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Opinión | Barraca y tangana

Entre lo cómodo y lo correcto

Vinicius, delantero del Real Madrid, cae durante su duelo frente al Atlético en Yeda.

Vinicius, delantero del Real Madrid, cae durante su duelo frente al Atlético en Yeda. / Efe

Hace poco volví a ver un episodio de Curb Your Enthusiasm que generó en mí una turbación extraña. En él, Larry David va a ver un partido de los Lakers en primera fila. El protagonista está sentado junto al banquillo local y, en un momento dado, cuando Shaquille O’Neal se levanta para salir a la pista, estira las piernas con tan mala fortuna que Shaq tropieza, cae y se lesiona de gravedad allí mismo.

Tras el incidente, todo el mundo odia a Larry David. Tiene que huir del pabellón, entre abucheos, para evitar un linchamiento. Es la persona más odiada de Los Ángeles. Lo reconocen y lo insultan por la calle. Está súper agobiado hasta que descubre la otra cara. Un tío que le había pedido una carta de recomendación, una carta que no le apetecía escribir, le dice que ya no la necesita. La mujer de un amigo, que le había pedido que escribiera algo bonito para el cumpleaños del marido, hace lo mismo. De repente, a Larry David no le importa tanto ser un villano. Se siente de lo más feliz con el privilegio adquirido.

El capítulo se desarrolla después por numerosas curvas, pero yo me quedé ahí. Me pareció tentador ser así para que te dejen en paz, porque tiendo a buscar ese estado de aislamiento, porque que me dejen en paz es últimamente mi plan ideal. Me pareció que en el fondo yo también podría ser (o parecer, que viene a ser lo mismo) una mala persona.

Me pareció que la balanza entre lo correcto y lo cómodo se mueve a veces en una nebulosa, y no siempre se equilibra.

Además, el capítulo se me juntó con las semifinales de la Supercopa en Arabia Saudí y ya sabéis que yo mezclo rápido. Que me dejaran en paz para ver partidos confusos en un lugar aún más confuso respecto a los derechos humanos era mi idílico objetivo. Pero reconozco que al ver el paisaje en las gradas, y pensar mínimamente en todo lo que jugar allí implica, sentí una turbación extraña, similar a la del capítulo, por tratar de normalizar el mal y sus beneficios. Me pareció bien no acostumbrarme. Me pareció bien que fuera así hasta en alguien como yo, que ya me he rendido.

En la final, más

Hay algo postizo en esta competición desarraigada que, por muchos años que pasen, no se corrige. Al contrario: este año me pareció casi humillante ver a los futbolistas millonarios de los clubes más ricos pasándolo verdaderamente mal por la diferencia de temperatura, a nivel físico. Un disparate más dentro del gran disparate del negocio futbolístico. Una traba asumible en todo caso, porque veremos la final del domingo, obviamente, y como mucho sentiremos lo del capítulo. La veremos incómodos, pero no mucho. Avergonzados, pero no lo suficiente, quizá en lo más íntimo.

A veces pienso cuánto puede forzar el fútbol nuestra capacidad para mirar hacia otro lado y hacernos los estúpidos, y las respuestas no hablan muy bien de nosotros. Por lo que sea, seguimos.

Al final del capítulo, Larry David visita a Shaq en el hospital, le lleva un montón de capítulos de Seinfeld y se hacen amigos. La lesión no era para tanto. Se equivocaron con el diagnóstico. 

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