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Segunda vida (30)

Fernando Escartín: “En el podio de París me di cuenta de que había valido la pena el sacrificio”

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El exciclista Fernando Escartín.

El exciclista Fernando Escartín. / EPC

Sergi López-Egea

Sergi López-Egea

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Hay personas que sin ser figuras del esquí tienen marcada en rojo una estación invernal, aunque cuando ellos triunfaron como deportistas -ciclistas en este caso- eran parajes verdes y calurosos. Fernando Escartín (Biescas, Huesca, 24 de enero de 1968) no es la excepción. Piau Engaly, Pirineos, Tour de 1999, fue el escenario de su mejor día como corredor. Se escapó en la gran etapa pirenaica de la ronda francesa, triunfó en solitario y se catapultó a la tercera plaza de la general. Acompañó a Lance Armstrong y Alex Zülle en el podio de los Campos Elíseos. Antes, en 1997, ganó la Volta a Catalunya. Acabó dos veces la Vuelta en segunda posición.

¿Por qué le dio por hacerse ciclista?

Mi tío, Eduardo Escartín, vivía cerca de Lourdes. Se fue allí a trabajar y le encantaba el ciclismo. Se hizo corredor aficionado y con mi familia íbamos a verlo competir. Allí fue donde empecé a tomarle cariño al ciclismo.  

Usted nació en un pequeño pueblo aragonés, Biescas, en el Pirineo de Huesca, terreno de escaladores. A veces, alejado de muchos sitios…

Fue una etapa difícil que no habría podido afrontar sin el apoyo de mi padre. Tenía un Land Rover, de los antiguos, y con ese coche me llevaba a todas partes. Éramos una familia sencilla. Mi padre tenía una carpintería y era autónomo. Hacía grandes esfuerzos para que yo pudiera competir conduciendo a todas partes; a carreras en Aragón, Navarra y Catalunya. Al principio, por cierto, no era tan bueno… comencé a mejorar con el tiempo.

O sea que no era como Alejandro Valverde que de chaval ganaba todas las carreras.

Qué va. Era un ciclista muy normalito que de vez en cuando ganaba alguna carrera, pero conforme fui subiendo de categoría iba mejorando. Empecé en el Club Ciclista Edelweiss de Sabiñánigo y luego pasé al equipo Donuts antes de fichar por el CAI de Zaragoza. Allí, al menos, el club tenía un piso alquilado para que los corredores pudiéramos estar antes y después de las carreras. En mi época coincidí muchas veces con otros ciclistas que luego destacaron como profesionales como Ramontxu González Arrieta y Aitor Garmendia.

Fernando Escartín, con el jersey de líder de la Volta, junto a Ángel Edo.

Fernando Escartín, con el jersey de líder de la Volta, junto a Ángel Edo. / LA VOLTA

A su padre se le recuerda, sufriendo más que disfrutando, viendo su escapada famosa en Piau Engaly a través de una pantalla gigante.

Es que el apoyo familiar fue muy importante para mí porque la familia no estaba muy boyante económicamente. No tenía carnet de conducir y mi padre tenía que llevarme a todas partes. En Sabiñánigo había tren, pero tardabas más que si ibas a Zaragoza en bicicleta.

Y le llega la gran oportunidad de hacerse ciclista profesional.

Fue Juan Fernández el que me dio la oportunidad. Me propuso fichar por el Clas, luego Mapei. Vivía, como cuento, en Biescas, había acabado los estudios y comenzaba a trabajar en la carpintería de mi padre. Pero debía recompensar el gran esfuerzo que hizo mi familia para que me convirtiera en ciclista.

Cambió las herramientas por el Tour de Francia.

Debuté en el Tour de 1992. Aquello fue tremendo. Me acordaba, años antes, de haberme desplazado hasta el Aubisque para ver en acción a corredores como Lucho Herrera, Greg Lemond y Laurent Fignon. Antes de acudir al Tour pasé por otras carreras. Todo empezó en la Vuelta a Aragón de 1990.

Creo recordar que todos los periodistas que cubríamos el Tour de 1992 sólo nos acercábamos a usted para preguntarle por Induráin.

Exacto. Siempre me preguntaban por él y eso que yo no era compañero suyo en el Banesto, sino un rival, pero tuve el privilegio de correr en el pelotón con Miguel. Dominaba el Tour de forma espléndida con un control que ni siquiera tuvo Armstrong en su época. Tenía un dominio exquisito de la carrera, parecido al que ahora ejerce Pogacar en el Tour. Era increíble. Nunca lo vi ponerse nervioso, aportaba tranquilidad a los compañeros de su equipo y hablaba con todos, se centraba en la carrera y vigilaba a los ciclistas del ONCE.

El equipo ONCE se ganó algunas antipatías por esa época, lo que no sucedió tanto en el Mapei donde usted corría.

Y eso que éramos gregarios de Tony Rominger, casi todos corredores españoles: Unzaga, Mauleón; entre otros. Pero no hubo con nosotros aquella tirantez que se reflejaba con el ONCE.

Fueron pasando los Tours y llegó el de 1999.

En 1999 ya corría en el Kelme. Se trataba de superar la primera semana y no verme involucrado en alguna caída.

Por caída, la que se produjo en la segunda etapa, cuando transitaban por un lugar bellísimo que se denomina el pasaje del Gois, junto a la isla de Noirmoutier, un paraíso de ostras.

