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Opinión | Apunte

Arbeloa es el dedo meñique de Florentino

Álvaro Arbeloa, técnico del Real Madrid, tras la eliminación de su equipo de la Copa ante el Albacete.

Álvaro Arbeloa, técnico del Real Madrid, tras la eliminación de su equipo de la Copa ante el Albacete. / Ap

El dedo meñique de Florentino señaló el camino y ahí encontró a Álvaro Arbeloa, quien mejor puede asumir la función de falange.

El Albacete, que jamás había ganado al Real Madrid -ni siquiera en los tiempos del Queso Mecánico de Benito Floro-, dejó en la cuneta del Carlos Belmonte al monopartidismo blanco. Un gobierno, el de Florentino Pérez, en que los contestatarios son eliminados -bendito el día en que Xabi Alonso pensó que podría, como diría Guardiola, "mear con la suya" y desoír los consejos de 'tronista'-, y donde se premia el servilismo extremo.

Que Álvaro Arbeloa, celebrado por representar los valores del 'mourinhismo', sea el entrenador del Real Madrid no es más que la metáfora de un derrumbe institucional. En un club en el que hace 20 años que no hay elecciones y donde Florentino ha sido escogido presidente las últimas cinco veces como candidato único, no hay lugar alguno a la protesta de alcoba. Todo se asume y se acepta porque, como decía Arbeloa después de estrenarse con la eliminación en la Copa por un 'Segunda', "el presidente sabe más que yo".

Xabi Alonso, durante su breve paso por el banquillo madridista, amagó con hacerse valer. Pero nunca llegó hasta el final. Acabó por aceptar que a Vinicius no se le podía cambiar, por ridículos que fueran sus circos. Nunca llegó a convencer a Valverde de que, en un equipo con graves carencias en el centro del campo, él podía funcionar mejor corriendo por la orilla. Y en su epitafio, en la final de la Supercopa frente al Barça, priorizó sobrevivir a vivir. Encerró a su equipo en los últimos 30 metros en un plan de partido que no se le veía al Madrid desde aquella semifinal de la Champions en que Mourinho puso a Cristiano a defender. Messi puso la cruz. Cuando juegas a no perder, y pierdes, nada queda.

Arbeloa, ante el Albacete, le dijo a Vinicius que bailara. Dejó a varios capitostes descansando en Madrid, porque aquello, al parecer, lo ganaba con la gorra. Y abrió la puerta de La Fábrica para tirar de canteranos sin ton ni son, porque el populismo siempre tira.

Arbeloa asumió la soberbia de Florentino. Es su papel.

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