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Opinión | GOLPE FRANCO

La mirada bien puesta del chico de Tegueste

La crónica del Barça 3 - Alavés 1: Raphinha perfora al Alavés

Pedri avanza con el balón entre la defensa rival durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou.

Pedri avanza con el balón entre la defensa rival durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou. / JORDI COTRINA

Pedri es ahora el mejor jugador del Barcelona. Tardó este sábado más de la cuenta en entrar para regalarle a su equipo la razón del juego, que es herencia directa de Kubala, de Evaristo, de Cruyff, de Ronaldinho, de Messi, de todos aquellos que queramos juntar para hacer de este conjunto una celebración del pasado.

Pedri es el futuro. Un muchacho de Tenerife que juega como si hubiera sido enviado a la cancha por el entusiasmo del aire y de Tegueste, de donde viene su familia y cuya pasión por el Barça es contagio de su abuelo. Esperar a Pedri es una tarea agradecida, porque el equipo no tiene a otro con su temple.

Eso se ha notado en este último mes de desvarío en el que el Barça ha sido una cosa u otra (malo o grandioso) porque carecía de la brújula que en la tarde incierta parecía chocar con la mala suerte o con el juego disgustado de la primera parte.

Pedri perseguido por la defensa rival durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou.

Pedri perseguido por la defensa rival durante el partido de liga entre el FC Barcelona y el Alavés en el Camp Nou. / JORDI COTRINA

Cuando Pedri empezó a serenar el desastre para convertir el juego en mucho más que la celebración de un partido todo fue distinto, aunque no del todo. El Barça viene del reciente titubeo inglés. Hasta su entrenador, que no suele ser lenguaraz, explicó a los aficionados azulgrana que su equipo no daba pie con bola y que por eso cayó como una pelota fofa en el campo inglés.

Parecía que después de esa advertencia del técnico algo grande iba a pasar, pero lo que primero pasó fue un desastre. Que el equipo encajara un gol cuando aún no llegara al minuto de partido parecía un símbolo que prolongaba el reciente desastre.

Olmo, que viene del frío de sus sucesivas desolaciones, recitó su mejor manera de cantar cerca de la portería contraria, pero faltaba mucho para que pudiéramos sentir que el Barça de antes (es decir, de hace cuatro semanas, más o menos) se hiciera grande en el campo.

El gol de Lamine y el gol de Olmo, que desde hace mucho tiempo no alegraba su vida, eran como el nacimiento de una proeza. Y hasta el último suspiro no fue el propio Olmo el que desvió la incertidumbre. Su segundo gol arregló con decencia el final del partido.

Por el camino andaba, celebrándolo, el muchacho de Tegueste, el mejor del partido, el que puso al Barça a jugar como en otros tiempos que están cerca pero que nos parecían ayer lejos y tristes. Pedri ganó la confianza en el juego y le regaló al futuro la esperanza de ganar. Es el mejor hasta mirando.

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