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Opinión | Carrascazos

No improvisen, por favor, por Lluís Carrasco

Rafa Yuste y Laporta, en el palco durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou.tografía de Jordi Cotrina

Rafa Yuste y Laporta, en el palco durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou.tografía de Jordi Cotrina / JORDI COTRINA / EPC

Hay quien dice que las elecciones del Barça son una rutina democrática y estable. Claro que sí. Tan estable como jugar al 'Mikado' en un terremoto. La gran paradoja culé es que, en elecciones, es decir hoy, se tiende a hablar de proyectos sólidos mientras se camina sobre arenas movedizas. Se promete la excelencia, pero luego un rebote desafortunado en la tibia de Koundé decide más votos que un 'business-plan' si no has sabido leer y administrar el presente. Y así, entre ecuaciones financieras y centros al área, el electorado azulgrana va construyendo su criterio con la firmeza de un flan casero.

El tablero de juego propone personajes singulares. No tienen por qué ser los más preparados, ni los más modernos -faltaría más-, pero sí son los que por el motivo que sea, se atreven con el reto mayúsculo de convertirse o seguir siendo 'President' aun no dominando como y cuando guiñar el ojo adecuadamente, o cuando acariciar el universo culé más necesitado sin que resulte de una falsedad vergonzante.

El trampolín a la gloria

Aquí nunca gana la improvisación, aquí vence el que mejor domina el arte ancestral del 'momento oportuno' en el lugar adecuado haciendo lo correcto de manera brillante. Ese que lanza la acción atrevida en el tono perfecto, en el día en que todos han perdido el juicio tras un meneo en contra y un 0-1 en el minuto 89.

Unos estudiarán balances y desearán pocos triunfos ya que juegan en contra, otros estudiarán, incluso con triunfos que favorecen al continuismo, la meteorología emocional del socio, una disciplina científica, complicada y de altísima volatilidad. Y así, entre ocurrencias, sarcasmos involuntarios y alguna genialidad camuflada, alguien acaba imponiéndose en esta competición donde la lógica viene a ver los partidos, pero jamás vota y puede además quedarse sin entrada por un fallo informático.

Al final, quien ganará no será el más fuerte, ni el más sabio, ni el más constante: será el que, cuando el hilo esté a punto de romperse... consiga que al socio, ese hilo, le parezca el trampolín a la gloria.

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