Golpe franco
Se encontraron en la arena los dos gallos, por Juan Cruz Ruiz

Pedri controla el balón durante el partido. / Associated Press/LaPresse / LAP

Decía una canción popular, contra Franco, en los años sesenta, cuando empecé a saber de fútbol, y de aquellas canciones protesta: “Se encontraron en la arena/ los dos gallos frente a frente/ el gallo negro era grande/ pero el rojo era valiente…”.
Gallos de otra estirpe, la del fútbol, el Barça y el Madrid, se enfrentaron en el extranjero para ganar, o perder, para hacer del fútbol una fiesta que se pareciera a una guerra incruenta, bella, escanciada por las ganas de hacerlo bien hasta el final.
Y hasta el final estos dos gallos, digamos que cada uno del color de la pasión por ganar, le dieron a la historia de estas competiciones una noble manera de mirarse. En las primeras escaramuzas, el Barça parecía estar asombrado por estar tan solo, porque el Madrid no se preocupaba del campo sino, quizá, de la memoria de Mbappé, que aun no entraba en la cancha, mientras que el Barça se dolía del lado de Lamine, ahora menos peligroso que nunca (hasta que, como la Bella durmiente, al fin se despertó).
Luego el Barça disfrutó de un gol de Raphinha que fue pronto empatado por el otro Raphinha del campo, Vinícius, que anoche fue más Vinícius que nunca, hasta que él mismo se retiró, de pronto, a la nada de los vestuarios… En medio, el Barça fue dejando terreno, se rompió su humor tras el desempate de Lewandowski y tuvo que fijarse en el mejor de sus porteros desde… Ter Stegen….
Joan Garcia, la nueva calidad del Barça
Terminó el Barça salvándose sobre todo por el aire feliz que Joan Garcia le ha dado a este equipo que en dos temporadas recientes vivía al margen de la calidad fija de sus porterías. Lamine volvió a crecer, y Pedri fue más convincente que cualquiera de los suyos a la hora de explicar el fútbol (esta ciencia que él guarda desde niño), así que el equipo se dispuso a ser más inteligente que bravío en los minutos en los que ya marcaba a su favor un tres a dos que parecía un milagro guardado en agua bendita.
En esos tiempos que parecían rotos, en los que la defensa tenía como valedor, a veces en solitario, a Eric, cuando el gallo de enfrente fallaba más que nunca y el gallo propio luchaba para ser un peligro en el área contraria, el Barça se asió con la esencia del fútbol y se quitó de encima la costumbre de dejarse llevar.
El portero y Pedri, y Raphinha, cada uno a su modo, y todos con la responsabilidad de su energía, son ahora los artífices de este modo de ganar, que no fue tan solo una cuestión de fútbol sino la administración responsable de la alegría de jugar mejor.
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