BARRACA Y TANGANA
Pensar equivocadamente, por Enrique Ballester
Le hacía ilusión, un bonito recuerdo. Una lección de humildad al chaval. Una manera de ganarse el respeto

Seguidores del Atlético ante el Valencia. / Atlético de Madrid

Mi vida social es frenética, últimamente. Consiste en recoger a mis hijos de sus diferentes centros educativos, llevarlos luego a que entrenen o bailen y estar atento al calendario de funciones navideñas y extraescolares. Tan apasionante way of life se completa con la asistencia a partidos de benjamines, reuniones de trabajo y citas médicas. A veces me permito un capricho y también veo la tele. Otras veces, en ocasiones muy especiales, tomo un café con alguien.
Todo esto es bastante bueno para la sociedad en general, supongo, pero no tanto para alimentar de material estas columnas. Por suerte, de vez en cuando alguien se acuerda de mí y me envía un mensaje.
Lo hizo, el otro día, un antiguo contacto de la grada. Los lectores veteranos lo recordarán, quizá. Cuando lo conocí, apareció en la conversación una invasión de campo. Nuestro equipo penaba en Tercera con malos resultados y líos de impagos. El descontento explotó una mañana dominical en la zona baja de Gol Norte: mi colega lideró a las decenas de ultras que saltaron al césped y se encararon con el palco.
Aquella estampa fue al día siguiente la portada del periódico. Nuestro amigo salió ahí en primer plano. Me explicó entonces que había aprendido una lección de todo aquello, y yo primero pensé que se refería a que había entendido que las cosas no se hacen así, que vivimos en una sociedad y los conflictos se resuelven de manera civilizada. Pero no, la lección que había aprendido era la siguiente: a no ir al fútbol vestido de cualquier manera, a ir siempre al fútbol vestido correctamente, que había salido en la portada dando imagen de arrastrado, con chándal, «como un yonqui».
Violento, pero elegante
El caso es que ha pasado más de una década desde aquello y esta persona me ha escrito un mensaje. Resulta que me vio diciendo tonterías en un podcast y se acordó de mí. «Tengo que pedirte algo» -apuntó- «porque tu hijo quiere ser futbolista, pero el mío quiere ser ultra».

Koke, jugador del Atlético, dialoga con los ultras del equipo rojiblanco en el sector desde el que se tiraron los mecheros contra Courtois. / Associated Press/LaPresse
Yo pensé entonces que me iba a pedir algo que ayudara a que su hijo se quitara esa peligrosa idea de la cabeza, pero otra vez pensé de un modo equivocado. Mi amigo de los viejos tiempos me preguntó si sabía encontrar la fotografía aquella, la de la invasión de campo, porque quería enseñársela a su hijo.
Le hacía ilusión, un bonito recuerdo. Una lección de humildad al chaval. Una manera de ganarse el respeto.
Pensar equivocadamente, llegar a conclusiones erróneas, es una de mis habilidades. El otro día vi el Atlético-Valencia. Observé con gozo un paisaje precioso. Por lo visto, habían repartido miles de gorros de Papá Noel. Es una de las ventajas de vestir los colores rojo y blanco. Me dejé mecer por el espíritu navideño. Pensé que ese encanto empaparía los corazones rojiblancos.
Error: la concordia duró poco. El Valencia marcó un gol (después anulado) y me fijé, mientras lo celebraban, en los aficionados locales que se veían al fondo. Me pareció ver a un montón de personas con gorro de Papá Noel increpando a los jugadores rivales. El contraste me hizo gracia: ni siquiera la magia de la Navidad evita que el fútbol saque lo peor de nosotros.
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