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Opinión | Golpe franco

Los goles no tienen idioma

Pedri, durante el triunfo frente al Betis en La Cartuja.

Pedri, durante el triunfo frente al Betis en La Cartuja. / Afp7

Vi la victoria del Barça en Trieste, donde vivió triste James Joyce y donde hasta hace algunos enseñaba el más europeo de los italianos, Claudio Magris. Un profesor de literatura (Nunzio Ruggiero) que viene de Nápoles y es barcelonista, "porque no se puede ser otra cosa", me abrió su casa para ver de cerca lo que se jugaba en Sevilla.

Un Betis envalentonado, con razón porque había goleado a sus íntimos enemigos la semana pasada, le abrió las venas a los azulgrana en seguida que se puso en marcha la contienda. Y yo me dediqué en seguida a buscarle poesía al desastre.

Los goles no tienen idioma, así que el primero del Betis me sonó como una canción triste del Barça, lanzada desde la hondura de sus desastres. Mientras yo fui tratando de imaginar cómo iba a explicarle a mi subconsciente la razón del desatino que se estaba vislumbrando, el graderío infinito de La Cartuja empezó a hacer del Barça un equipo cualquiera.

La verdad es que también me fijé en Pedri. Siempre me fijo, porque su sensibilidad canaria, de futbolista y de persona, está siempre a la orden de lo que necesite, como luz o como juego, el equipo que fue de su abuelo, que es de su padre y que es suyo, mientras la vida le dé el juego que exhibe por donde va.

Y fue Pedri el que explicó en seguida a la delantera que la dificultad no era el Betis, sino el Barça, que éste tenía que atarse a la manera de Pedri, mientras que este repartió el juego adecuado y empezó una serie de convicciones que puso al equipo a revivir enseguida. Ferran fue tan veloz como los gestos de su compañero, y empezó el Barça a ser, otra vez, el equipo que se cansó solo en el último suspiro ante el estupor reciente del Atlético de Madrid.

Como si el Barça reclamara de pronto su existencia imperiosa sobre la tierra, toda la plantilla, hasta los suplentes, se dieron cuenta de que tenían que mirar jugar para memorizar el porvenir de la competición.

Pedri, le dije a mi anfitrión, que es doctor en filología moderna, es un presocrático que permite que todo fluya, pero que siempre sabe dónde está el argumento de su ética y de su estética en relación con el fútbol. Él me dijo, en italiano, que Pedri es como la nieve que cae de la montaña y lo abruma todo. Así es: este chico lleva el Teide consigo, y ese es el poema con el que viaja por los campos que lo aplauden en cualquier idioma.

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