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Opinión | GOLPE FRANCO

Lamine y la puntería

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Lamine Yamal, durante el Villarreal-Barça.

Lamine Yamal, durante el Villarreal-Barça. / AFP7 vía Europa Press

Marcar un gol en medio de una melé sin solución, hacer que toda la jugada terminara en su pie y tirar a puerta cuando parecía que el campo se achicaba del todo. Y, además, hacerlo cuando él estaba a punto de caer lesionado tras un ataque despiadado de un contrario... Todo eso ocurrió en el campo de La Cerámica y cada uno de esos elementos propios del juego, y muchas veces de la desgracia, fueron propios del mejor jugador del FC Barcelona cuando no está Pedri.

Lamine Yamal, el autor de ese gol, se había mordido los labios después de un ataque que no tenía piedad, se quedó en el campo porque le dio la gana (el equipo estaba lleno de suplencias posibles) y aprovechó que la vida del fútbol propiciaba su presencia para marcar un gol que parecía de Kubala o, por estar más cerca, del Lewandowski que este domingo pudo haber sido muy bien su suplente.

Este chico está por encima de sí mismo. En este partido, que hubiera sido un desastre si el Barça no tuviera ahora la suerte que busca, pudo haber pasado de todo, pero algo que ocurrió, nada más empezar, explica la razón para que detrás del azar hubiera esperanza: estaba en el campo Raphinha, el capitán, o como lo llama Flaquer, 'o capitao'…

A lo largo de todo el encuentro, cuando el Barça no sabía qué hacer con su variedad de opciones, el brasileño que aspira a lo mejor (a Ronaldinho, por ejemplo) hizo cabriolas, marcó un penalti que parecía hecho con tiralíneas y regaló a casi todos los suyos, incluido el portero, la oportunidad de ganar el partido gracias a sus pies y a su suerte.

Camina Raphinha como si estuviera enviado por Pelé, o por su portero, y le regaló a los demás todo lo que sabe de fútbol. A falta de Pedri, que es el mejor cuando puede salir al campo, y que cuando no está es para el equipo pura añoranza, el que se echa el equipo a la espalda es el brasileño, y el que aprende de él a no parar es el portero, Sant Joan, que fue de defensa y de cualquier cosa para decirle al público que tras él no hay diluvio.

Viví el partido sintiendo que en cualquier momento iba a ocurrir una hecatombe, que consiste en perder mientras el Madrid se mejora. Pero hasta los más débiles de la delantera, o de la defensa, tuvieron la suerte que no tuvo el contrario. En la delantera estuvo Rashford cuando era precisa la suerte y en la defensa estuvo siempre el portero.

Cuando acabó el partido sentí que el Barça jugaba a ser otra vez aquella alegría que vino con Kubala.

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