Opinión | Golpe franco
El despertar del ausente

Marcus Rashford, durante el triunfo del Barça frente al Eintracht en el Spotify Camp Nou. / JORDI COTRINA
Curiosa la situación que tiene en la vida el futbolista que salvó este martes al Barça de una tragedia. Desde hace años, también contra equipos alemanes, y sobre todo contra el equipo alemán al que entrenó el ahora preparador del Barça, el Barcelona no sólo tuvo mala suerte sino mal juego. Nerviosismo, decaimiento, como si estuviera marcado por la maldición del otro equipo español de las ligas internacionales, el Real Madrid, cuyo gran capitán, Alfredo Di Stéfano, mejoraba siempre cualquier contienda de los suyos.
El Eintracht de Fráncfort es uno de los equipos que puso a prueba siempre a los dos líderes españoles, y no siempre fuimos nosotros los que salimos bien de contiendas que Don Alfredo (y sus herederos) resolvieron con mayor solvencia. De modo que cuando, nada más empezar el partido del nuevo Nou Camp, el Eintracht le dio al Barça la lección que lo despabilara, la alarma llegó a las lágrimas de banquillo del entrenador alemán.
Hubo de pasar un largo calvario en el que yo, como aficionado del equipo desde que empezó a perder, en la era de Kubala y de Ramallets, sentí que el Barça volvía a las andadas, que tenía por delante la posibilidad de una derrota, que era difícil que los alemanes dejaran atrás la posibilidad del triunfo, que el Barça se quedaría atrás en la lucha por las mieles de la Champions.
Siempre me pasa a esas horas en que está a punto de ocurrir una tragedia. Miré al campo, a los jugadores, y me fijé en las imágenes que sugería la cara de Flick. No hay esperanza, me dije, sino pasado: el pasado de nuestras derrotas, exceptuada la imagen de aquel gol de Evaristo, lanzándose en 'plongeon' (eso dijo Miguel Ángel Valdivieso, el locutor de aquella era azulgrana) para batir a Domínguez en una contienda europea que luego nos llevó a la nada…
Pero la esperanza traba a su propio ritmo, así que, en la segunda parte, el resplandor tuvo nombre inglés y apellido francés. El inglés Rashford entró como si le hubieran dado (quizá se la dio el entrenador) un antídoto contra el decaimiento del equipo e hizo que se activara también el francés Koundé, el más durmiente de la temporada.
Esa voracidad que de pronto salvó al Barça de un desastre tuvo luego sus ay y sus inconvenientes, pero lo salvó siempre o el portero o la alegría de jugar que, como suele ocurrir, atrajo a la cancha el modo de ser (y de hacer) de Pedri. El Barça es más que un club, y esta vez fue un alma que despertó a tiempo.
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