajado en la primera parte.
El gol azulgrana lo celebró todo el mundo en la cancha, y en sus casas, como si fuera un aliento de la primavera. Yo mismo empecé a celebrar el momento como si me hubiera venido a ver Kubala y yo le contara que otra vez éramos buenos. Pero en ese momento que parecía de esperanza la Real Sociedad marcó otro gol precioso, también parecido aquel que había marcado en la primera parte.
Ocurrió de inmediato algo que no se esperaría nadie que hubiera visto al Barça de los tiempos recientes. El equipo rompió la cuchara de jugar, y aunque tuvo oportunidades sucesivas no tuvo ni suerte ni tino. Un gol cantado entró y salió como si fuera la imagen de un martirio, y el equipo se fue diluyendo en la rabia de la mala suerte.
Por otras razones estaba pasando en España, en Córdoba más concretamente, algo que era mucho más grave, muchísimo más, que una derrota, y eso tan serio que pasaba hace que ahora, mientras escribo, me dé cuenta de que el fútbol tampoco es para tanto.
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