Opinión | Golpe franco
Stegen

Ter Stegen, portero del Barça, en Guadalajara. / Rudy García / AP
Guadalajara en un llano. Como el lugar de México en el que nació Juan Rulfo, ahí estuvo Guadalajara esperando al Barça de Ter Stegen, el futbolista que va en autobús, en tren o caminando a los entrenamientos y a la vida, como si fuera un estudiante de bachillerato o, simplemente, como si fuera un empleado de Laporta. Es un futbolista, no se olvide, y de la élite, con lo cual se puede decir que es también un multimillonario, pero es alguien que va a pie en la era, que ya dura años, en que los jugadores del fútbol no se resignan a caminar para no perder los autobuses que los lleven al entrenamiento.
Así pues este alemán que aprendió español antes que a parar balones en las competiciones en las que participa su equipo se ha hecho distinto a los demás calladamente, sin pedir permiso y sin generar, entre los que lo acompañan en los trenes, otra sensación que las que convoca la normalidad.
Ahora Ter ha regresado al campo de juego. En estos últimos días lo he visto circunspecto, mirando a la cancha desde la raíz habitual de las suplencias. Al principio me pareció raro verle ahí, porque durante los tiempos de su enfermedad estaba entre los lesionados. Él era, por decirlo así, un lesionado estable, veía entrar y salir a compañeros con lesiones menores, pero él era un lesionado ínclito y parecía que para siempre. Hasta que regresó al banquillo, para ver jugar de cerca a uno de los mejores porteros actuales y también a uno de los más pintorescos.
Me alegró ver a Ter Stegen en esa tesitura, y ahora en Guadalajara, sentí, al verlo en la cancha y parando pelotas, que alguien de mi casa, de 'casa nostra', regresaba allí de donde era. Me dieron ganas de abrazarlo, pero la lejanía de la televisión no permite estas zarandajas, así que esperé sus jugadas, que fueron muy pocas pero siempre señeras, propias del portero que fue. Atrevido como antes, pasaba pelotas desde su demarcación peligrosa; me llamó la atención que uno de esos pases, que podía haber sido un patadón, resultara un desafió para su defensa cuando el equipo (al que todo le costó un mundo esta noche) apenas iba ganando por la mínima. Contemplé el atrevimiento de Ter Stegen como un desafío al entrenador: como si le dijera a Flick que el portero estaba allí para dar lecciones darle lecciones de cómo se juega con los pies en ocasiones peligrosas.
Salió con bien el Barça; me gustan mucho los jóvenes que ahora le explican al mundo que son felices jugando, y me gustó que Ter Stegen volviera a ser quien es, un muchacho que se agarra al larguero como lo hace cuando se agarra al techo de los trenes.
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