Barraca y Tangana
El último chiste malo, por Enrique Ballester
Por fin ha salido a la venta el álbum de cromos de Segunda División, la mejor idea de la industria del fútbol desde que el Burgos creó la mascota Morciyeti

Apariencia de la colección de cromos de LaLiga Hypermotion lanzada por Panini para la temporada 2024/2025. / / D.I.

Por fin ha salido a la venta el álbum de cromos de Segunda División, la mejor idea de la industria del fútbol desde que el Burgos creó la mascota Morciyeti. De niño fui un gran coleccionista de cromos, aunque reconozco que jugaba con ventaja. Mi primo tenía (y tiene) una papelería y eso me daba acceso privilegiado a cromos, golosinas, helados y bollería industrial. Solo faltaban las pizzas para completar los pilares básicos de la vida de cualquier persona cabal.
El caso es que en la adolescencia dejé aparcado el tema de los cromos, porque me daba un poco de vergüenza. No lo consideraba propio de mi aspiración, que no era otra sino tener novia y parecer mayor. Por eso, a veces iba a comprar cromos y sin que nadie me preguntara nada decía que eran para mi hermana pequeña. Me derrumbaba antes de tiempo en una confesión implícita, que además a la del quiosco no le importaba. Lo digo para que lo sepáis, por si habíais pensado delinquir conmigo. No aguanto un interrogatorio mínimo.
Abandoné entonces los cromos como se abandonan los privilegios inconscientes, sin dar la menor importancia a algo que en realidad era importante. Aparqué un placer sencillo y limpio y a cambio solo encontré cansancio y responsabilidades. Menos mal que fui padre y maduré lo suficiente para volver a lo que me hacía feliz de niño.
No he vuelto a comerme los mocos, pero sí a los cromos. En los últimos años he encontrado un aliado: mi hijo Teo. Intuyo que no he inventado nada con esto. Tengo en casa el álbum del Mundial 86 que alguien hizo por mí, porque en junio de aquel año cumplí tres años. Es decir, yo no me encargué del álbum, pero es mío. Mi padre asoma como principal sospechoso del amaño. Un referente. Me parece lícito.
Total: ahora puedo comprar álbumes y cromos y balones de fútbol, un número indecente de balones de fútbol, y utilizar a mis hijos como excusa, una maniobra recurrente en mi rutina. También los utilizo sin rubor para comprar videojuegos, no salir de fiesta, minimizar mi vida social y ver cada año la apasionante Liga de mascotas. [Ya sabéis que las mascotas en el fútbol son seres superiores. Lo repito. Tienen lo mejor de las personas (controlar sus esfínteres y hacer bizums) y lo mejor de los animales (son felices con poco y pueden cometer delitos sin consecuencias penales)].
El próximo movimiento que tengo previsto es utilizar a mi hija para reducir el uso del teléfono móvil, siempre excesivo. En la cena de Nochebuena, por ejemplo, propondré que los dos dejemos nuestros teléfonos en un cajón y disfrutemos de la familia. Estoy dispuesto, como veréis, a los mayores sacrificios.
Oteo en el horizonte el Enrique Ballester más maduro y reflexivo. Es por ello que tengo que limitar también el número de chistes malos que utilizo, si quiero ser un columnista de prestigio. A veces no es fácil, porque vi a Estevao en el Chelsea-Barcelona y se me ocurrió un chiste malísimo. Lo cuento aquí jurando que será el último:
Estevao (este bao) lo han pedido un padre y un hijo. El padre se llama Moacir y el hijo ya te lo he dicho.
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