Buena parte del pelotón se fue al suelo en un terreno que resbalaba mucho por las mareas. Yo pude eludir la caída gracias a mi compañero José Ángel Vidal, que me protegía. Estaba en la parte delantera del pelotón. El accidente se produjo por detrás. Pero todavía podía haber más caídas durante la primera semana de competición. Yo sabía que estaba muy bien por lo que esperaba la llegada de la montaña.

Todo se jugó en la etapa pirenaica que acababa en Piau Engaly después de ascender por Menté, el Portillon, el Peyresourde y Val Louron.

Conocía la etapa porque la había hecho antes dos veces junto a mi hermano que me auxiliaba en el coche. Álvaro Pino, mi director, era partidario de atacar en Val Louron, pero yo demarré antes, en el Peyresourde. De hecho, daba igual porque la etapa era un sube y baja constante.

Primero se fue con un grupo…

Sí. En la escapada estaban corredores como Roberto Elli y Laurent Dufaux. Aceleré en Val Louron y desde allí partí en solitario hasta el final.

¿En algún momento pensó en noquear a Armstrong? En la meta le sacó dos minutos.

Doblegar a Armstrong era muy difícil, pero fue la victoria más importante de mi vida y guardo imágenes imborrables. Los recuerdos en el podio de París también fueron muy bonitos, pero lo de Piau Engaly fue más emocionante, porque para el podio ya llevaba preparándome desde unos días antes. Eso sí, sobre el podio te dabas cuenta de que muy pocos corredores lo habían podido hacer, allí asimilabas lo que te había costado llegar y que había valido la pena el sacrificio de los entrenamientos y el renunciar a acudir a las fiestas de los pueblos con los amigos porque tenías que correr; los viajes y los días fuera de casa… lo que había costado llegar hasta ese podio.

Luego acudió a la Vuelta como uno de los favoritos, pero todo se truncó por culpa de una caída.

Me fui al suelo durante el descenso por la Cobertoria. Fue uno de los momentos más complicados de mi vida. No se me olvida cómo patinaba la bici, no la podía controlar. Vi que me iba a caer y hasta tuve mucha suerte de golpear contra el guardarraíl con las costillas y no con la columna porque podía haberme quedado parapléjico. Fue terrible el minuto que pasé en el suelo sin poder respirar por el golpe. ¡Había pasado sólo un mes y medio del éxito en el Tour! Me fracturé cuatro costillas y el cúbito. Fue la peor caída en mi carrera deportiva.

Marcó un antes y un después. Dio la sensación de que nunca más encontró el nivel que tenía antes del accidente.

En efecto. A partir de ahí entré en declive. Entrenaba igual pero no funcionaba del mismo modo. En el Tour de 2000 ya no ascendía los puertos con la facilidad de antes. No sé si fue por las secuelas de la caída, pero lo que es cierto que le cogí más respeto a las bajadas. No es que tuviera miedo, pero pensaba en no volver a caer y el cuerpo no funcionaba como antes. Así que lo pensé durante todo un año más y me dije: ‘joder, no te ubicas, hago lo mismo de siempre y no voy’. Así que, para seguir sufriendo, preferí retirarme cuando tenía un buen nivel y había dejado un grato recuerdo.  

En el recuerdo también queda su peculiar estilo de pedaleo dando la sensación constante de sufrimiento. Hasta hubo un parlamentario que una vez salió en su defensa.

La anécdota política no la recuerdo, pero sí que tenía una forma de pedalear un poco peculiar. Era mi modo de ir sobre la bici; pero, de hecho, todos sufríamos. Mi estilo no era redondo ni depurado, como por ejemplo el que mostraba Laurent Jalabert.

Fernando Escartín, con el famoso 'diablo' del Tour

Fernando Escartín, con el famoso 'diablo' del Tour / LE TOUR

Cuando uno se retira, después de 13 años de profesional, ¿cómo se plantea el futuro?

Lo primero que hice fue tomarme un año sabático. Luego Ana, mi mujer, y yo nos fuimos a trabajar al balneario de Panticosa llevando las relaciones públicas y la asesoría deportiva. Aproveché para cumplir un par de retos como fue ascender al Aconcagua con Juanito Oiarzabal e intentar cubrir el maratón de Vitoria, en un desafío con Martín Fiz, en menos de tres horas.

¿Lo consiguió?

-Lo hice un par de años después de retirarme con el cuerpo todavía preparado para estos esfuerzos. Corrí el maratón en 2 horas y 56 minutos, pero una semana después ni podía bajar por las escaleras de casa. Entendí, entonces, por qué los especialistas corren tan pocos maratones. Terminas reventado.

Llegó, después, la llamada de la Vuelta.

Comencé conduciendo un coche de invitados. Después pasé a ser el chófer de Javier Guillén, el director de la Vuelta, para convertirme a continuación en el director técnico de la carrera.

¿Qué significa ser director técnico de la Vuelta?

Guillén dice: ‘se sale de aquí y se llega a este lugar’. A partir de ahí creamos el recorrido con Kiko García (excorredor). Lo que da más trabajo es el paso por las localidades, entre rotondas, zonas de peatones elevadas, bolardos y medianas. Hay que apuntarlo todo para luego señalizarlo por seguridad.

También dirige la Quebrantahuesos, la marcha cicloturista más multitudinaria.

De hecho, sólo soy el presidente del club organizador. Ellos son los que trabajan todo el año. Yo sólo voy el día de la marcha.

No se perdió la victoria de Valverde.

¡Madre mía cómo se calentó! Se escapó y llegó solo a meta.

¿Sigue saliendo en bici?

Con los amigos, un par de días a la semana, a veces por carretera y otros en gravel, que es una modalidad espectacular que te permite ir por caminos alejado del peligro de los coches.

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