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Villarreal - Barcelona (0-2)

Raphinha, Lamine y Joan Garcia cierran el año a lo grande y frustrando al Villarreal

El Barça acaba el año como firme líder de la Liga en una tarde que se le torció a los castellonenses con la expulsión de Renato Veiga en el ocaso del primer tiempo.

Raphinha y Lamine, durante el triunfo del Barça en La Cerámica.

Raphinha y Lamine, durante el triunfo del Barça en La Cerámica. / Associated Press/LaPresse

Francisco Cabezas

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A Lamine Yamal podrían haberle partido el tobillo. En La Cerámica lo silbaron, diríase que por presunto cuentista. Sí, él se levanta corriendo y regateando. Renato Veiga, que no debía entender por qué el Villarreal amontonaba ocasiones sin marcar, se había tomado antes la justicia por su mano de la manera más estúpida. En el centro del campo, donde nada podía pasar, y desde atrás, para que su rival no se pudiera defender, convirtió sus piernas en tijeras y cazó al azulgrana. Y lo hizo frente al árbitro, Alberola Rojas, que no pudo más que expulsar al central y convertir el sueño de levantamiento del Villarreal en una utopía. El episodio, claro, resultó determinante para que el Barça fijara su liderazgo invernal en una Liga que el incomprendido Raphinha comienza otra vez a hacer suya.

Marcelino García Toral, el sufrido técnico que ha visto en una semana cómo su Villarreal era eliminado de la Copa del Rey por el Racing y anulado en una Champions que no tendrá continuación después de enero, hizo cuanto pudo en el primer acto para someter al Barça. Atormentó a Flick en la salida de balón, aprovechó el escaso poso de una zona ancha en la que, sin Pedri, repetía la misma 'troika' del derrumbe de Stamford Bridge (Eric, jugador necesario en el repliegue, junto a De Jong y Fermín), y lanzó a Moleiro, Buchanan y Pépé para que hicieran el resto. Pero nada de eso sirve si no se acierta en las áreas y si a tipos como Renato Veiga se le cruzan los cables.

Quien ejerce de pantocrátor, lleve o no el brazalete de capitán, es Raphinha. El pasado sábado, en la víspera del duelo en La Cerámica, Hansi Flick pidió la vez para mostrar su enojo ante el continuo desprecio de las élites hacia el brasileño. No es que no gane premios, es que le ponen un felpudo lleno de pelusas cuando otros van cargados de purpurina sobre la alfombra roja. Raphinha, al que no le gusta callarse y responde siempre que puede, convierte la reivindicación en rutina. Y continúa con su buenaventura.

Renato Veiga, tras la entrada a Lamine Yamal que le costó la expulsión.

Renato Veiga, tras la entrada a Lamine Yamal que le costó la expulsión. / Biel Aliño / EFE

Penó Santi Comesaña, incapaz de descifrar el recorte de Raphinha sin reparar en que, en el área, no podía dejar suelta la pierna y, mucho menos, sacar el trasero ante el avance del brasileño. Raphinha, que, al contrario que Lewandowski (no salió hasta el segundo tiempo), no necesita hacer el salto de la rana en los lanzamientos de penalti, logró que el portero Luiz Júnior se lanzara a un lado mientras la pelota entraba por el contrario.

Raphinha, un suspiro después, llevaba una rosca a la cruceta. Y Marcelino tragaba saliva antes de ver cómo un autogol de Koundé era anulado por fuera de juego de Carmona, cómo Pépé remataba al larguero con las puertas del firmamento abiertas de par en par, y cómo Balde se libraba del escarnio gracias a una parada tremenda de Joan Garcia, que debía tener manos y pies empapados de agua bendita ante los intentos de Rafa Marín y Mikautadze.

Joan Garcia, portero del Barça, detiene un disparo de Buchanan.

Joan Garcia, portero del Barça, detiene un disparo de Buchanan. / Biel Aliño / EFE

La superioridad, en cualquier caso, le sentó bien al Barça en un segundo acto en el que por fin encontró la pausa. Incluso agradeció que De Jong se viera consumido por la paciencia –o el terror al chut– y cediera a Lamine para que éste zanjara la tarde con un punterazo de aquellos que recibían los balones Mikasa en las pachangas de fútbol sala.

Y a Lamine continuaron pitándole de lo lindo, sin reparar los hinchas en que él siempre se levanta.

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